jueves, 12 de mayo del 2022
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Palabra por palabras: Poemas del Volcán del poeta hondureño, Livio Ramírez.

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Por Milson Salgado

Cuando uno se enfrenta a la obra poética de Livio Ramírez percibe desde el primer momento un universo estructurado en torno al mito presocrático del fuego como fuente de todo cuanto existe. Heráclito de Éfeso, quien profesó esa palmaria concepción sensorial del origen del cosmos, será considerado hasta el día de hoy como el padre de la dialéctica, cuyos elementos y nociones teóricas se han convertido en un sistema de interpretación de la realidad irrenunciable, para descifrar la evolución de la historia, y sus laberínticos derroteros.  

El poeta se perfila tomando partido de forma deliberada y consciente, como un profeta urbano de nuestros tiempos, que encandila la llama de la rebeldía prometeica para no dejarse arrebatar ese fuego, antes privilegio exclusivo de unos dioses vanidosos y hoy por hoy, monopolio de la fuerza de los Estados kantianos, para poner represas al fluir de la realidad: /La dialéctica agita sobre el mundo / Suma tu pecho al vasto, inmenso pecho. /Jura lealtad al fuego. / La vida te propone el más hermoso pacto.

Ante esta obra poética de Livio Ramírez urticante y en llama viva, uno atisba la experiencia del paréntesis de Edmund Husserl, esa operación por medio de la que se hace una supresión de la temporalidad anterior y posterior para frisar el instante, y traducirlo en una isla autónoma y atemporal, al más vivo uso de la epistemología como el ejercicio de la interacción simbólica en que el texto literario se trasmuta en realidad exterior, y es a la vez en ese otro sujeto que nos cuestiona desde el otro lado de su subjetividad objetivada en el libro-objeto.  / Hoy la poesía cierra sus puertas. El sol hunde su garra en la tristeza / El caracol se esconde en el relámpago.

Poeta Livio Ramírez en su juventud

La experiencia de la lectura es como el tiempo subjetivo de Bergson, que trascurre engolfándonos en sus trepidantes torbellinos, trasgrediendo la objetividad de las agujillas segunderas de los relojes del tiempo. Y flotando transido como en una alfombra de Zcherezade desde donde se contempla este universo simbólico y personal del poeta Livio Ramírez, transpuesto a este formato accesible de la palabra escrita como arma esencial de la cultura de la recuperación de la memoria, y de la deconstrucción de todos los dispositivos hegemónicos de la lingüística secuestrada: 

/Todo puede parecer que está muerto / Pero no / Yo siento este volcán de la gente / Y un día de estos las avenidas parecerán serpientes / Y amaneceremos con armas…/ no sabría decirlo, pero me consta / que algo de nosotros saldrá implacable ardiendo / que a nadie engañe este aire / solo es el principio de este incendio. 

Uno como sujeto al otro lado del artefacto libro, en realidad se siente surcar las mismas nubes vaporosas de la historia humana desde su génesis hasta la actualidad como un repaso intergeneracional que trasunta los eternos temas literarios que pasan por el tamiz de la experiencia de la religación amorosa, entroncada con el campo semántico del profundo conocimiento de histórica tradición de los relatos míticos de la creación : descendientes del fuego / los amantes son niños salvajes / ferocísimos seres que no atacan a nadie / descendientes del fuego no miran / no tienen sentido de la distancia / se precipitan en sí mismos / de ceguera y fulgor están armados.

Y la asunción de una ontología cultural diseñada por una experiencia especial de circunstancia geográfica, y de diseño selecto de un espíritu mayor, superior, maduro, equilibrado de un poeta nacional que ha estado en el momento, y a la hora exacta para nutrir su acervo con el peso de una metrópolis contemporánea, que nació paradójicamente desde el fragor nada bucólico de la reivindicación de la tierra en el campo, y que apuntaló como lo asegura Paz en el Laberinto de la Soledad en el “paraíso recobrado” de Emiliano Zapata, a una revolución mexicana que le otorgó función social a la tierra y enriqueció el curso de las utopías mundiales y democráticas con la Constitución de Querétaro, mucho más vanguardista que la de Weimar; y el poeta Livio Ramírez ha coincidido para fortuna nuestra con eventos trascendentales de la misma historia de los hombres del bando vencido, y su permanente anhelo, jamás derrotado de redención, en el epicentro mismo de un fenómeno cultural que como el punto eje de Jasper, volvió transversal la acción de la rebeldía mundial en el México de Tlatelolco, en el Mayo Francés, en la Primavera de Praga, en el Festival de Woodstock de New York, y en la Revolución Cultural o Swinguin London en Inglaterra, frente a la imposición de las “epistemes” elitistas, y de un esfuerzo oficial por cercenar el espíritu de la reflexión y de la crítica frente a la institución pétrea del discurso dominante del padre, y la consagración de la jerarquía frente al diseño en masa del hombre unidimensional de Marcuse.  

El poeta Livio Ramírez es un testigo calificado de Tlatelolco, un hondureño hundido en ese pantano de intrincadas redes que se tejieron, para enhebrar uno de los capítulos más sórdidos de historia universal de la infamia, que causará vergüenza silenciosa y no asumida a lo largo de todo este tiempo, a las élites de la oligarquía mexicana, dueñas de una consubstancial chatura mental y espiritual, en la que más que razones y sentimientos de culpa han desplegado con artificiosas maquinaciones de bibliografías falseadas y montajes de textos intercalados, el velo impermeable de un silencio por lo demás pérfido y cínico que pervive simultáneamente a la par del discurrir de un espíritu indómito, que con el lenguaje de los ojos como espejuelos donde se refracta el amor contenido, vulnerado en el aguijón de su inocencia por la artera impiedad de una bala asesina ha pronunciado un “basta” libertario, recurriendo a la voz instrumental del poeta: “No nos olviden”, “Véngame” en los preciosos momentos en que la historia necesita aceitar sus rines y echar a andar sus ruedas para transitar hacia esos estadios humanos cualitativos: Bajo la noche funeral / Los jóvenes masacrados seguían temblando / Todos tenían en los ojos / Más o menos el mismo recado. 

El “yo” del lector se posiciona en terreno envenenado de metáforas mortíferas que a nadie dejan indiferente, de versos encadenados con significados autónomos y compuestos con el escoplo exacto de la más típica técnica de la palabra certera del conceptismo de Quevedo o de sonetos encadenados en el corsé de la exactitud, y el eco por lo demás afortunado de Gonzalo Berceo: Escribo, borro, anoto en carne viva / Sin poder evitarlo. Francamente. / La vida es invasión, la vida escribe / Sobre nosotros, larga, intensamente.

El poeta Livio Ramírez es consciente que Honduras recién entró al siglo XX en el siglo XXI, y el poema o es cosmopolita o no es siglo XX o es bucólico y es siglo XIX. Por eso en una posición vulnerable ante el desbordado volcán lírico de este “Yellowstone” inmarcesible, que se precipita indómito como una manada de olas de fuegos incanscendentes sobre nuestros espíritus famélicos de cultura, encima de nuestra epidermis light de lecturas ligeras, en el núcleo mismo de una expectativa defraudada por un tradición poética anclada en el aplauso fugaz, en las cagaditas de colibrí como peces anémicos de Mellutis B, frente al verdadero y auténtico sentido de lo lacónico, de lo certero, de la densidad afilada como flamígera espada que deja sin oportunidad a gigantes de pies de estuco, y miradas bucólicas ancladas en un anacronismo poético fruto de generaciones irresponsables, que no embistieron al toro con la sagacidad de la metáfora descarnada, y le tuvieron miedo a sus cuernos de lidia, sin antes haber asaltado la plaza pública de la ebullición vanguardista, que hasta esta presente hora, desfila por las pasarelas de nuestra tradición poética anquilosada, enfundada en un falso ropaje de postmodernismo baratario, nieto de ese discurso dominante, que como bobalicones solemos asumir acríticamente. 

Cuando América descollaba con el Dios Altazor en Chile, y Europa se incendiaba de surrealismo, futurismo, cubismo, y Dadaísmo, Honduras seguía apestando a José Ángel Buesa, Juan Manuel Peza y José María Pemán. Emperifolladas señoras de la rancia aristocracia de la antañona Tegucigalpa torturaban los versos labrados en el siglo XIX romántico, y masacraban a la poesía con sus guturales y roncas declamaciones vomitivas: Puntuales, solemnísimos, / vestidos con trajes de ocasión, / posan ante su tumba los implacables enemigos de la poesía. Pero siendo la ciudad el ethos del fenómeno literario en el siglo XX, con una nueva filosofía cosmopolita de las pasarelas y las modas, de los espacios públicos, de los cafés, del refinamiento burgués, de la taberna, de la liviandad de las costumbres, de la voluptuosidad, y de la acumulación, la ciudad nacida en México bajo el fragor del positivismo europeo orientado por la díada “Orden y Progreso”. Para el poeta Livio Ramírez esta ciudad que pasa por la visión imaginaria del Distrito Federal y Tegucigalpa, siempre es un tema emparentado con la violencia simbólica del poder, con el ejercicio de las resistencias históricas, con la artificiosidad de las metrópolis donde el amor es la única alternativa a esta barbarie, y a esa monstruosa maquinaria. “El amor limita con las alimañas”. En otro poema la ciudad corta de tajo cualquier boceto de ensoñación: “Ciudad que trituraste mis sueños”. “Hasta mañana ciudad, Ciudades. Buenas noches. Amado mundo podrido”. De la ciudad solo se salva como una especie de selección de Arca de Noé, la eterna Alejandra que “Dibuja Ángeles en la piel del espanto” y Kerenia cuya voz en el Jazz “se inventará durante el espectáculo”. Y Claudia que: “a beber luz entre sus manos bajan los desolados unicornios” y los amorosos “Que sueñan donde dice prohibido”. 

El poeta percibe como una condena la instauración del mundo de Intramuros, y sabe que inopinadamente es ciudadano de esta cosmopolis, pero una sobria manera de librarse de esta ciudadanía legal y prosaica es entender con Paul Ricoer que el leguaje es una metáfora y una lírica fosilizada, y la ruindad de un mundo que se precipita con su infinita barbarie de lugares comunes, clichés, estereotipos, campos semánticos pervertidos y de exterminio profiláctico, solo puede ser conjurado con el velo protector de ese crucifijo, con ese Magníficat de la: “Poesía como único documento legal que poseo… Mi código de fuego. Arma para vivir”.   

Sin embargo, una institución tan ligada al mundo privado de las alcobas como: “La Habitación” nos persuade sobre el sentido último que tiene para el poeta Livio Ramírez esa relación Ciudad-Odio. En la ciudad hay impostura. Hay teatro. Nada es espontáneo: Erguida / sobre todas las máscaras del mundo, / uliminada por ti misma, / cantas, / solo cubierta por tu desnudez. La habitación-intimidad o casa abordada en la poética de Rilke, Henri Bosco, Joé Bousquet, y Paul Claudel, es el lugar privilegiado para el poeta Livio Ramírez, donde el sujeto se despoja de todas las máscaras que ha tenido que enfundarse para sobrevivir en ella.  Hay una lucidez terriblemente profunda en esta visión filosófica de la poética del espacio y la convivencia social, puesto que la moral, el urbanismo social, el superego son monturas artificiosas que velan la esencialidad al verdadero “ser”. De ahí, que el “ser” solo es auténtico en su desnudez y en su privacidad. Por ello, desde luego, el sentido de las prohibiciones, de los tabúes y de las vidas paralelas. Hay una desmesurada sobriedad refinada en la poesía del poeta Livio Ramírez, y es que el poeta ha entendido que el gracejo de imágenes cargadas incomunica a fuerza de pretender sorprender. El poeta reconoce el destino común de la humanidad, por eso reivindica lo colectivo, y rehúye de las atomizaciones que debilitan “Que importa esta cara de mártir barato… corro sobre mis huesos hasta llegar aquí donde el dolor de todos arde como fuera como un mar brutalmente humano“. En “Muerdo mi propia sangre” la construcción de la identidad personal se subordina a una faena permanente de escepticismo. Para construir al “ser” los verdaderos enemigos son los dogmas que encierran el espíritu en verdades irrevocables. Para el poeta Livio quien no se juega el pellejo, quien no da saltos mortales a ciegas sobre el abismo infinito no puede ser llamado hombre. En su poesía los Elefantes son ángeles hermosamente inocentes, y los amantes alicaídos pueden refugiarse en el regazo tibios de los pechos de una estatua. 

Livio fue amigo entrañable de Alejandro Cendejas, nombre oficial del seudónimo “Mario Santiago”, este iconoclasta y excéntrico poeta atormentado, y vital hasta la médula, actualmente rescatado por la selectiva memoria poética mexicana, quien fue el mejor amigo del inmortal narrador chileno Roberto Bolaño. Con Mario Santiago, Livio Ramírez se tomaba un buen “Santo Tomas”, profano numen del infierno etílico para su nominal santería, y compartían sus grandes sueños y anhelos juveniles en un corto apartamento de México D.F, donde tenía cabida la hermandad fraterna, la conmoción ante experiencia espiritual de la poesía y sus grandes obsesiones existenciales frente aquel México herido de salvaje garra marcial, pero transido de una utopía militante, y bullente que dejaba testimonio de su permanente compromiso con la esperanza histórica. 

Leer la obra del poeta Livio Ramírez es salir de la experiencia trastornados de belleza, con el deseo de ser mejores hombres, cargando con un sentimiento de culpa, el cadáver ignominioso de nuestras omisiones y mezquindades en nuestro eterno papel de espectadores. No cabe duda que la lectura seria, sosegada, reflexiva y crítica de esta obra que no dejará indiferente a ningún lector avisado, y me atrevo a presagiar que como alelados contemplaremos como la tradición del verso libre, del soneto, de la prosa, y ese ritmo que crece con notas musicales ascendentes, y con cambios de scherzos, y pausas deliberadas, está arrimando sus pasos al panteón desde ya consagrado a los nuevos dioses del parnaso, estos que pese a que son leyendas, palpitan de vida, y están en el aquí y ahora “at et nunc” e interactúan en este presente llevándose entre sus manos la responsabilidad de tantas generaciones que los han convertido en profetas de la palabra. 

Cuando se lee a este Livio Ramírez transformado, la presencia del profeta Amós se siente como una fuerza telúrica que interroga, que causa un escozor radical hacia la mojigatería moral, y el pecado estructural que se instaura en el núcleo mismo de las sociedades diseñadas para la práctica de la injusticia social. Las palabras en Livio Ramírez no son inocentes ganchos garabateados que se organizan sistemáticamente para encontrar analogías, para encontrar aproximaciones asíntotas, las palabras para el poeta Livio se hacen carne viva, portan material óseo, nervios, músculos, y conducen a la acción y al compromiso. Esta poesía fuego, esta lírica ígnea, incandescente que se enciende y llamea en su más superlativa pulcritud, semeja a un estallido de estrellas cósmicas, al parto de una nueva galaxia simbólica, autónoma, con su propio espacio de sentido semántico y de resignificaciones del ethos, con una fuerza “Elan vital”, de epifanía paroxística, de paráclito indomable, y sobre todo, que todo este discurso labrado a lo largo de su trayectoria, ha posibilitado bajo la intermediación de la obra del poeta Livio Ramírez la consagración de la poesía hondureña que se posiciona con él en el mismo nivel de los clásicos de la literatura universal.

Livio Ramírez sostiene en sus manos «El principio del incendio», la antología del Festival Internacional de Poesía de Los Confines en su quinta edición. Ramírez es una de las voces más importante de la literatura hondureña contemporánea, el Festival de Ls Confines le ha rendido homenaje a su vida y obra en su más reciente edición. Gracias, Lempira, 15 de octubre de 2021. Foto: Daniela Lozano.

El poeta Livio Ramírez ha sido publicado en: “El Tucan de Virginia”, una de las mejores editoriales especializadas en poesía en el mundo, así lo ha afirmado “The Guardian” este prestigioso diario inglés, y es lógico que así lo sea, pues allí han sido editadas las colecciones de poesía universal de T.S. Elliot, Ramón López Velarde, Williams Butler Yeats, Gerard de Nerval, Robert Frost, Marco Antonio Campos, Leopoldo Lugones, Stephane Mallarmé y Paul Valéry.

La faceta de Livio Ramírez como interlocutor válido en el cosmos poético mexicano no es ajena a esta su obra que ha estado nutrida de la convivencia con poetas de la catadura de Pablo Neruda y Nicolás Guillen, a quienes recibió con un discurso de bienvenida en la Universidad Nacional Autónoma de México, siendo entre tantos, el adelantado estudiante hondureño quien ganó a pulso a su protagonistas en terreno ajeno; y las convivencia artística y multidisciplinaria con el narrador Juan José Arreola, el muralista David Álvaro Siqueiros, el traductor de la obra “El Capital” Wenceslao Roces, el premio “Casa de las Américas” Juan Bañuelos, el irremplazable narrador Juan Rulfo, y el poeta español Rafael Alberti.  Todas estas interacciones dialécticas han apuntalado su pluma, y le han otorgado iluminación y confianza, para crear una obra que a la fecha ha adquirido una dimensión de consagración universal. En ello reside el sentido de lo dialéctico en cualquier clase de relación humana, instaurada en un ethos especial, precisamente en la dimensión del compartir, del disentir, del fluir, de la admiración, de la ida y retorno de saberes y epistemes que crean afortunados legados de capitales simbólicos que enriquecen la cosmovisión del poeta.

Saludamos con banderas de selecta emoción el arribo del poeta Livio Ramírez a ese mundo-espacio privilegiado de la poesía universal, donde brilla e ilumina este fuego poético iridiscente, una de las más grandes fortunas para una patria que ha deambulado en los vaivenes de su fatídica historia con luz y voz apagada o alquilada a la oficialidad de discursos sombríos.  

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Milson Salgado
Analista y escritor hondureño, abogado y filósofo; colaborador y columnista de ContraPunto
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