lunes, 24 de enero del 2022

Quiere ganas con mi pueblo

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Por Nelson López Rojas

El comportamiento socio-cultural de un pueblo es altamente predecible. Los estudiosos dicen que desarrollar las habilidades para un comportamiento cultural aceptable es una tarea mayor durante la niñez; lograr competencia cultural, por otro lado, es algo más consciente, opcional, y depende de los factores que forman nuestro entorno.

Compartimos tantos rasgos en lo colectivo, pero aun así seguimos siendo una sociedad altamente individualista, basta ver la cantidad de carros y motos en un parque vehicular tan reducido.

Si un avión huele a Pollo Campero es atinado decir que ahí viaja un salvadoreño y, como decían los abuelos, el que es perico donde quiera es verde. En un reciente vuelo desde Florida a Comalapa comprobé con desconsuelo el color de los pericos. Y es que los pericos y las loras pueden incomodar, inclusive, hasta los que viven entre pericos. Una viejita, a quien su hija le pidió una silla de ruedas no porque no pueda caminar, sino porque prefiere que su madre no se pierda. La abuela, desconcertada por su edad y por la conmoción del momento, se ha confundido. El ruso que empujaba su silla le dice que ha llegado a su puerta de salida y la señora se enoja y le dice que ella va para Chicago, de donde la acaba de recoger el ruso, y no para San Salvador. El ruso habla tanto español como la señora inglés. La señora exige que la lleven para Chicago. Otra pasajera se acerca y le ayuda para que llame a algún familiar para aclarar las cosas. Al hablar con su familiar la señora se calma y quien le ayudó se retira sin un gracias y el ruso sin un peso de propina. ¿Qué tal si la próxima vez la hija le pone un gafete a la señora para que quien la atienda sepa para dónde va?

Ni la mano dura, ni la súper dura lograron controlar la violencia en El Salvador; las negociaciones con pandillas, tampoco. Pareciera que esto la violencia, la agresividad y la aspereza física o verbal son parte de nuestra genética. Se acerca un tipo con unos enormes audífonos y un micrófono de callcenter, mientras las personas de tercera edad, con niños y otras necesidades abordaban. El clasemedia que se cree gringo irrumpe y se mete acusando a las personas de bajeras y de no seguir instrucciones. Que esa gente no respeta, que no han llamado a su grupo de abordaje y que todos están como si estuvieran en el bus. ¡Ni habían llamado a su grupo tampoco! Y mientras a la brava rebuznaba que él era primera clase, primera clase viajando en una aerolínea de ultra bajo costo, la muchacha detrás de mí me dice “quiere ganas con mi pueblo”.

Veo hacia atrás y la gente desesperada hacía fila sin razón alguna. La trabajadora del aire les dice en inglés que se sienten hasta que se les llame el grupo indicado. Me cuesta creer que nadie entre los montoneros hablaba inglés para que se sentara. Siguieron igual.

Ya dentro del avión, Bad Bunny suena a todo volumen desde el celular de la criatura en frente de mí. Le dice la meserita del aire, en inglés y de mala gana, que se ponga audífonos. El pipil clasista y racista le dice a su compañero de viaje que ya quisiera la negra tener el teléfono que exprime tal agresión.

Dice el piloto por altavoz que lo disculpen por el retraso pero que había una inusual cantidad de maletas y que no quería dejar ninguna. Nadie le presta atención, ¿qué pasaría si ocurriera una emergencia? Minutos después dice, en español, que está todo listo para el despegue pero que no lo puede hacer hasta que todos estén sentados en sus asientos, con su cinturón abrochado y su mascarilla sobre boca y nariz.

El señor de al lado me cuenta que lleva tres días sin dormir pues perdió su vuelo anterior. “Yo que llego y se cierra la puerta. Yo llegué a tiempo pero el muchacho que atendía la puerta era muy lento” Vaya sorpresa. La salvadoreñidad al tope siempre acusando a los demás y no tomando responsabilidad por nuestras faltas.

Aterriza el aparato y, como he visto antes y como lo veré después, la gente se amontona en los pasillos del avión para salir primero. Maluma baby sigue sonando irrespetuosamente. La puerta sigue cerrada y la gente sigue amontonada. No puede ser la emoción de volver al terruño que los tiene en tal desespero, ¿o sí?

Hay enormes filas para pagar un estacionamiento que no da abasto. ¿Cuándo podrán los salvadoreños exigir que se les trate mejor cuando se paga por un servicio? Parece que, como hemos sido maltratados por siempre, cuando tenemos la oportunidad de desquitarnos con quien sea, lo hacemos. Veo carros que sobrepasan a otros a toda velocidad aunque vean personas pasando, aunque sepan que tienen que parar para insertar el tiquete. Como dijo mi compatriota desconocida, quiere ganas con mi pueblo.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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Nelson López Rojas
Catedrático, escritor y traductor con amplia experiencia internacional. Es columnista y reportero para ContraPunto.
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