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miércoles, 27 de octubre del 2021

Yo el Supremo

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Por Nelson López Rojas

“El poder constituye un tremendo estigma, una especie de orgullo humano que necesita controlar la personalidad de otros. La represión siempre produce el contragolpe de la rebelión”.

Roa Bastos

Hace años dictaba una clase sobre “dictadores y escritores” en una universidad de Nueva York donde los estudiantes eran tal como Nueva York: una mezcla de culturas, colores e idiosincrasias que le daban vida a dicha clase. Estudiábamos a Martínez, a Batista, a Duvalier, a Trujillo, a Stroessner, a Vargas y, a manera de comparación, a otros dictadores fuera de latinoamérica como Hitler, Franco en España, Idi Amin de Uganda y a Leopoldo II de Bélgica. La clase era amena e informativa. Leíamos un libro de André de Guillaume titulado “Cómo conquistar el mundo” donde daba al lector técnicas de dominación que él había visto en Mussolini o en Napoleón. Mientras todos aprendían sobre un dictador nuevo cada semana, muchos habían oído hablar de labios de sus abuelos, en bien o en mal -dependiendo de su posición política- sobre alguno de los personajes estudiados.

Como educador me inclino por la búsqueda de la verdad. Les digo a mis educandos que me escuchen todo, pero que no me crean todo, que cuestionen todo de todos, que no endiosen a sus amigos ni que satanicen a sus enemigos. Es fácil llamarle dictador a Bukele sin siquiera saber lo que significa la palabra. ¿Será que estamos en una dictadura o en un totalitarismo? Entonces, ¿por qué la gente grita “Bukele fascista”? ¿Por qué se empeñan en manchar las paredes llamándolo terrorista? Entonces, hay que saber investigar para conocer de primera mano lo que queremos decir y no decirlo o repetirlo porque alguien nos lo cuenta.

A pesar de las atrocidades cometidas por los dictadores, había gente en mi clase cuyos padres tenían una noción sesgada de algún presidente en cuestión. Un estudiante de ascendencia belga me refutaba que el rey Leopoldo II fuese responsable de más muertes que Hitler y que su participación en Congo fue para traerles progreso, es decir “si te pego es porque te quiero”. Otro de la República Dominicana me dice que bajo Trujillo el país era más seguro y que tenía más progreso y que, seguramente, si volviera a la vida, Trujillo sería algo bueno para el país a pesar de los muertos.

Y ¿qué decir de la gente en nuestro paisito donde el presente reinventa el pasado? Al presidente Hernández Martínez se le achacan las más ridículas hazañas como las más cruentas historias y, así mismo, hay quienes que juran que si estuviera Martínez las cosas irían mejor. Sin embargo, pareciera que tal efecto Mandela, colectivamente, la gente cree en algo que nunca ocurrió, como por ejemplo que Martínez le cortó la mano a su propio hijo o tal cual síndrome de Vichy lo de que “Duarte aunque no me harte, pero siempre nos deja aparte”

Estas dos teorías, el efecto mandela y el síndrome de Vichy, parecieran describirnos. En la primera nos creemos cosas que nunca ocurrieron, como que Gabriela Mistral le puso Pulgarcito al país, mientras que en la segunda nos convertimos en un rebaño obediente y doblegado que justifica los actos del opresor, del microbusero, del que tiene dinero, con aquello de que estaríamos peor con ARENA o con el Frente, es decir, mejor como cristales molidos a que el maltratador me los dé pues me dolería más.

Hay que tomar en cuenta que la impunidad y la falta de responsabilidad de los mismos de siempre de los últimos 200 años han llevado al país hasta lo que tenemos ahora, sí, pero reconozcamos que nosotros mismos hemos creado sendas divisiones sociales, hemos levantado muros para protegernos de los que nos causan miedo, hemos enterrado el pasado para que no nos alcance la justicia, hemos odiado y seguimos viendo el pasado con odio y no con justicia, hemos permitido y seguimos permitiendo que se nos abuse y, como también el vigilante mira con desprecio al repartidor de comida, todo se vuelve una cadena. Estamos mal, pero como dicen los A.A. el primer paso hacia la liberación de esta maldición que arrastramos más allá del bicentenario es reconocer que tenemos un problema. Hay que reconocer la derrota total para poder levantar cabeza y salir adelante como país y construir una mejor sociedad con una base limpia y sólida.

No hay que olvidar el pasado pero tampoco hay que vivir en él. Seguir culpando a Arena-Frente de las desgracias del pasado es como darle patadas al que ya está en el suelo. Ese discurso de odio nos ata y lentamente nos mata, pues bien decía mi sabio amigo que odiar a alguien es como tomar veneno y esperar a que se mueran los otros. Toda esa energía podría utilizarse en construir el futuro, menos palabras y más acción.

Pensemos y analicemos por nuestra cuenta cada situación del país. Hay que aplaudir lo bueno y criticar lo malo, pero cegarnos y fanatizarnos nos llevará al despeñadero. Tan solo con pedirle a Dios que bendiga a El Salvador no se logra nada; con indignarnos y dañar la propiedad ajena, tampoco. ¡Exijamos justicia y transparencia!

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Nelson López Rojas
Catedrático, escritor y traductor con amplia experiencia internacional. Es columnista y reportero para ContraPunto.
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