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domingo, 09 de mayo del 2021

¿Una política exterior estadounidense atrofiada?

NUEVA YORK – Joe Biden solo es presidente de Estados Unidos desde hace unas pocas semanas, pero los elementos centrales de su enfoque para el mundo ya quedaron en claro: reconstruir puertas adentro, trabajar con los aliados, abrazar la diplomacia, participar en las instituciones internacionales y promover la democracia. Todo esto lo pone directamente dentro de la tradición ampliamente exitosa de la política exterior estadounidense posterior a la Segunda Guerra Mundial que repudió su predecesor, Donald Trump.

Durante su primer discurso sobre política exterior, desde el Departamento de Estado el 4 de febrero, Biden declaró que «Estados Unidos ha vuelto». Enfatizó que el secretario de Estado Tony Blinken lo representa y se esforzó por apoyar tanto a los diplomáticos estadounidenses como a la diplomacia de su país.

Biden también declaró que detendrá la retirada de la fuerzas armadas estadounidenses de Alemania, como lo había ordenado Trump. Es de suponer que para devolver a los miembros de la OTAN la confianza en las garantías de seguridad estadounidenses y enviar al presidente ruso Vladímir Putin la señal de que no debe tratar de usar la temeridad en el exterior para distraer la atención de las protestas en casa.

En Arabia Saudita, Biden caminó por una delgada línea, distanció a EE. UU. del apoyo militar y de inteligencia para la guerra en Yemen, y explicó que la participación estadounidense de ahora en más será diplomática y humanitaria. Al mismo tiempo, dejó en claro que los sauditas no enfrentan solos a Irán. La cuadratura de este círculo distará de ser fácil, especialmente cuando se tiene en cuenta la complicación adicional de los desacuerdos de EE. UU. con los líderes sauditas por su pobre historial en términos de derechos humanos.

La capacidad de Biden para alcanzar el éxito en el mundo se verá limitada por una varios factores, muchos de ellos, heredados. La capacidad de EE. UU. para promover eficazmente la democracia quedó muy reducida después de la insurrección del 6 de enero en el Capitolio estadounidense y a la vista de la política polarizada del país, el racismo endémico y el año de inepta gestión de la pandemia de la COVID-19 por Trump.

La buena noticia es que los avances para lidiar con la pandemia y sus secuelas económicas ya están a la vista; la mala es que no hay dudas de que las divisiones políticas y sociales del país continuarán. A Biden le gusta decir que EE. UU. Liderara con el poder de su ejemplo, pero tal vez pase mucho tiempo hasta que ese ejemplo sea nuevamente admirado en el mundo.

Biden reforzó aún más los asuntos humanitarios cuando se comprometió a abrir las puertas del país a un número mucho mayor de refugiados. Algo que también ayudaría sería la entrega de una cantidad significativa de dosis de las vacunas contra la COVID-19 al mundo en vías de desarrollo. Esto no solo sería moralmente correcto, sino que además beneficiaría a EE. UU., ya que enlentecería el surgimiento de mutaciones que amenazan la eficacia de las vacunas existentes. También ayudaría a que los países en todo el mundo se recuperen, lo que produciría una mejora económica amplia y, en última instancia, menos refugiados.

Aunque Biden está en lo cierto al criticar a Rusia y China por infringir el estado de derecho, no puede obligarlos. Putin y el presidente chino Xi Jinping están preparados para pagar el precio de las sanciones para mantener el control político, y EE. UU. no puede arriesgar la relación con ninguno de esos países por los derechos humanos. Debe considerar otros intereses fundamentales, una realidad que quedó de relieve con la decisión del gobierno de Biden de firmar una extensión por cinco años del nuevo pacto nuclear START con Rusia.

Realidades similares (la necesidad de ayuda frente a Corea del Norte, por mencionar una) limitarán la presión que EE. UU. puede ejercer sobre China por su comportamiento en Hong Kong o frente a la minoría uigur en Sinkiang. E incluso en aquellos sitios donde Biden puede poner el estado de derecho en el centro de la política estadounidense —por ejemplo, en Birmania— tal vez descubra que los gobiernos pueden resistir, especialmente si cuentan con ayuda extranjera. Todo esto pone en duda la sensatez de posicionar la promoción de la democracia tan en el centro de la política exterior estadounidense.

La política china será más fácil de articular que de implementar. Biden criticó duramente el comportamiento chino, pero también marcó su deseo de trabajar con el gobierno de Xi cuando eso beneficie a EE. UU. China tendrá que decidir si está preparada para reciprocar frente a la crítica, las sanciones y las restricciones a las exportaciones de tecnología sensible de EE. UU.

EE. UU. también enfrentará dificultades para concretar su meta de organizar al mundo para encontrar soluciones a los desafíos mundiales, desde las enfermedades infecciosas y el cambio climático hasta la proliferación nuclear y la conducta en el ciberespacio. No hay consenso ni comunidad internacional y EE. UU. no puede obligar a otros a actuar como lo desea, ni alcanzar el éxito por sí solo.

Quedan unas cuantas decisiones difíciles. El gobierno de Biden tendrá que determinar qué hacer frente a las ambiciones nucleares iraníes (y si volverá a ingresar en el pacto nuclear de 2015, que muchos observadores consideran defectuoso). También hay preguntas sobre qué hacer con el acuerdo firmado hace un año con los talibanes —no tanto un acuerdo de paz, sino un pretexto para la retirada militar estadounidense— y sobre el régimen norcoreano que continúa expandiendo sus arsenales nucleares y de misiles.

Independientemente de la forma que asuma la política exterior de Biden, es importante que sea bipartidista e involucre al Congreso siempre que sea posible. Es comprensible que los aliados de EE. UU. teman que en cuatro años los estadounidenses vuelvan al trumpismo, si no al propio Trump. El temor a que Trump no haya sido una aberración, sino el reflejo de aquello en lo que se ha convertido EE. UU., debilita la influencia de ese país. La tentación de gobernar a través de decretos del ejecutivo es comprensible, pero cuando se trata de política exterior, Biden debiera reflotar el principio de que la política local termina donde empieza el agua.

Traducción al español por Ant-Translation

Richard Haass es presidente del Consejo de Relaciones Exteriores y autor de The World: A Brief Introduction (El mundo: una breve introducción).

Copyright: Project Syndicate, 2021. www.project-syndicate.org

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