Por Carlos Castillos.
Pasa en Uruguay, en Argentina, en Brasil, en Ecuador, en Perú, en Francia, en Estados Unidos, en países africanos, asiáticos y en casi todos los países del mundo. Una de las grandes preocupaciones de la gente es la violencia. Algunos sostienen que ha aumentado y empeorado, con atentados, ataques, abusos, acosos y otras mil formas de ejercerla. Y se elevan voces de preocupación e inquietud, generalmente reclamándole al gobierno de turno, del signo político que sea, que tome medidas para reducir, atenuar e incluso eliminar este flagelo. Pero…¿Hay alguien por ahí que tenga la fórmula capaz de predecir e impedir un homicidio, un femicidio, un suicidio, un atentado, un ataque o los violentos hechos similares que se suceden casi a diario? Es casi imposible. Casi todas las medidas que se adoptan no dejan de ser remiendos. Salir corriendo a “tapar agujeros” cada vez que se produce algún hecho conmovedor, como el reciente descuartizamiento de tres muchachas jóvenes en Argentina o un curioso atentado contra la Fiscal General subrogante, Mónica Ferrero, de Uruguay. Y ejemplos abundan en todo el mundo. Pero no hay servicios de inteligencia, con todo lo que implica su trabajo específico de investigar, que puedan evitar que una persona lastime o mate a otra. A lo largo de la historia de la humanidad este problema no se ha resuelto. Porque la violencia es intrínseca al ser humano. Desde siempre nos hicieron creer que el ser humano es “el animal superior de la escala zoológica”. Solo porque supuestamente tiene la capacidad de hacer cálculos, inventar cosas y razonar, atributos que aparentemente, no tienen otros animales. (Aunque de eso no se sabe mucho. La ciencia de los humanos no alcanza a conocer cómo funciona el cerebro de hombres y mujeres. Mucho menos sabe cómo funciona el de otros animales, que sin embargo, demuestran una gran inteligencia. Hay muchos ejemplos). Desde el ser humano primitivo, pasando por las épocas de la esclavitud, de la Edad Media, el feudalismo, el Renacimiento y el capitalismo la violencia ha sido uno de los elementos característicos. Cabe preguntarse entonces: ¿cuál es la diferencia entre la violencia que se ejerció contra esclavos y súbditos, la campañas de Alejandro Magno, trescientos años antes de esta Era, la Inquisición, la caza de brujas, las famosas Cruzadas, con justificaciones religiosas, Y la violencia actual?. No hay ninguna diferencia. Ni siquiera en el llamado “Renacimiento”, que, según la historia occidental, significó un resurgir de las artes y la ciencia. Siempre el ser humano agredió al prójimo. Mató, descuartizó, apaleó, torturó, bombardeó, agredió. Las formas de ejercer la violencia no cambiaron con los años. La mentada inteligencia superior solamente perfeccionó, en algunos casos, esa forma de ser violenta. Ahora existen armas refinadas, como los drones, las naves no tripuladas y algunos rayos que, en definitiva, apuntan a lo mismo. A eliminar al prójimo. Es por eso que ante cada hecho monstruoso solamente se oyen lamentaciones y expresiones de deseos para “tomar medidas”. Qué medidas se pueden tomar si las señales que recibimos a diario son aterradoras. El ejemplo más reciente: Desde Estados Unidos, la principal potencia militar mundial su presidente, Donad Trump, esta semana “prometió hacer que las fuerzas armadas sean más fuertes, más duras, más rápidas y más feroces”. Fue en un acto frente a cientos de militares en el cual su ministro de Defensa, Pete Hegseth arengó a los militares a “prepararse para la guerra” y para que sus Fuerzas Armadas “lleguen a ser más poderosas que nunca”. Hay que “recuperar el ethos guerrero” y los “estándares físicos masculinos”, porque “los enemigos se están agrupando y las amenazas están creciendo”, dijo ese ministro.



