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sábado, 23 de octubre del 2021

Que los que matan se mueran de miedo

Hoy amanecí­ pensando en la “Delfi”. El 22 de mayo de 1979 por la mañana, hablé con ella en una calle de la ciudad capital. Le pregunté por qué no habí­a ido a trabajar, como era costumbre. “Porque desde ahora me dedicaré del todo a la revolución”, fue la respuesta de Delfina Góchez Fernández, la querida “Paula”. Esa tarde murió junto a otros compañeros y compañeras, alrededor de quince, acribillada a balazos por las fuerzas represivas del régimen militar. Eso ocurrió en esta fecha, hace cuatro décadas. ¿Se recordarán hoy de esta joven estudiante de la universidad jesuita salvadoreña, soñadora y poeta, quienes ahora han convenido “blindar” de nuevo con la impunidad a los responsables de esta y tantas atrocidades más ocurridas en el paí­s y así­ â€’también‒ “blindarse” a sí­ mismos?

Para finalizar su guerra, las fuerzas gubernamentales y las guerrilleras firmaron seis acuerdos desde Ginebra el 4 de abril de 1990 hasta Chapultepec el 16 de enero de 1992; entre ambos documentos suscribieron otros cuatro: los de Caracas, San José, México y Nueva York. Lo hicieron arriba de la mesa de negociación, en presencia de la Organización de las Naciones Unidas. Pero luego vino el séptimo, rubricado a escondidas, y así­ se aprobó el 15 de marzo de 1993 la eufemí­sticamente llamada Ley de amnistí­a general para la consolidación de la paz.

Ante este agravio en perjuicio de la dignidad de las ví­ctimas, de sus familiares y de la sociedad entera, con Ana Mercedes Rivas Valladares –entonces directora del Socorro Jurí­dico Cristiano– presentamos el 11 de mayo de 1993 una demanda de inconstitucionalidad para que dicha normativa fuera declarada como tal. Nueve dí­as después, de forma inusualmente rápida como acostumbran proceder las aves de rapiña, la Sala de lo Constitucional de la época resolvió señalando que era “improcedente” nuestra pretensión. Pero como dicen en México: “Pa´ cabrón,  ¡cabrón y medio!”.

Así­, desde el espacio en el cual trabajaba y con el equipo que me honré dirigir durante más de dos décadas, desplegamos la imaginación y la creatividad necesarias –acompañadas de una suficiente dosis de terquedad y alegrí­a– para “inventarnos” el Festival “Verdad”, traer a su concierto de cierre a connotadas figuras solidarias de la música comprometida con la causa de los derechos humanos, generar foros de discusión de altura, presentar más de setenta casos para su investigación en la Fiscalí­a General de la República y crear el Tribunal Internacional para la Aplicación de la justicia en El Salvador, entre otras inventivas.

Pero habí­a un desafí­o pendiente: derrotar la ignominiosa amnistí­a. Entonces, el 20 de marzo de 2013 ‒al cumplirse dos décadas de su aprobación‒ un buen número de ví­ctimas acompañó la presentación de una nueva iniciativa para encararlo con éxito. La calzaban ocho firmas ciudadanas y al final, cuando se logró nuestro propósito, quedamos como demandantes solo tres: Pedro Martí­nez, Ima Guirola y este servidor.

Pero como la perversidad no conoce valores ni principios ‒más bien le “estorban”‒ los mafiosos grupos electoreros que hoy van en “caí­da libre”, léase Frente Farabundo Martí­ para la Liberación Nacional y Alianza Republicana Nacionalista, negociaron un octavo acuerdo: amnistiarse de nuevo sin importar los costos polí­ticos. En realidad, ya no tienen mucho que perder. Estando cada vez más “raquí­ticos”, no les queda otra: proteger a sus “demonios”. Y para ello se sacaron de la manga una nueva amnistí­a disfrazada y mañosa, pérfida y vergonzosa, para favorecer a sus criminales de “altos vuelos” y continuar despreciando a las ví­ctimas de estos. En esencia, no hay dónde perderse: ¡Es la misma “ley Parker”, envuelta con papel de regalo y su respectiva chonga!

“Arte, belleza, poesí­a… ¡Extrañas palabras! ¿Serán un conjuro? Hoy cualquier cerdo es capaz de quemar el Edén por cobrar un seguro”, escribió Aute sin imaginar que acá en El Salvador las harí­an realidad quienes prometieron el “paraí­so terrenal” de la revolución pero que decidieron ‒mejor‒ asegurarse su impunidad y el “buen vivir” personal.

Ahora, querida “Delfi” estás más presente en mi ideario. Tu juventud entregada no puede ser pisoteada; tu vida inmolada no debe ser olvidada. Por eso, recordando aquel nuestro último encuentro y lo que me dijiste entonces, lo renuevo ahora parafraseando a Sabina. Me comprometo a seguir luchando hasta lo último, hasta  que el “quiero justicia” le gane la guerra al “puedo negarla” para favorecerme; a que las ví­ctimas que esperan, no cuenten las horas para imponerle su dignidad a los indecentes que han pretendido negárselas; a que aquellos que mataron y matan se mueran de miedo.

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