Desde que Nayib Bukele llegó al poder en 2019 bajo la bandera del partido GANA, la oposición política salvadoreña, compuesta por los otrora poderosos ARENA y FMLN, nunca logró entrar al juego. No entendieron que ya no se trataba solo de discursos y mítines, sino de manejar el ajedrez del marketing político moderno. Mientras Bukele contaba con el respaldo de estrategas venezolanos experimentados —muchos de ellos formados durante la lucha opositora al chavismo y vinculados a figuras como Leopoldo López, exlíder de la oposición venezolana y prisionero de una dictadura de corte cubano—, ARENA y FMLN se quedaron atrapados en sus esquemas noventeros, sin capacidad de renovar discurso ni pensamiento ni liderazgo.
ARENA, junto con la ex guerrilla del FMLN, logró los Acuerdos de Paz de 1992, una conquista histórica que se convirtió en modelo para muchos países. Pero la realidad es que esa paz fue posible no porque se venciera militarmente a la guerrilla, sino porque ésta resistió una fuerza armada que, aún con millones de dólares en ayuda de Estados Unidos, no pudo doblegarla. La Unión Soviética aún existía, y el mundo estaba en plena Guerra Fría. En ese contexto, grandes figuras como Ronald Reagan (40.º presidente de Estados Unidos), Margaret Thatcher (primera ministra del Reino Unido entre 1979 y 1990), el líder sindical polaco Lech Wałęsa y Karol Wojtyła, mejor conocido como el papa Juan Pablo II, jugaron un rol determinante en la presión que llevó a Mijaíl Gorbachov a claudicar. Con la caída del bloque soviético, las guerrillas de América Latina se quedaron sin financiamiento y huérfanas de perspectivas políticas.
Cuando los antiguos insurgentes llegaron al poder —como ocurrió con el FMLN en El Salvador— se volvieron lo que antes juraron combatir: corruptos, cínicos, distantes del pueblo; huecos de pensamiento revolucionario y de visión de futuro.
Varios jefes rebeldes que vivían en humildes casas en faldas de volcanes se convirtieron en empresarios adinerados, algunos beneficiados por fondos de ALBA Petróleos, una estructura de financiamiento político proveniente de Venezuela que favoreció a muchos líderes de izquierda en la Latinoamérica. Aunque estos fondos no eran ilegales en sí mismos, su uso para enriquecimiento personal y lobby político fue una traición a la sangre derramada en la guerra civil.
La cúpula de la ex guerrilla, en vez de honrar el legado de sus muertos, se dedicó a hacer dinero. Y como bien dicen: nadie huye del país si no debe nada. ARENA, por su parte, firmó su sentencia de muerte cuando Antonio “Tony” Saca llegó a la presidencia. Su declive comenzó antes, con Francisco Guillermo “Paco” Flores, un presidente arrogante que se creía un filósofo hindú, casi una encarnación de los dioses de la India. Tony Saca en su administración estuvo salpicada por escándalos de comisiones, como el caso de la hidroeléctrica El Chaparral, cuyo contrato original con la multinacional italiana ASTALDI era de alrededor de 227 millones de dólares, llave en mano. El Estado, en vez de desembolsar 100 millones adicionales para terminar la obra con la misma empresa, terminó convirtiendo la zona en una mina de oro para dos gobiernos consecutivos, quienes cobraron comisiones a todas las empresas contratadas. Un ingeniero local, por órdenes de un italiano, usó dinamita en exceso en un cerrito, generando rajaduras que sirvieron de excusa para justificar retrasos y nuevos contratos.
Ese tipo de prácticas no desaparecieron, y siguen vivas en países como Nicaragua y Venezuela. El caso Odebrecht lo dejó claro: la constructora brasileña repartió sobornos por más de 788 millones de dólares en al menos 12 países de América, incluyendo Estados Unidos y Canadá.
En este contexto, los ex partidos de La Paz y la sociedad civil, muchas organizaciones sociales en El Salvador se volvieron oficialistas, abandonando el rol de contrapeso que deberían ejercer.
La oposición desapareció por inepta. Ponen candidatos sólo para simular competencia electoral. Y mientras tanto, el oficialismo sigue moviendo fichas con una astucia que pocos logran igualar.
La modificación de las cláusulas pétreas de la Constitución pasó casi desapercibida. Ni la oposición ni la Iglesia católica, representada por un arzobispo José Luis Escobar Alas débil y sumiso, apenas alzaron la voz a tiempo.
El discurso dramático en el Teatro Nacional, lleno de retórica emocional, lo vendió todo. Y la población, agotada de los mismos de siempre, lo compró.
Hoy, la medicina amarga ya ha sido recetada. Pero no es culpa del paciente, sino de la ausencia de médicos competentes del otro lado. Sin estrategas ni inteligencia política real en la oposición, el tablero queda en manos del más astuto. En este juego de poder, no se gana con moral: se gana con jugadas bien pensadas.


