Por Gabriel Otero.
1977
Los rayos del sol empezaban a iluminar lomas y colinas pletóricas de maizales y sembradíos de caña de azúcar, el coche aceleraba en la carretera para llegar a las siete a la propiedad ubicada al norte de Santa Ana, en El Salvador. El paisaje era espléndido, la brisa calmada rodeaba el ambiente, me encantaba el campo, sentía un gran amor por todo lo que surgía de la tierra y creía que algún día estudiaría para ingeniero agrónomo.
Era 1977, todos los sábados participaba de la misma liturgia, acaso los momentos estelares que sellarían mi vida, acompañaba a mi padre a la propiedad que en meses se transformaría en la granja Singuil, bastión de la avicultura nacional, con sus inmensas galeras habitadas por pollos y gallinas de engorda.
A don Julián le gustaba viajar rápido, y los alrededores pasaban paralelos y veloces como un ciclorama de película muda. Al tiempo el calor arreciaba, llegábamos a Singuil y los tractores aplanaban caminos entre lodazales y hierberíos, decenas de árboles de morro se esparcían en el terreno dejados al azar por obra y gracia del suelo y la casualidad, o tal vez un designio misterioso de la deidad de la tierra.
Los tractores y trascabos afanaban sus orugas sobre el terreno rudo y cuando caían los diluvios tenían que comenzar de nuevo, eso hacía la labor tediosa e incrementaba costos, don Julián era un torbellino repartiendo órdenes y mentando madres a diestra y siniestra y fue tanta su enjundia que uno de esos días sintió un piquete en el pecho, justo en el corazón, un dolor profundo que lo impulsó a coger una piedra rectangular parecida a las que se utilizan en los molcajetes y se golpeó muy fuerte y se salvó la vida pero esto no sucedió ni en sábado, ni estando yo presente, los testimonios de la gente que estuvo ahí son categóricos y precisos.
En el cénit del día, con el sol golpeando pleno, los trabajadores bañados en sudor se refugiaban bajo la sombra de los árboles de morro, era la sagrada hora del almuerzo y nosotros tomábamos la carretera para emprender el camino de regreso y comer en dos o tres restaurantes magníficos sobre la ruta.
A veces nos desviábamos a Zapotitán al mercado de productores agrícolas y comprábamos verduras y truchas cultivadas y otras rarezas como camarones de río, y las enormes grape fruit o toronjas.
Si hay algo que pueda considerarse como sostenible con los cánones de hoy, era precisamente ese mercado, pionero para su época, con el que se cerraba toda la cadena de producción al llegar al consumidor final sin la intervención de grandes empresas.
Como dijera Emiliano Zapata: “la tierra es de quien la trabaja con sus manos” y pequeños y medianos agricultores llevaban al mercado lo que cosechaban con sus manos y cargaban con sus lomos, la tierra valía mucho y los productores, aunque con algunas limitaciones, tenían entonces una vida digna.
Ya no es así.



