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martes, 27 de julio del 2021

Recobrar la sociedad civil

Sin esto, la lucha por el Estado es tiempo perdido.

La sustitución del interés de clase de las mayorí­as por varias reivindicaciones culturalistas es una gran victoria ideológica del capital corporativo transnacional ―y de su aparato académico― sobre la posibilidad emancipadora de las mayorí­as. Esto, porque financiando luchas culturalistas con fines divisionistas, este capital fragmenta a la sociedad civil y la hace aliada polí­tica del poder constituido, además de oportunista y desleal entre sí­ ante las agencias de financiamiento; en suma, la vuelve tan corrupta como el Estado, e incapaz de forjar una unidad diversa que fiscalice a quienes lo controlan desde el interés oligárquico. Localmente, la tarea de la sociedad civil serí­a parir la única unidad posible en esta era de relativismos “posmo”: la unidad polí­tica en torno a un objetivo de desarrollo nacional multiclasista e interétnico. Pero así­ como está, sólo sirve para fortalecer el viejo régimen.

La posmodernidad mató la universalidad moderna de la clase social como criterio de organización popular, y lo hizo mediante la fragmentación económica e ideológica del sujeto y su consecuente desactivación como actor unificado del cambio. Ahora, ese actor es diverso y fragmentado. Por eso dice Zizek que hoy “La única verdadera universalidad a la que tenemos acceso es la universalidad polí­tica, que no equivale a cierto sentido idealista abstracto, sino a una solidaridad en la lucha. Si estamos comprometidos en la misma lucha, si descubrimos que –y éste para mí­ es el auténtico momento de solidaridad– feministas y ecologistas, o feministas y obreros, todos tenemos de repente esta misma revelación: ‘Oh Dios, ¡pero si nuestra lucha era en última instancia la misma!´, esta universalidad polí­tica serí­a la única auténtica universalidad. Y esto, claro, es lo que falta hoy, porque hoy la polí­tica no es más que una mera negociación de compromisos entre diferentes posiciones”.

Si hoy la polí­tica es eso, hacer polí­tica hoy equivale a un febril activismo que busca cambiar particularidades para que el poder tradicional se fortalezca renovándose, y nada más. No busca el cambio radical porque nunca va a la raí­z de los problemas, sino siempre se anda por las ramas del culturalismo, la corrección polí­tica y los moralismos puritanos y conductistas propios de la “indignación” que nunca supera el exhibicionismo hipócrita (religioso) de legiones de individuos de clase media y sin empleo, productos del odio que el régimen oligárquico le tiene a la cultura letrada y a los saberes subalternos.

El camino emancipador es pues la unidad de la lucha polí­tica contra el enemigo estratégico: el capital corporativo (sobre todo en su versión especulativa, de la cual Soros y su Open Society Foundations es vanguardia que financia sociedades civiles corrompidas) y su socia minoritaria, la oligarquí­a y su aparato neoliberal de gestión polí­tica. Lo demás es un conjunto de distractores culturalistas si juegan el papel de sustituir la unidad de la lucha con la atomización popular fratricida. Pero si los intereses de etnia, raza y sexo se incorporaran al criterio de clase para organizar la unidad popular, la cosa cambiarí­a radicalmente y podrí­amos forjar un gran frente con la pequeña burguesí­a para quien los oligarcas son el único obstáculo a su prosperidad, con las capas medias que ansí­an mejores salarios y con los trabajadores agrí­colas de la “Guatemala profunda”. Sólo así­ podrí­amos recobrar la sociedad civil.

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