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lunes, 02 de agosto del 2021

Un torvo linchamiento de moralina

Y un ignaro voluntarismo verticalista e hipócrita-por-victimizado.

Tardí­amente me entero del linchamiento moralista del que fue objeto Edelberto Torres-Rivas por parte de catervas online de censores profesionales de la moral ajena —todos amparados en la intolerancia de los dogmas hipócritas de la corrección polí­tica, ahora remitidos a un esencialismo etnocentrista “empoderado” ficticiamente por la cooperación internacional y por la “culpa histórica” de profesores “metropolitanos” de pura cepa de Occidente—, pertrechados con la armadura de la identity politics, la affirmative action y la political correctness. Como se sabe, esta última es una infame amalgama de puritanismo calvinista y conductismo psicopedagógico, que atormenta malas conciencias con el reproche del cura colonizador y las hace sufrir por sentirse responsables de las desgracias de la subalternidad colonizada. La victimización subalterna se vuelve, en este enrarecido ambiente, un negocio rentable y una vergonzosa (por denigrante) enseña identitaria que compra barata la aceptación afligida del colonizador agobiado por el chantaje “cristiano”.

Vi el video en el que Felipe Valenzuela le hace una buena pregunta a Edelberto sobre “cuáles son las razones históricas” de que los chapines sean como son. En vez de explicar las razones históricas, él aludió a cómo son los chapines y dijo que “somos desconfiados”, y agregó que el indí­gena es —además de desconfiado— triste. Pudo haber dicho que también es ví­ctima de la desnutrición crónica y del deterioro de su talla, su peso, su estatura y sus capacidades intelectivas (precisamente por esa causa), lo cual consta en innúmeros documentos que se ocupan de este infame crimen histórico. Pero no. Siguió interpretando que los mestizos heredaron de los indí­genas la desconfianza y la tristeza y que ojalá a aquellos les hubiera tocado “sangre barcelonesa, catalana”, pero que por desgracia les tocó sangre de “más abajo” en el mapa de España, es decir, sangre castellana, extremeña y sevillana, en irónica alusión a la racista criollez anti-indioladina y a sus medievales í­nfulas de “pureza de sangre”. Hasta aquí­, el “racismo” de Edelberto.

Usar el término “sangre” para aludir a diferencias etnoculturales fue un desliz suyo, porque sabe bien que el positivismo eurocéntrico fue superado hace mucho por el relativismo cultural. Apeló al habla popular al decir “sangres” pues la gente aún se expresa así­ cuando opina sobre diferencias étnicas, raciales y culturales, lo cual es un anacronismo producido por el atraso estructural.

Y el linchamiento fariseo no se hizo esperar. Incluso en miembros de su entorno polí­tico, a quienes les atrajo el hecho de que, al crear un sujeto negativo racista, el “otro” victimizado se construye falsamente como sujeto positivo ví­a la queja lastimera, y puede aullar —sin criterios ni ideas fundamentadas— contra quienes no se conmiseren de sus llagas expuestas. Y lo hace desde una altura moral de la que carece, con lo que daña —no ayuda— a quienes en el movimiento indí­gena luchan por justas reivindicaciones económicas (no sólo moral-culturalistas) y se organizan con subalternos de todas las etnias para cambiar el sistema económico del cual el racismo es lógica cultural.

Edelberto pidió lastimeras disculpas. Lo cual fue lamentable por innecesario y porque así­ les dio vacua autoridad a quienes —desde una taimada moralina— sustituyen el pensamiento crí­tico con un ignaro voluntarismo verticalista e hipócrita-por-victimizado.

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