Por René Martínez Pineda.
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La celebración de la independencia ha sido, como el aire que respiramos, un ritual instintivo, una domesticación de la cultura política de súbdito, ya que, en doscientos años de soledad, no resolvió el problema de la pobreza masiva en la mesa del comedor, planicie en la que, cada 15 de septiembre, desfilaban -al son del “ta tá, ta tá, ta ta ta ta tá” de las trompetas de júbilo- las boletas de empeño, los pagarés del usurero y el recibo de la funeraria.
Todos estos años, estuvimos tratando de inventar un país bonito y serio, como el que se pregonaba en el acta de independencia, y eso nos consiguió un viaje al manicomio de las ilusiones naufragadas en los ríos majestuosos de la violencia social. Esa es la forma más certera para decir que, durante dos siglos, aceptamos, sin protestar, la rutina de la celebración de una independencia que nos hizo más dependientes y decadentes, cuando se formó, al día siguiente, el virreinato de la Nueva España de la Oligarquía, que fue algo así como: ponernos un collar trágico con nuestro nombre grabado, para que no abandonáramos las virtudes y anhelos de sumisión, y para ser reclamados, por su dueño, en el caso de que huyéramos, con rumbo desconocido, a la frontera de la sublevación de los soberbios volcanes y la rebelión popular en los apacibles lagos de las urnas.
En esa domesticación cívica que nos impusieron, jugaron un papel esencial los patéticos historiadores que, con poses de candidato a premio Nóbel, apelaron a la densa mentira de los victimarios, para callar la rotunda verdad de que sufríamos un hambre sin púrpura ni oro; un hambre dependiente de la independencia que, con la familia que amamos huyendo de los delincuentes, tuvimos que apaciguar en la mesa de la religión que nos consuela, cuyos prelados le lavaron y besaron los pies al asesino, para marcar la senda florida del miedo. Los pregoneros de la historia del victimario, hicieron bien su trabajo, pues le pusieron los laureles de los héroes a los sicarios, a los políticos que defienden la Constitución que nos expropió todo, y a los criollos modernos que se creen peninsulares de sangre azul que chisporrotea en los yunques de los cementerios clandestinos que convirtieron en sus fértiles campiñas.
A diferencia de ellos, que no quieren recordar, yo no puedo olvidar que, cuando estudiaba sociología, almorzaba y cenaba con dos pupusas y un vaso de café, mientras estudiaba la expropiación de las tierras comunales y ejidos que, en nombre de la independencia, le dieron vida a la oligárquica hacienda cafetalera; no puedo olvidar que, el día de la independencia, desayunaba con un cigarro Delta, cuyo humo hacía los movimientos de vértigo de las cachiporristas, de doradas espigas, que vivían en las comunidades amenazadas por el resplandor del cielo que se reflejaba en los cuchillos esquineros.
En esos años, no había nada nuevo que celebrar en torno a la independencia, ya que seguía siendo una historia triste contada con palabras alegres que, como maldición del ladino, se deslizaba en el calendario cívico de la memoria, cual espectro sin grandioso destino ni feliz porvenir. Hoy, que la vieja independencia es un mito revelado del que hay que independizarnos, se puede ver que en la oración a la bandera no aparece el pueblo y sus garrobos, ni aparecen los gatitos callejeros que, durante treinta años, le hicieron compañía para no morir de hastío, o de tristeza, o de miedo, porque el Estado no era un escudo nacional fuerte, ni era una férrea barrera para detener la violencia que fue fomentada por los traidores y corruptos que, con las bandas de paz, nos hicieron la guerra.
En aquellos desfiles, una utopía fue el lazarillo de Tormes que evitó que el pueblo muriera aplastado por rituales que eran más cínicos que cívicos, y en los que los políticos de turno, vistiendo trajes de gala, se jactaban de su corrupción compartida en los himnos del patriotismo, ondeando una banderita con la mano derecha y jugando capirucho con la izquierda. Mientras tanto, el pueblo que, fielmente, asistía a las conmemoraciones, se perdía en el más profundo infierno a causa de la conspiración de los viejos independentistas, quienes, antes de que lo hiciera el pueblo, redactaron una declaración de “nueva dependencia”, antes de que el pueblo redactara una de independencia. A partir de esa declaración de los conspiradores (que fue presentada, en público, como beneficiosa para todos) nos vimos obligados a comernos la flor nacional, para sentirnos patriotas, mientras los próceres de entonces, y sus herederos del bipartidismo de hace algunos años, morían de colesterol alto, cirrosis drástica y disfunción del miembro civil.
Pero, desde hace unos años -cuando el pueblo, con la corona de amor ceñida en sus inmortales sienes, dio el cuarto grito de independencia en el campanario de febrero- las cosas han cambiado, y quieren seguir cambiando, razón por la cual hoy podemos celebrar la independencia que se está dando, no la que fue dada, porque ésta fue un mal chiste contado por las familias de rancia estirpe, cuyos apellidos olían a café con sangre en las fértiles campiñas que, con leyes y armas, nos expropiaron en un abrir y cerrar de próceres.
Hasta hace unos años, digamos seis, conmemorar la independencia era similar a la celebración del aniversario de bodas de una pareja signada por la violencia intrafamiliar. Hoy, tenemos la oportunidad de decretar una independencia cultural que nos lleve a reinventarnos a imagen y semejanza de los héroes cotidianos que hacen pájaros con las hilachas de la bandera en la que nacimos y amamos.



