Por Redacción ContraPunto
El uso intensivo de teléfonos inteligentes, tabletas, videojuegos, televisión y redes sociales se ha convertido en una de las experiencias ambientales más comunes durante la infancia y la adolescencia. Al mismo tiempo, la neurociencia ha comenzado a estudiar una pregunta que hace apenas unos años tenía muchas menos respuestas: ¿qué relación existe entre el tiempo frente a las pantallas y el desarrollo del cerebro?
Una de las investigaciones más importantes para abordar esta cuestión es el Adolescent Brain Cognitive Development Study (ABCD), impulsado por los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos. El proyecto sigue a cerca de 12.000 niños desde los 9 y 10 años hasta la adolescencia y la adultez temprana, mediante evaluaciones cognitivas, conductuales y estudios de resonancia magnética. Participan 21 centros de investigación en Estados Unidos.
Pero los resultados requieren una lectura cuidadosa. La evidencia científica no permite afirmar simplemente que “siete horas de pantalla destruyen o adelgazan prematuramente el cerebro”. Lo que sí existe son asociaciones entre determinados patrones de uso de medios digitales y diferencias en algunas medidas de estructura y funcionamiento cerebral.
La corteza cerebral en pleno proceso de transformación

Durante la infancia y la adolescencia, el cerebro experimenta una intensa reorganización. La corteza cerebral cambia su grosor, se modifican las conexiones entre distintas regiones y aumenta la especialización de determinados circuitos.
El adelgazamiento cortical, por sí mismo, no significa necesariamente daño cerebral. De hecho, forma parte del desarrollo normal del cerebro durante la adolescencia y está relacionado con procesos de maduración y especialización neuronal.
Un análisis del proyecto ABCD publicado en NeuroImage encontró asociaciones entre la actividad relacionada con medios digitales y diferentes patrones de estructura cerebral, incluyendo variaciones en el grosor cortical y el volumen de materia gris. Sin embargo, los investigadores señalaron que los efectos eran complejos y que no podían interpretarse sencillamente como una lesión producida por las pantallas.
Más recientemente, investigaciones basadas en el mismo gran proyecto han encontrado asociaciones entre un mayor uso de redes sociales y un menor grosor cortical en varias regiones cerebrales durante la adolescencia temprana. El análisis incluyó a 7.614 participantes con imágenes de resonancia magnética de calidad suficiente. Los autores, no obstante, advierten que todavía es necesario determinar la dirección de la relación: la asociación no demuestra que el uso de redes sociales sea la causa de esos cambios.
El sistema de recompensa también está bajo investigación
Otra cuestión importante tiene que ver con las estructuras cerebrales relacionadas con la recompensa, la motivación y el control de la conducta.
El llamado estriado, que incluye estructuras como el putamen, participa en circuitos relacionados con el aprendizaje, la motivación, los hábitos y la recompensa. La corteza prefrontal, por su parte, interviene en procesos como la planificación, la toma de decisiones y el control inhibitorio.
Investigaciones recientes utilizando información del ABCD han estudiado precisamente regiones vinculadas con los sistemas de recompensa y control cognitivo. Un estudio longitudinal publicado en 2026 encontró asociaciones entre mayor tiempo de pantalla y determinadas trayectorias de maduración neuronal en regiones relacionadas con esos sistemas. Sus autores plantean que el uso elevado podría estar relacionado con modificaciones en el desarrollo neuronal, pero no presentan estos resultados como prueba de que las pantallas provoquen por sí solas un daño irreversible.
Esto es fundamental: una diferencia observada en una resonancia magnética no equivale automáticamente a una enfermedad ni demuestra una relación causal.
¿Son siete horas el límite a partir del cual aparece el daño?
Esta afirmación necesita ser matizada.
Los datos del ABCD han permitido estudiar a niños que utilizan pantallas durante períodos prolongados, pero no existe una base científica suficiente para establecer que exactamente a partir de siete horas diarias se produzca un “adelgazamiento prematuro” de la corteza cerebral como consecuencia directa de las pantallas.
Además, el tiempo total de pantalla no es una variable homogénea. No es necesariamente equivalente pasar dos horas jugando un videojuego, asistir a una clase virtual, leer un libro electrónico, conversar con familiares mediante videollamada o desplazarse durante horas por contenidos diseñados para captar continuamente la atención.
La investigación contemporánea intenta precisamente diferenciar qué se consume, durante cuánto tiempo, con qué propósito, a qué edad y qué actividad está siendo desplazada.
Un estudio longitudinal que siguió durante cuatro años a niños del proyecto ABCD no encontró que el uso individual de medios digitales modificara el desarrollo de los volúmenes de la corteza o del estriado. Este resultado muestra por qué la relación entre pantallas y desarrollo cerebral no puede reducirse a una única conclusión.
El problema puede estar también en lo que las pantallas desplazan
Una de las hipótesis más importantes de la investigación científica no sostiene que la pantalla sea necesariamente un agente tóxico para el cerebro, sino que su uso excesivo puede desplazar experiencias fundamentales para el desarrollo infantil.
Dormir adecuadamente, practicar actividad física, jugar, conversar cara a cara, leer, explorar el entorno y mantener relaciones sociales son actividades que participan en el desarrollo cognitivo y emocional.
La Academia Estadounidense de Pediatría señala que el impacto del uso digital depende de factores como la edad, el contenido, el contexto y aquello que el uso de medios desplaza. Sus recomendaciones actuales para niños mayores y adolescentes favorecen planes familiares individualizados y priorizan el sueño, la actividad física, el aprendizaje, el juego y las relaciones sociales, en lugar de establecer una cifra universal para todas las edades.
Para niños de 2 a 5 años, la recomendación es generalmente de alrededor de una hora diaria de contenido de calidad; para mayores de 6 años, la AAP recomienda establecer límites individualizados que permitan mantener las actividades esenciales para la salud y el desarrollo.
El cerebro infantil todavía está madurando
La preocupación científica tiene una razón biológica. El cerebro humano continúa desarrollándose durante la adolescencia y la adultez temprana. Las regiones relacionadas con el control ejecutivo, la planificación y la regulación de impulsos experimentan importantes procesos de maduración durante esos años.
Sin embargo, afirmar que el cerebro termina de desarrollarse exactamente a los 25 o 28 años es una simplificación. No existe un día específico en el que el cerebro deje de desarrollarse. Diferentes regiones y circuitos alcanzan distintos niveles de maduración en diferentes momentos.
También debe corregirse otra afirmación frecuente en redes sociales: no está establecido científicamente que los receptores de dopamina de un niño “se reajusten en 90 días” después de reducir las pantallas. La dopamina participa en los circuitos de recompensa, pero la adaptación del cerebro es mucho más compleja que un cronómetro de 90 días.
¿Puede el cerebro recuperarse?
La respuesta científica más prudente es que el cerebro infantil posee una extraordinaria capacidad de adaptación denominada plasticidad cerebral. Las conexiones neuronales cambian en respuesta al aprendizaje, la experiencia, el entorno y el desarrollo.
Pero esto no significa que pueda afirmarse que cualquier modificación cerebral asociada con las pantallas desaparece exactamente después de tres meses. La investigación todavía intenta determinar cuáles cambios son transitorios, cuáles reflejan procesos normales de maduración y cuáles pueden mantenerse a largo plazo.
Por ello, reducir el tiempo de pantalla debe entenderse menos como una “desintoxicación cerebral” y más como una estrategia para recuperar un equilibrio saludable entre tecnología y otras experiencias fundamentales.
Cómo establecer límites sin convertirlos en una batalla
La evidencia disponible favorece un enfoque familiar y progresivo. En lugar de retirar abruptamente todos los dispositivos, los padres pueden establecer horarios previsibles, crear espacios libres de pantallas —especialmente durante las comidas y en los dormitorios— y evitar su utilización durante la hora previa al sueño.
También resulta importante que los adultos participen en el proceso. La Academia Estadounidense de Pediatría recomienda que los padres conozcan el contenido que consumen sus hijos, participen cuando sea posible y establezcan un plan familiar de uso de medios.
El objetivo no es demonizar la tecnología. Las pantallas también pueden servir para aprender, comunicarse, crear y acceder a información. El desafío consiste en impedir que el consumo digital termine desplazando el sueño, el movimiento, el aprendizaje, el juego y las relaciones humanas.
Una investigación que todavía está escribiendo sus conclusiones
Los estudios de neuroimagen han abierto una ventana extraordinaria para observar cómo cambia el cerebro durante la infancia y la adolescencia. El proyecto ABCD, con casi 12.000 participantes y 21 centros de investigación, constituye una de las mayores bases de datos longitudinales sobre desarrollo cerebral infantil disponibles.
Sus resultados justifican la preocupación por el uso excesivo y, especialmente, por el consumo digital que interfiere con el sueño, la actividad física, el aprendizaje y las relaciones sociales.
Pero la ciencia también exige prudencia: una asociación estadística no es lo mismo que causalidad. No existe evidencia suficiente para afirmar que siete horas de pantalla produzcan automáticamente un daño cerebral irreversible, ni que 90 días sean suficientes para “reiniciar” los receptores de dopamina.
La conclusión más sólida hasta ahora es más sencilla y, quizá, más útil: el cerebro infantil está en pleno desarrollo y necesita experiencias diversas. Las pantallas pueden formar parte de esa vida, pero no deberían convertirse en su actividad dominante.


