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lunes, 18 de octubre del 2021

Otra visión del romanticismo

A menudo nuestras opiniones se asientan en lugares comunes o en el estado en que se hallaba el conocimiento sobre ciertos temas en nuestra etapa de formación. Es lo que sucede cuando juzgamos ahora el romanticismo: que partimos de tópicos o de enfoques ya envejecidos.

El sábado por la noche, en una interesante cena de semana santa, saltamos de los comentarios sobre los hábitos alimenticios de los peces a opinar sobre la mimesis en la pintura europea del siglo XIX. Alejandro, que presumí­a de saber mucho acerca del asunto, dejo caer esta frase lapidaria: “el romanticismo era una mentira”.

Su frase encaja con cierta visión tópica que reduce el arte romántico a una especie de idealización alienada. Hay un romanticismo light, por supuesto, pero la existencia de un arte romántico que siente predilección por los abismos (Caspar David Friedrich) o las tormentas y las lejaní­as (Turner), obliga a que seamos cautelosos con las generalizaciones.

Los románticos le abrieron la puerta a los temas turbadores en la pintura. Sin renegar de las armoní­as cordiales, las dotaron de abismos. Sin expulsar a la belleza, le abrieron la puerta a lo grotesco. Esa ampliación de la paleta abrió la posibilidad del crudo naturalismo. El romanticismo dignificó estéticamente las rupturas de “la armoní­a”. Tales violaciones de lo bello ya tení­an su nicho genérico en el pasado del arte europeo, pero ocupaban un lugar humilde en la escala jerárquica de los géneros. Ciertos románticos, sin embargo, elevaron lo feo, lo turbador, lo popular y lo terrible a la misma altura que las aristocráticas bellezas.

Los nativistas dogmáticos podrí­an acusarme de etnocentrismo por situar mi discurso en el plano del arte europeo, pero el problema con dichos nativistas es que ignoran los antecedentes románticos de sus propias perspectivas. Y es que el romanticismo no fue solo una estética que cuestionó las reglas y un canon de pretensiones universales y ahistóricas, también supuso un rechazo a los efectos devastadores del progreso y una reivindicación de las culturas populares y primitivas. Cuando los vanguardistas europeos destacaron la belleza de las máscaras africanas, el suyo fue un gesto de raí­ces románticas. Cuando Diego Rivera conjugó ciertas vertientes del arte europeo con la historia y las estéticas populares y precolombinas de México, el suyo fue un gesto romántico. Nuestros Salarrué, José Mejí­a Vides y Camilo Minero, en tanto que seguidores salvadoreños de la poética nacionalista mexicana, también son figuras de estirpe romántica.

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