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domingo, 24 de octubre del 2021

Si Katya regresara…

Hace unos días, su par de sobrinos junto la hermana de ambos le festejaron un cumpleaños más. Sí, la hija y los hijos de la querida Marcelita ‒hoy Gina Marcela, mujer hecha y derecha‒ le envolvieron y entregaron sus regalos por tal motivo; también le partieron un pastel. No la conocieron en persona, pero ahí estaba presente en esa sencilla fiestecita; así está en la mente y los corazones de mucha gente esa niña que, a sus nueve años, se convirtió en símbolo de la lucha contra una violencia criminal que daña profundamente tanto a sus víctimas directas, como al conjunto de una sociedad repleta de dolorosas heridas abiertas que aún no ha aprendido a curar y que no la dejan sanar.

Efectivamente, este recién pasado sábado 13 de marzo hubiese arribado a sus 31 años de vida Katya Natalia Miranda Jiménez de no haber sido violada y brutalmente asesinada, al igual que la “paz” salvadoreña también mancillada antes de cumplir una década de existencia. Si Katya regresara a El Salvador de hoy, le tocaría lamentar que la realidad para una inmensa cantidad de  mujeres y niñas ‒no solo la de aquellas que pertenecen a las mayorías populares‒ sigue igual o peor que cuando a ella la inmolaron.

A casi 22 años de ocurrida esa atrocidad aún impune, se sabe que de enero a septiembre del 2020 sumaron ‒según el Ministerio de Salud‒ 10 076 niñas y adolescentes las que se reportaron embarazadas; 379 de esos casos fueron fruto de violación sexual. Con base en la información brindada por el Hospital Nacional de la Mujer “Dra. María Isabel Rodríguez”, de enero a marzo del 2020 se atendieron 144 niñas entre diez y catorce años de edad en tal condición; casi la misma cantidad que en el 2019, con 146. Durante el mismo período se contabilizaron, además, 3835 adolescentes y jóvenes de 15 a 19.

El promedio mensual de niñas y adolescentes preñadas entre enero y marzo del 2020 fue de 1326; casi quince víctimas diarias. De abril a septiembre fue de 1016; así, la media durante estos últimos fue de 1016. Una diferencia entre ambos períodos de menos de 200. Bueno sería profundizar el análisis de lo ocurrido durante los mismos, tanto en los tres primeros sin pandemia como a lo largo de los siguientes seis con la ola de contagios ya instalada en el territorio nacional. ¿Por qué? Veamos.

La cuarentena obligatoria impuesta en el país duró más de 80 días; esta arrancó ya iniciada la segunda quincena de marzo del 2020 y se extendió hasta mediados de junio. A la población le tocó, pues, permanecer confinada en sus lugares de residencia durante todo ese tiempo. Existen estudios, no pocos, en los cuales se ha establecido que muchos de los casos de violencia sexual en perjuicio de la niñez y la adolescencia salvadoreñas ocurren dentro de las casas que habitan y en su vecindario, siendo responsables de los mismos ‒en muchas ocasiones‒ parientes de las víctimas o personas conocidas por estas.

En ese ambiente de reclusión forzada, el peligro latente estuvo cohabitando en medio del grupo familiar con la irritabilidad, el estrés, el enojo, las expresiones de violencia, el machismo y la indefensión. ¿Escenario propicio para el recrudecimiento de los ataques sexuales contra niñas, niños y adolescentes? Todo indicaría que sí. Las condiciones estaban dadas. Pero entonces surge otra pregunta. ¿Por qué no se dispararon los números de casos de embarazos infantiles, adolescentes y juveniles en el sistema público de salud nacional? Bien podría ser por una razón de sentido común: porque las futuras madres, a su corta edad, no quisieron correr el riesgo de infectarse con la COVID-19 en uno de los sitios adonde más posibilidades existen para ello, como lo son los hospitales.

Lo anterior no es nada nuevo; tampoco lo era cuando violaron y asesinaron a Katya en abril de 1999. Sí lo es lo que estamos presenciando durante la actual administración presidencial. Nayib Bukele no solo tutiteó un comentario falocéntrico en abril del 2020 ‒el de “la gata angora (solo para conocedores)”‒ sino que se ha rodeado de funcionarios y seguidores muy cercanos entre los cuales el discurso de odio misógino es una constante permitida desde el más alto nivel, por acción u omisión.

En las condiciones descritas, si Katya regresara lo haría a un país altamente endeudado con el respeto de la dignidad femenina. Pero muchas mujeres, muchas, ya no están dispuestas a callar. Eso entusiasma para seguir en la lucha.

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