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viernes, 23 de julio del 2021

Trumpadas

En este caso es muy posible, ojalá sea así­, que dos más dos sí­ son cuatro. Se acostumbra decir que en polí­tica eso no es cierto. Y se agrega que en ese ámbito, hasta los rí­os se devuelven. Sin embargo, ante lo ocurrido durante las primeras cien horas de la recién estrenada administración de la Casa Blanca ‒no durante sus primeros cien dí­as‒ lo que parecí­a ser una estrategia de campaña electoral, ahora apunta a ser una extraña pero muy embarazosa y hasta espantosa realidad.

Donald Trump tení­a ya enemistades, bastantes, antes de convertirse en el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos de América el 20 de enero del año en curso; de ese dí­a a la fecha, se ha agenciado otras cada vez más y más. Pero entre todas, la peor no es ni el terrorismo islámico ni la “invasión” al territorio que hoy “dirige” por parte de una emigración que, para nada, es reciente; es histórica y entre sus partí­cipes se incluye hasta su madre. No son esas las más grandes entre todas; sus más terribles enemistades son su propia personalidad, sus decisiones y sus acciones.

 

Con cada decreto, declaración o tuit que emite, lo que ha hecho desde que está al frente de tan poderosa nación ‒esa que hace más de ocho años parecí­a profundizar su democracia, con la elección de un mandatario federal afroamericano‒ es hincarle uno a uno los clavos a su ataúd polí­tico. De seguir así­, como parece seguirá, cabe considerar como posibilidad lo que la sección cuarta del artí­culo II de la Constitución estadounidense establece: que pueden separarlo del cargo si es acusado y declarado culpable “de traición, cohecho u otros delitos y faltas graves”.

Otro escenario podrí­a ser el de una oposición social interna fuerte y masiva, permanente y creativa, a la que quizás se sumarí­a la de ciertos liderazgos polí­ticos, religiosos y morales dentro y fuera del paí­s. Llama poderosamente la atención que importantes funcionarios de la Organización de las Naciones Unidas ‒el alto comisionado y el relator especial sobre la tortura, en concreto‒ ya cuestionaron públicamente a Trump. Todo esto, en conjunto, vendrí­a a ser una especie de détente global en defensa de valores incuestionables fundados en la dignidad de la persona humana y la de los pueblos.

Tras esta reflexión inicial, preocupada combinación de cruda realidad e ilusionada especulación, hay que ver la situación actual de Estados Unidos de América y el mundo como una oportunidad para la subregión que ‒hoy por hoy y desde hace rato‒ es considerada como la más violenta y peligrosa del planeta: los territorios guatemalteco, hondureño y salvadoreño, que juntos son también conocidos como el “triángulo norte centroamericano”.

 

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