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miércoles, 04 de agosto del 2021

Un día de marzo con el poeta Geoffroy Rivas

Hace 56 años, en el marzo cuaresmal de 1964, conocí al maestro  Pedro Geoffroy Rivas, poeta, periodista, historiador, antropólogo, lingüista y abogado, durante una entrevista en su despacho de director del periódico “Tribuna Libre”, en el centro de San Salvador.

Ese día iniciaba yo mi primer trabajo como reportero. “Tribuna Libre” sería mi primer periódico, y el poeta mi primer director, para el inicio de una larga vida de ejercicio periodístico.

Comenzaba yo esta incomparable aventura de ejercer hasta hoy el “oficio más bello del mundo”…

Debo confesar que, a primera vista, el director me pareció, arrogante, mal hablado y sobrado de sí mismo. Un carácter que se me antojaba duro y fuerte. Sin embargo, el tiempo me mostró lo contrario: gran sensibilidad escondida. Pero yo, entusiasmado como niño que, a toda costa, obtiene un ansiado juguete, me quedé en el periódico. Había sido mi sueño, ahora convertido en realidad.

Eran los días en el periódico de Álvaro Sánchez, Napoleón Corleto, Leticia Flores, Mario Villacorta, Juan Alberto Martínez, Juan Ramón Avilés y los poetas Mercedes Durand y Gilberto René Granados…   Me uní a ellos.

Una tarde, algunos días después.

— Te llama el director.

— ¿Sabes para qué?

— No. Sólo él lo sabe, pero parece que te necesita con urgencia…

— Gracias. Bajo en seguida.

La escalera que unía la redacción con el despacho del director me pareció interminable.

— ¿Deseaba verme, doctor?

— Pase, hombre. Y no ponga esa cara como si estuviera frente al demonio.

— Usted dirá…

— He visto cómo ha comenzado. Me parece que vamos bien.

— Gracias…

— Por lo mismo quiero encomendarle una cobertura especial. Le he conseguido una entrevista con el presidente de la República.

— ¿Con el presidente Julio Rivera?

— Claro, hombre. ¿Por qué se asusta? Ni que fuera un espanto “el hombre”.

— Es que, como estoy tan nuevo… yo, con todo respeto, quisiera sugerirle que si, por esta vez, me sustituye un periodista de mayor experiencia.

— ¡Qué experiencia ni que nada! He conseguido la entrevista para usted. Necesitamos que el Presidente nos diga algo sobre las inversiones en los nuevos edificios del Seguro Social… ¡cifras, fechas…!

— Pero, ¿lo haré bien?

— Vamos, asuma su papel de periodista. El Presidente no es más que nosotros, en cuanto a nuestro compromiso con la sociedad. Si él es inteligente, y de seguro lo es, sabrá desempeñar su papel y permitir que usted desempeñe el suyo. Vea los ojos del Presidente a la altura de sus ojos. Desde luego, dentro del respeto que merece cada quien, según su categoría… Eso sí, muéstrele claridad y seguridad en lo que le plantea… Tome un peso para el bus… y ¡buena suerte!

    El trayecto entre el periódico y la sede de la Casa Presidencial, en San Jacinto, fue otra larga e interminable aventura. Sólo pensar en cómo sería mi primer ingreso como periodista a la Casona y luego verme frente “al hombre”, me aterraba. “Siempre hay una primera vez”, oí decir a mi padre en una ocasión. Y me lancé decidido a aquella primera aventura. Mis manos se volvían blancas de tanto apretarse la una contra la otra, bajo el asiento del bus. La suerte estaba echada.

Tal como lo pronosticara el director, el Presidente contribuyó a que los dos desempeñáramos cómodos nuestro papel. Estoy seguro de que él siempre supo que estaba frente a un novato, pero aparentó no saberlo para no hacerme sentir mal. El resultado no pudo ser mejor. Regresé al periódico y me instalé frente a mi máquina Royal a escribir la historia. “Ahora sólo falta que pase la prueba”. No había de otra que esperar la edición del día siguiente.

— Que venga el periodista nuevo por aquí… pero ya.

Así se oyó sonar el tronador vozarrón del director, a la hora en que le habían llevado a su despacho el primer ejemplar de la edición del día. No sé si así se estila todavía; pero antes, nadie disponía de un ejemplar si el director no había visto y revisado el primero. “Ni modo, ahí voy… ¡sálvame, Dios!…”. De pie, frente a su escritorio, el maestro hojeaba el ejemplar. Y con rápido ademán lo puso ante mis ojos. Vi, en grandes titulares de primera plana, mi noticia en madera: “Fuerte inversión en el nuevo ISSS…”.

— ¿Se da cuenta que más era su miedo? Mire de lo que se iba perder por no confiar en usted mismo. Lo felicito. Es más de lo que esperaba. Es una primicia que el pueblo está esperando. Adelante…

Siempre agradecí al maestro, al periodista, al amigo, por aquel impulso a mi vocación que, con el tiempo, me llevaría hasta lo que hoy, modestamente, considero mi realización como periodista..

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