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lunes, 10 de mayo del 2021

Ni jesuitas ni nacidas en España

Para quien no lo conoce o no haya escuchado nada de él, Inocente Orlando Montano es un coronel de la Fuerza Armada de El Salvador (FAES) en situación de retiro, integrante de la promoción egresada de la Escuela Militar en 1966, más conocida como “La tandona”. Desde el 1 de junio de 1989 desempeñó el cargo de viceministro de Seguridad Pública para luego pasar, el 2 de marzo de 1992, al servicio exterior como agregado de defensa. No terminó, pues, de participar en el quinquenio presidencial de Alfredo Cristiani. Eso sí, terminó en la cárcel; primero en territorio estadounidense y luego en España, adonde fue extraditado el 29 de noviembre del 2017.

¿Por qué fue a parar a ese país? Porque la Audiencia Nacional, en el ejercicio de la jurisdicción universal, lo reclamaba como uno de los tantos imputados responsables de la matanza ocurrida el 16 de noviembre de 1989 dentro de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). En la madrugada de ese día fueron ejecutados salvajemente seis sacerdotes pertenecientes a la Compañía de Jesús; por ello, casi generalizadamente se habla del “caso jesuitas”.

Yo prefiero nombrar ese evento deleznable como la masacre en la UCA, porque además de ellos fueron inmoladas Julia Elba Ramos y su adolescente hija Celina Mariset; la primera era cocinera en el teologado de la Compañía de Jesús y la segunda estudiaba bachillerato comercial. Aquellos –sobre todo Ignacio Ellacuría‒ han sido objeto de innumerables reconocimientos, pero por lo regular ellas ni siquiera son mencionadas cuando se habla de los hechos criminales en los cuales fallecieron acribilladas.

En el mejor de los casos, son echadas en la cuenta cuando mencionan las ocho personas ejecutadas en dicho campus. No siempre con sus nombres; es raro que los citen. Lo común es que se refieran a ellas como la “cocinera y su hija”, las “dos empleadas” o “sus colaboradoras”; lo que se acostumbra hacer, cuando son evocadas con nombres y apellidos, es que vayan incluidas al final del listado.

El colmo de los colmos tuvo lugar cuando, el 16 de noviembre del 2009, Mauricio Funes homenajeo a los curas de quienes se autoproclamó su “discípulo”. “Poner en las manos de los familiares y compañeros” de estos “el mayor reconocimiento que concede este país, como es la Orden José Matías Delgado, significa, para mí, retirar un velo espeso de oscuridad y mentiras para dejar entrar la luz de la justicia y la verdad”. Eso dijo. Más allá de la demagogia destilada en esta formulación inicial y en el resto del discurso ‒recordemos que cuando llegaron a El Salvador las órdenes de captura internacional de los militares involucrados, él los “resguardó”‒ hay que considerar dos cuestiones censurables. No hubo condecoraciones ni pergaminos para las dos mujeres cuyo esposo y padre, Obdulio, murió esencialmente de tristeza en 1994.

¿Por qué debió Funes hacerlo? La respuesta la escribió don Pedro Casaldáliga y es esta: “Si en algo sirve, a Dios gracias por este pueblo de tantos Obdulios, Elbas, Celinas –el verdadero El Salvador– que juntos cuidan las rosas de nuestra liberación”. Ellas y él eran la cara doliente de la opresión y la después traicionada lucha esperanzadora para su superación; por eso, en medio de su verborrea, quedó debiéndoles ese debido gesto. A lo anterior, agréguese que de las 1018 palabras pronunciadas en su discurso solamente 39 tenían que ver con Julia Elba y Celina Mariset, obviamente etiquetándolas como “colaboradoras”; no como emblemáticas figuras de nuestros “pueblos crucificados”, a los que siempre aludido el teólogo Jon Sobrino.

¿Qué tiene que ver todo eso con lo que actualmente ocurre allá en España? Pues permítanme recordar que el 23 de diciembre del 2003, la Sala de lo Constitucional nos cerró las puertas a la posibilidad de lograr entonces justicia en el sistema interno. Debido a eso, no nos quedó más que tocar las de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y de la Audiencia Nacional. Esta última posibilidad la comenzamos a conversar con Almudena Bernabéu, entrañable colega y amiga, en el 2004. Pese a que la UCA decidió no participar, personalmente decidí trabajar ese esfuerzo.

¿Mis razones? Lograr lo que está a punto de lograrse con el coronel Montano: establecer la verdad judicial junto a su condena y –por tanto– la condena histórica, moral y política de todos aquellos que participaron en esa conspiración criminal. ¿Para qué? Para que esto ponga contra la pared al sistema de justicia salvadoreña y al igual que ocurrió con la captura del “paciente inglés”, el sátrapa Augusto Pinochet, impacte positivamente en el mismo derramando verdad y justicia para Julia Elba y Celina Mariset que no eran jesuitas ni nacieron en España.

La segunda razón tiene que ver con algo que me ocurrió hace ya bastantes años. En un programa radial cuyo tema era precisamente el de la masacre en la UCA y la lucha por vencer la impunidad, llamó una señora madre de hijos asesinados y esposa de un desaparecido. En síntesis, me dijo: “Sigan adelante. Si lo logran, yo sentiré que a mí también me han hecho justicia”.

Benjamín Cuéllar
Benjamín Cuéllar
Salvadoreño, Fundador del Laboratorio de Investigación y Acción Social contra la Impunidad, así como de Víctimas Demandantes (VIDAS). Columnista de ContraPunto

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