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viernes, 14 de mayo del 2021

Odio al periodismo y amor a los medios

Existe una especie de relación amor odio respecto a la prensa por parte del poder. No solo ocurre en El Salvador, también pasa en otros países. No es reciente en El Salvador, ha sido una práctica constante, sin importar el signo ideológico o lo que asuman como bandera.

Tal fenómeno se manifiesta en que los líderes populistas adoran a los medios, pero odian el ejercicio periodístico. Se podría establecer un paralelo con un  hecho de la historia reciente de El Salvador: las muestras de ese odio fueron claramente manifestadas a cuatro periodistas holandeses que en marzo de 1982 habían llegado para cubrir el ambiente del país previo a la elección de Asamblea Constituyente. En una reconstrucción de un citatorio en la Policía de Hacienda citado  en el libro La Emboscada, el coronel Francisco Antonio Morán dijo que estaba “en contra de los informadores que simpatizan con la subversión”. Seis días después, el 17de marzo, los periodistas fueron masacrados junto a miembros de la entonces guerrilla del FMLN.

Volviendo al fenómeno del amor-odio. El amor a los medios es el mismo por la provocación, el escándalo, lo que suene impactante, todo aquello que exacerbe sentimientos de rechazo, animadversión a los opositores (quienes a su vez generalmente están desacreditados y cometen actos que empeoran su imagen). Ese amor a los medios se eleva con las ventajas que brinda Internet. Dan la sensación de omnipresencia, se convierten en el centro de la conversación, dominan la agenda.

¿Y cómo se manifiesta el odio? El odio al ejercicio periodístico es el mismo que sienten contra el escrutinio público, y asuntos propios de buen gobierno como la rendición de cuentas, contra fuentes de información que no sean ellos mismos. Como recursos adicionales figura la desacreditación de publicaciones que han observado y verificado datos que contradicen las propias cifras oficiales.

Ese escenario estimula la lógica de la permanente polarización, que no abona a la sana discusión de ideas y que coloca al país en permanente campaña por buscar votos. Así, hay aliados y hay adversarios. Los datos cuentan al ser necesarios para desacreditar a los opositores. El lío es que no son vistos como tales, sino como enemigos; estos a su vez promueven agendas que nunca antes habían sido de su interés, por ejemplo.

Los seguidores del líder activan sus mecanismos en redes sociales para desacreditar las noticias. No hay espacio para la  verificación, el contraste. Muchos retoman como nuevas, frases que en los años setentas eran una consigna: romper el cerco informativo.

La crítica no es mala. Al contrario, es sana para el debate democrático, y debería sentar bases para la autocrítica. Lo nocivo es cuando algunos mandatarios descalifican el rol del periodismo y usan expresiones paternalistas como hay que “portarse bien”, “ser objetivos”. El efecto amplificador de este tipo de expresiones suele ser dañino, porque se asume como normal agredir a medios, a periodistas y potenciar solo aquello que beneficia su causa.

¿Qué hacer desde el periodismo? las buenas prácticas periodísticas se reflejan en la calidad de contenidos y su adecuado manejo para informar con honestidad sobre los acontecimientos, lo que permite a la audiencia formarse criterios que permitan comprender el suceso, e interactuar con otros lectores con opiniones basadas en argumentos. El problema es que eso es lo que menos hay, porque  predominan constantes enfrentamientos contra ciertos medios, a los que se estigmatiza.

Da paso a intimidaciones, amenazas, o actos concretos como el uso de la publicidad oficial como castigo por coberturas o líneas editoriales. La exclusión de medios en el acto en que se anunció la Comisión Contra la Impunidad, motivó un llamado del Relator de Libertad de Expresión de OEA Edison Lanza, cuando dijo que “los Gobiernos deberían ser neutrales frente a línea editorial de los medios.”  

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