Por Francisco de Asís López
Cada septiembre, gran parte de América Latina se viste de fiesta para celebrar sus días de independencia y el 12 de octubre ve a España engalanada para celebrar la llegada a América. Sin embargo, entre tanto colorido patriótico, a ambos lados del océano, resuena una pregunta incómoda: ¿son hoy día realmente libres los países hispanoamericanos, o siguen prisioneros de una narrativa que culpa al pasado de todos sus males actuales?
En buena parte del discurso público latinoamericano persiste la idea de que la pobreza, la desigualdad o la corrupción actuales son herencias directas de la época española. Se repite que los tres siglos de dominio ibérico dejaron un modelo de explotación del que nunca se pudo salir, una estructura social injusta que continúa pesando hoy día como una losa. Hay, sin duda, una base histórica en ese diagnóstico que al mismo tiempo solidificó también una tentación peligrosa: convertir la historia en coartada y la memoria en refugio moral.

Tras la independencia, las élites criollas fueron quienes administraron las nuevas repúblicas. Y lo hicieron, en muchos casos, manteniendo las mismas jerarquías sociales, el mismo desprecio por los pueblos indígenas, la misma concentración de riqueza y poder. Las cadenas cambiaron de forma, pero no de función. Culpar a España dos siglos después y tras revoluciones y guerras civiles en la mayoría de los países latinoamericanos puede resultar reconfortante, pero impide asumir responsabilidades propias. Es una prisión invisible que mantiene detenidos en el tiempo las mentes latinoamericanas.
Esa fobia mental me recuerda la anécdota relatada por Ángel Wagenstein en su novela “El Pentateuco de Isaac”. Dos ex prisioneros judíos supervivientes de un campo de concentración se reencuentran años después. Uno confiesa que sigue odiando a los alemanes y que nunca podrá perdonarlos. El otro, con serenidad, le responde: “¿Todavía te tienen prisionero?”. La respuesta es una lección sobre la libertad interior y saber pasar página : mientras el alma siga atada al odio, la liberación exterior no sirve de nada.
América Latina ganó su independencia política, pero tal vez no su emancipación mental. En demasiados lugares, el relato nacional sigue definido por oposición a España: “somos lo que no fuimos, lo que dejamos de ser, lo que nos hicieron ser”.

Esa dependencia simbólica impide construir una identidad madura, reconciliada con su pasado y responsable de su presente. Mientras el resentimiento ocupe el lugar del análisis, el progreso será imposible.
No se trata de olvidar los abusos del dominio español ni de idealizar a la metrópoli. Recordar la violencia de la conquista o la esclavitud impuesta es un deber histórico. Pero usar ese pasado como explicación total de los problemas actuales es negar dos siglos de decisiones propias, errores propios y omisiones propias. La historia no puede convertirse en un pretexto permanente. Cada generación tiene la obligación de corregir lo que heredó, no de repetir su queja.
Las celebraciones de independencia deberían servir, más que para mirar atrás, para preguntarnos si hemos aprendido a ser libres. Porque la verdadera independencia no se mide en fronteras ni en fechas, sino en la capacidad de una sociedad para gobernarse sin buscar culpables eternos. El odio, como el del prisionero de Wagenstein, es otra forma de cautiverio. Y quizá por eso América Latina, después de dos siglos de libertad formal, todavía carga con un enemigo imaginario: el pasado.

Tal vez el próximo paso hacia una independencia plena no sea económico ni político, sino emocional. Perdonar —sin olvidar— podría ser el acto más revolucionario. Mientras el pasado siga ocupando las cárceles mentales del inconsciente colectivo, España continuará siendo la excusa perfecta para no mirarse en el espejo y seguir sintiéndose prisioneros.


