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martes, 30 de noviembre del 2021

Oscar Arnulfo Romero, del cielo y de la tierra

La columna que a continuación aparece, es una que escribí­ el 2014, cuando se supo del inicio del proceso de beatificación de Mons Romero. Hoy la republico porque tras conocerse sobre su santificación, reflexiono que mi visión sigue intacta, pero el paí­s nuestro está igual o peor que en 2014.

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La noticia era quizá un secreto a voces: mañana, pasado, a finales de este mismo año o el entrante, Óscar Arnulfo Romero serí­a beatificado por el papa Francisco. Le guste a quien le guste y le disguste a quien le disguste. Pero el renombrado teólogo de la Liberación, el jesuita Jon Sobrino, hispano-salvadoreño, informó el jueves pasado, por medio de un escrito en la web de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA), de San Salvador, que Romero será beatificado el año entrante, sin que se sepa el dí­a y el lugar y sin que haya una nota oficial del asunto que nos atañe a quienes vemos en Romero el sí­mbolo del futuro El Salvador.

“Nos ha llegado la noticia de imprevisto. En la reunión del clero (local) del 4 de noviembre, monseñor José Luis Escobar (actual Arzobispo de San Salvador) dijo que, en su estancia en Roma, el papa Francisco le comunicó que monseñor Óscar Romero será beatificado el año entrante. El arzobispo (Escobar) no dio detalles sobre la fecha y el lugar. Pero la noticia ya ha llenado de alegrí­a”, escribió Sobrino en un boletí­n de la UCA.

Nadie ha desmentido a Sobrino, como ha circulado en las redes sociales; lo que es claro es que no hay dí­a exacto ni lugar de la beatificación, así­ como tampoco un papel oficial del papa, que dicho sea de paso, Francisco no es tan oficial como sus antecesores. ¡Por suerte! Y creo que así­ debió ser Jesús, sin agenda ni muchos cronogramas… Eso sí­: norte, voluntad y perspectiva.

El que será beatificado por el Vaticano fue asesinado el 24 de marzo de 1980 cuando ofrecí­a una misa en el Hospital para cancerosos “La Divina Providencia”, de San Salvador. Una bala explosiva le hizo estallar el corazón y fue disparada por un francotirador cuya identidad aún no se conoce; sólo se sabe por investigaciones nacionales e internacionales que recibió órdenes de un escuadrón de la muerte de ultraderecha que comandaba el mayor de inteligencia Roberto D´Aubuisson Arrieta, ya fallecido. Nunca D´Aubuisson fue procesado por el magnicidio. Algunos estudiosos del conflicto salvadoreño o de la guerra civil, consideran el asesinato del Arzobispo Romero, como el punto culminante del estallido de la confrontación armada que se gestaba desde 1970.

Tengo una breve historia al respecto: Yo viví­a en Cuba y ya colaboraba con la guerrilla que comandaba Salvador Cayetano Carpio, es decir, las FPL. Fui yo quien le entregó al Comandante Marcial un fajo de cables informativos de varias agencias internacionales que habí­a recogido en Prensa Latina y en Radio Reloj (de La Habana)… Carpio ó Marcial, como le decí­amos, leyó dos o tres cables y debajo de sus lentes “culos de botellas” corrieron hilitos de lágrimas. Sólo dijo: “Esto ya no tiene arreglo…” No recuerdo más, pero la guerra estalló pronto y culminó 12 años después.

Quienes asesinaron a Romero sabí­an lo que hací­an.

Hoy la beatificación de Romero tiene desde mi punto de vista varias lecturas y simbologí­as: El Salvador logró parar la guerra hace más de 20 años, pero no nos hemos reconciliado. Tenemos que reconciliarnos: los unos pedir perdón y los otros perdonar. Y poner los diques para que otra guerra igual no estalle.

El otro sí­mbolo es cerrar el ciclo de las causas generadoras de injusticia, que fueron las causas de la guerra. Basta de exclusión y de tanta pobreza en El Salvador, paí­s en el que unos comen exquisiteces importadas y los demás comen mierda.

El tercer sí­mbolo es la reivindicación de todos aquellos que han sido constructores de la nueva sociedad, con Romero a la cabeza, pero sin olvidarnos de Ignacio Ellacurí­a, de Mauricio Borgonovo, de Roque Dalton, de Febe Elizabeth Velázquez, de Roberto Poma y de Antonio Cardenal, entre otros.

Romero, en el cielo y en la tierra nos empuja a esa nueva perspectiva. Sin ella es mejor que le cambiemos de nombre al paí­s por algo así­ como Mato Groso desforestado y habitado por alimañas resistentes a la guerra nuclear.

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