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viernes, 23 de julio del 2021

Picasso buscando a Picasso en San Salvador

En este micro cuento ficción, Tania Primavera recuerda a Picasso, imaginariamente andando por las calles de San Salvador, al enterarse que en esta ciudad, había en algún lugar una pintura suya perdida, sólo Ricardo Lindo creía eso, y los locos, y los mendigos

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En el aniversario del natalicio de Pablo Picasso,  25 octubre 1881

Es 1996. Llegaron atraídos porque aquí lo imposible es posible. Había una pintura suya en El Salvador. Había un rumor y quería volar para verlo, en algún lado quería consultar. Fue al museo Forma, pero justo cerró sus puertas cuando subía a la entrada. Los ojos llorosos de Dora Maar, como siempre, pero le alegraba ver el anillo que él hizo para ella. Picasso no tiene respuestas normales. Y se van caminando por las calles, tristes, en silencio. Hacia sus tormentosos mundos interiores. En el arte. La fotógrafa, no encuentra en sus bolsillos nada. Sólo su cámara. Es ella, su rostro y cabello oscuro. Inventa su viaje.

Están en San Salvador. Encuentran al indicado en el bus. Le muestran una imagen de lo que buscan. Los mendigos y vendedores entran uno tras otro, piden y cuentan sus dramas e historias en la chatarra. Olvidó sus lentes de sol. Buscan el Picasso en los mercados, en los prostíbulos, cerca del parque Infantil. Por el teatro, y nada. Fueron a ver si ahí por La Dalia, tampoco. Se les quedaban viendo. Una mujer y un hombre raros. Mejor se fueron de ahí del centro. Llegando a la Minerva de la universidad un loco le dijo: Usted es Picasso. ¡Así es! Le dijo. Me reconociste.

Es sábado. En la acera, un bom bom sin terminar de comer.  Unas medias a medias. Una sombrilla. Un sol que quema. Un viento que libera. Ve más, la dirige la nada. El niño en la esquina pidiendo a diario. Dando vueltas y giros extraños en dimensiones ocultas. Una hoja que se desprende y extrañamente florece fuera de la planta.

En San Salvador nadie reconoció a Picasso solo Ricardo Lindo. Solo los locos y mendigos. Pero no le creyeron que visitaba la ciudad. Había un rumor que existía un cuadro Picasso aparecido en la ciudad. Dora le dice mejor que la lleve a fotografiar a la mujer desconocida que perdió la razón. En las calles cercanas a la universidad nacional, destruida por las bombas.

Al llegar, ahí mismo hace una pintura. Se volvieron invisibles. Porque no existían ya. Solo en el recuerdo. Tenía una vida. Buscaba el modo de ver el rostro de la mujer enloquecida. No tenía. Solo se soltó y salió corriendo. Y se llevó la pintura de ella misma entre los árboles de mango. Dora volteo a ver su dedo, el anillo no estaba, lo botó en algún lado. Pero no sabia donde en la ciudad. Dora lloró. Captando más que una imagen para su colección de fotos contrapuestas o sobre expuestas.

Nada es todo. Sus risas por nada. Y vio el parque de El Pañuelo, cerrado. Llueve mucho. La loca, se cubre con un plástico. De las heliconias están brotando flores color rojo con anaranjado.

Ella, Dora, viste su  túnica azul y ocre de seda. Él, Pablo Picasso, viste con con harapos y que siempre están manchados de pintura. Pero se dio cuenta que su pintura, la pintura que buscaba para verla, no la encontró, quizás  alguien más la pintó por él, o era un rumor que lo trajo. La leyenda quedó con alegría en las memorias que dibujaron sonrisas en este nuestro  Cuscatlán de imposibles que son posibles. Era 1996, regresaron al atardecer por una copa a La Ventana, empezaba a brillar El Barrio Bohemio, que queda en el olvido y la memoria, les vieron entrar, y ahí vio su foto con dedos de pan.

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Tania Primavera
Promotora cultural, museóloga, escritora y periodista salvadoreña. Colaboradora en temas de Artes y Columnista de ContraPunto
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