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miércoles, 3 junio 2026
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Escrito en una servilleta: El ignorante que sabía demasiado (3)

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Escrito en una servilleta: El ignorante que sabía demasiado (3).

Por René Martínez Pineda.
X: @ReneMartinezPi1


Pero la confusión se adueñó de todo y provocó que me quedara estático, nimio y, sobre todo, temeroso de ir más allá de los límites certeros de esta incierta calle con aliento a sobaco trajinado, por eso la convertí en mi hogar dulce hogar, en mi universo, en mi refugio, en mi ideología, en mi querencia, porque sé dónde empieza y dónde termina, lo cual me llena de una confianza zoológica que firmo, confirmo y reafirmo con las rutinas diarias que, en tanto símbolos de los años de bonanza y crisis, son como mi himno nacional personal, debido a que las rutinas son, para que lo sepa su teleaudiencia, la mejor terapia para ganar la certidumbre del conformismo, y para matar, de un tiro, la imaginación, eso lo aprendí, con perfección geométrica, cuando planificaba las clases de “ideología ideológica de los que no tienen ideología”, como si se tratara de un cronometrado itinerario de preparación de choripanes ilustrados en estrategia opositora, le dijo, señalando los mármoles, clarines y bronce que hicieron de su cerebro una historieta frustrada y colegiadamente rústica. Me perdí en mí mismo, se lo juro que me perdí, y creí que había llegado a mi destino de dios erudito, y ni siquiera había partido, le dijo, suspirando profundamente.

Le voy a decir algo, para que no le pase lo mismo. Cuando creemos que sabemos demasiado, todo se hace más grande, pesado e impactante, todo se hace tan confuso como un laberinto sin bifurcaciones ni centro, y se hace aún más confuso cuando nos damos cuenta de que, a las cabales, no sabemos ni mierda, y la prueba de ello es que nunca hemos parido un concepto propio, ni siquiera recurriendo a una cesárea epistemológica como la que planteó, hace décadas, el gran filósofo y filólogo tamaulipeco, Óscar Burgos del Guarumo. Miles de cosas dando vueltas en mi cabeza, mostrándome crudas imágenes, blanco y negro, de los pobres del siglo XIX, junto a las refinadas elucubraciones sobre tradiciones inventadas y discursos nacionalistas; mostrándome datos de encuestas amañadas y mañosas, junto a las imágenes de familias rasgadas y sometidas por quienes yo, sociólogo de sociólogos e historiante de historiadores, privilegiaba en mi narrativa; esas familias que aceptaron la sumisión a cambio “una limosnita de seguridad pública, por el amor de dios”, o suplicando –también por el amor de dios- un pedazo de la estatua de Gerardo Barrios, de quien me convertí en su Celestina oficial, a cambio del salario mínimo de la efímera fama académica; esas familias que suplicaban un beso de buenas noches para que el miedo no les ladrara en la puerta.

Imagínese lo que significó para mí, un profesional universitario enamorado de las hipotenusas ajenas, quedarse en blanco, a media calle, sin poder recordar cuál es mi nombre, no obstante haber pasado horas y horas viendo el reflejo de mi cara, en la vitrina de un almacén de ropa usada, para ver cuál nombre calzaba con ella: ¿Juan? ¿Carlos? ¿Pierre? ¿Máximo?… y nada, todos los nombres eran ajenos a mi cara, porque a los pendejos no nos quedan bien los nombres, le dijo, con el ceño fruncido y la piernita cruzada; imagínese lo que significó para mí, profesor de ontología decimonónica acreditado por ignotos, llegar al convencimiento de que, el saber las causas de las cosas, no las resuelve, si no tenemos huevos en la cena; imagínese, estimado periodista, lo que significó para mí -asiduo lector de las novedades literarias aplaudidas por las bailarinas del parque Libertad que tararean “yo no estaba en el arroyo cuando se murió don Goyo”-, no saber diferenciar entre la realidad pragmática de la gente y la ficción programática de los libros mudos por falta de cotidianidad; imagínese lo que significó para mí, estudiar un doctorado y sólo saber repetir, al pie de la letra, lo que otros han dicho.

Eso es patético, ¿no cree?, ya que cuando sentimos miedo, pero miedo de verdad, miedo a morir teñido de irrelevancia epistémica, miedo de hablar con palabras propias, miedo a reconocer la verdad, optamos por quedaros parados, pálidos, callados, con la respiración retenida en la piel, con los ojos cerrados por dentro, esperando que el peligro no nos descubra acurrucados en la calle. Y después ya es muy tarde, porque hemos olvidado cuál rumbo tomar, o cuáles palabras decir, y tenemos que comprobar, por nuestra cuenta, que el frío empírico de la madrugada no es una expresión poética, sino una tortura que la sociología de cafetín y la historia de pasquín no saben interpretar.

Ya tengo nueve o diez años de vivir en la calle -¿o será que toda mi vida he vivido aquí sin saberlo?-, bajo las luces de ese portal olvidado; diez o doce años de ser un rústico consuetudinario sin diccionario ni escapulario; doce o quince años de ser la única compañía de esta pobre infeliz que, recorriendo los renglones torcidos de la realidad, ha confundido su parasitismo crónico con un embarazo promiscuo. Esa es su realidad, la razón absurda que la mantiene viva, así que opté por no sacarla de su error ginecológico; opté por seguirle la corriente porque, como le dije, a veces el saber mucho nos lleva a la locura, a la inacción, a la paralización de la mente, a la mudez estructural, a la amputación de las piernas cognitivas, a la castración del cerebro, debido a que entendemos lo que pasa, sabemos quiénes son los victimarios de la historia, pero no podemos ni queremos remediarlo, ni tenemos el valor de contar la historia de las víctimas, de tan cobardes que somos.
El golpeteo rítmico de la lluvia es implacable a las diez de la madrugada, porque nos salpica los huesos y el alma, pero seguiré resistiendo hasta que logre averiguar qué hacer con todo lo que sé. Entonces podré regresar a casa, si no es demasiado tarde, le dijo, mientras se metía bajo el fétido cartón de los insignificantes.

René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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