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martes, 18 de mayo del 2021

Roque Dalton: su verso contra lo sagrado

Nota informativa y biográfica redactada en Ecuador y rescatada por el sitio digital Explored. No se informa del autor ni del medio donde originalmente se publicó

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QUITO. 24.11.91. Roque Dalton era al fin y al cabo "una gloria salvadoreña, solo que tení­a la excentricidad de vivir en Cuba y ser comunista". Así­ se mofaba el propio poeta de la inquietud que causaba su obra en algunos sectores de su pequeña patria.

A mediados de los cincuenta, cuando Pablo Neruda y César Vallejo irrigaban las venas del mundo literario latinoamericano, Dalton comenzó a escribir y eligió "la palabra escrita bellamente como instrumento" de su compromiso.

Nacido en El Salvador el 14 de mayo de 1935 -de madre salvadoreña y de padre norteamericano, una familia de clase media- Roque vivió la dualidad de espacios: fue escritor y militante polí­tico. Una fusión que hací­a conflicto. Era un poeta que firmaba manifiestos, aparecí­a en T.V., organizaba campañas de solidaridad, y que llegó a escribir desde la clandestinidad, a sufrir torturas, cárcel.

Dalton formó junto a otros poetas como el guatemalteco Otto René Castillo, Manlio Argueta y Roberto Armijo, el Cí­rculo Literario Universitario, en 1955, cuyos escritos se publicaban mensualmente en el Diario Latino. Esta iniciación, de grupo -porque creí­a que no se puede hacer poesí­a aisladamente- concebí­a el verso contra lo sagrado, contra el buen gusto, el orden y las medias tintas.

En su primera obra "La Ventana en el Rostro" Dalton muestra una lí­nea que mantuvo durante toda su poética: escudriñar en las entrañas de la vida social. Al reconocer sus influencias, están infaltablemente la retórica nerudiana y el verso descarnado, la angustia de Vallejo, aunque decí­a que de las dos familias preferirí­a ser nieto de este último, pues era sabido que rompió relaciones con Neruda.

Tres poetas franceses -Henri Michaux, Saint John Perse, y Jacques Prevert- eran reivindicados por el propio Roque como los nutrientes de su obra. Cada uno aportó en "imaginación, pureza, grandilocuencia bí­blica, irrespeto".

En su primer exilio en 1961 salió a México, y allí­ comenzó a estudiar Antropologí­a porque en su paí­s, "por el medio cultural, no habí­a tenido contacto con esa rama y porque era la única facultad donde no se pagaba". A los dos semestres, interrumpió los estudios y fue a Cuba, donde vivió, trabajó en el proceso revolucionario y fue una especie de "exiliado ilustre".

El talento de Roque Dalton fue reconocido tempranamente en su región. Obtuvo, muy joven, tres veces el Premio Universitario Centroamericano de Poesí­a.

Su verso es una reflexión constante sobre el poder y las injusticias en el Salvador, enriquecida con la tradición indí­gena mesoamericana, y un maravilloso uso del habla dialectal salvadoreña.

Aunque en la poesí­a es donde alcanza su mayor vigor, escribió novela, teatro, cuento, testimonio, humor y amaba el cine.

Un pasado confesional

A los 18 años Roque Dalton era un "feroz católico" según propia definición. Su educación confesional habí­a determinado su manera de ver el mundo y relacionarse con él. De hecho estudió casi una década con los jesuitas, en el aristocrático Externado de San José.

Así­, su futuro académico -habí­a optado por el derecho- se dirigí­a casi naturalmente a una Universidad Católica, y animado por los propios jesuitas viajó a Chile. Pero allí­ dos personajes le removieron el piso.

El propio decano de la Facultad de Teologí­a de la U. Católica de Chile de ese entonces, sacerdote jesuita, le hizo una recomendación inesperada: que en lugar de estudiar a la

Universidad Católica lo hiciera a la Nacional, donde entrarí­a en contacto con otras corrientes de pensamiento, otros aspectos de la vida que -según él- debajo de la sotana donde Roque habí­a permanecido durante tantos años no le habí­a sido posible ver.

El segundo encuentro, áspero, fue con Diego Rivera. El agudo muralista mexicano asistí­a en Santiago a un "Congreso de la Cultura", y a Roque le encargaron una entrevista, de la revista universitaria para la que escribí­a. Rivera contestó a Dalton una que otra cosa con cortesí­a, pero de repente, en un interrogatorio sorpresivo, le preguntó que qué edad tení­a y que si habí­a leí­do marxismo. Como Roque dijo que no, Rivera, colérico le echó, después de decirle que tení­a "18 años de ser un imbécil."

Roque salió horrorizado del episodio y se apuró en empaparse del movimiento pictórico y social mexicano, primero, se inició en el estudio del marxismo, después…y entró a la Universidad Nacional. Así­, regresó a su paí­s, con una serie de conceptos sueltos, de lecturas desordenadas, incipientes, sin embargo le pareció ver un El Salvador distinto.

Pero no se trató de un cambio automático, y artificial,  porque más allá de lo anecdótico, fue un proceso "largo, doloroso, con grandes contradicciones, con caí­das, retrocesos, avances", como él mismo lo califica.

El amor

Roque Dalton tiene una abundante producción en el campo erótico. Hay en esta poética, una fusión de la muerte con el acto del amor, lo que muestra esa conciencia trágica que tení­a frente a un mundo deshumanizado.

Pero la mujer para él estaba en relación concreta, directa con la vida, con el mundo. No la idealiza y aunque la ironí­a es una constante en toda su obra, inclusive en el tema amoroso, llega a ser de una dulzura entrañable:

"Tu desnudez derriba con su calor los lí­mites,

me abre todas las puertas para que te adivine,

me toma de la mano como un niño perdido,

que en ti dejara quietas su edad y sus preguntas.

El dí­a en que te mueras te enterraré desnuda

para que limpio sea tu reparto en la tierra,

para poder besarte la piel en los caminos,

trenzarte en cada rí­o los cabellos dispersos"

Con el amor, ese que trasciende, se bebí­a la patria. Dalton querí­a contar la historia no oficial de El Salvador.

"Las Historias Prohibidas del Pulgarcito", son un inventario de los sucesos históricos de su paí­s, desde la colonia. Para hacerlo, realizó profundos estudios históricos, y su poesí­a se volvió más ideológica. En esos poemas están desnudos de cuerpo entero personajes nacionales como el dictador Maximiliano Hernández, o el lí­der indí­gena Anastasio Aquino, o el prócer liberal José Matí­as Delgado.

El poeta salvadoreño abrió también el debate sobre el papel del creador, del intelectual y su realidad. Decí­a que un escritor no debe ser ni fiscal de la historia, ni ví­ctima de ella. Con áspero sarcasmo, llegó a escribir:

"Queridos filósofos/ queridos sociólogos progresistas/

queridos sicólogos sociales/ no jodan tanto con la

enajenación/aquí­ donde lo más jodido es la nación ajena."

Contra la "papanaterí­a revolucionaria"

Su poética fue tomada con entusiasmo por muchos militantes de izquierda. A veces de una manera reduccionista, llevando al panfleto versos como el conocido: "el comunismo será, entre otras cosas, una aspirina del tamaño del sol". Pero Roque intentaba romper la metódica lí­nea de la poesí­a tradicional y desechar "la papanaterí­a revolucionaria" -como él la llamaba- de la literatura.

Le fastidiaba la fama fácil entre los izquierdistas, su legendaria fuga de la cárcel en 1964, decí­a Roque, "la cargo como un peso muerto." Lo cierto es que su biografí­a impresionaba. En 1960 fue condenado a muerte durante la dictadura de José Marí­a Lemus, y se salvó de la ejecución cuando apenas cuatro dí­as antes cayó aquel gobierno.

Y era capaz de ser radical al criticar la concentración del poder, la enajenación de las sociedades dependientes de América Latina, pero era igualmente radical cuando denunciaba las deformaciones de las sociedades socialistas europeas que conoció.

Se anticipó a los derrumbes de muros: "como estoy muy lejos de ser el superhombre que Stalin querí­a que yo y todos los lectores de Juventud Rebelde fueran, tengo derecho a inquietarme de cuando en cuando", dijo alguna vez.

Uno de sus poemas más elocuentes sobre el tema es el que describe la relación amorosa entre dos comunistas, una checa y un latinoamericano. Forma parte de Taberna y Otros Lugares, considerada su obra maestra, con la que obtuvo el premio Casa de Las Américas en 1969:

"¿El socialismo? No está mal:/Aún los más pobres /tenemos

tostadores de pan/televisores, medias francesas,/buenos

zapatos, mejor olla/ropas de moda recién pasada en Parí­s./Lo

único malo es que todo ello es mejor en Alemania

Occidental./¿Acaso no conoces los trinchadores eléctricos//los

chiclets de LSD,/el vino en polvo,/los preservativos con

diseños Op? /Como poeta proletario /tienes derecho al

ridí­culo,/pero no exijas a quien con tanto amor se te

desnuda,/vivir de grandes tragos de moral,/servida en vasos de

Economí­a Polí­tica."

No vibraron los teletipos

Roque fue asesinado en 1975, por una facción de la guerrilla. El Ejército Revolucionario del Pueblo, ERP, dijo en una hoja volante al atribuirse su muerte que el poeta "colaboraba con los aparatos secretos del enemigo." Esta práctica guerrillera de "ejecución de traidores" indignó a quienes conocieron y quisieron a Dalton. Les indignó también el retraso con que se conoció su muerte. Desde un mes de mayo se especulaba al respecto, y recién en el próximo septiembre la Casa de las Américas lo confirmó.

Eduardo Galeano lo expresó con rabia: "no vibraron los teletipos de las grandes agencias internacionales para informar del asesinato del poeta. Estaban ocupadas, supongo, con los percances sentimentales y financieros de Jackie Kennedy o alguna mierda así­."

Uno de sus entrañables amigos dijo ante su muerte que "Roque Dalton serí­a todaví­a más importante cuando sea estudiado por los niños de las escuelas de El Salvador"…donde hoy la muerte sigue evocando una tragedia que continúa.

Tomado de: http://hoy.tawsa.com/noticias-ecuador/roque-dalton-su-verso-contra-lo-sagrado-58450.html

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