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martes, 03 de agosto del 2021

Migración: Responsabilidades compartidas

En Centroamérica siempre existieron pobres. Aunque el origen de la pobreza también era injusto antes, al menos permití­a ciertas oportunidades: quien se esforzaba o estudiaba lograba superar las condiciones en las que habí­a nacido.

Cuando eso empezó a perderse inició la emigración hacia el norte. Primero lo hicieron por cuentagotas porque perdieron o no encontraron trabajo. Luego emigraron quienes perdieron sus tierras, o porque ellas se deterioraron. Más recientemente porque se cansaron que cada tres meses los contrataran o despidieran en las maquilas, y que al llegar a cierta edad dejaran de emplearlos. O porque con la miseria creció la delincuencia hasta volverse insoportable. Y entonces el flujo se disparó. La desintegración familiar que eso produjo retroalimentó a la delincuencia y a la emigración.

También se van las capas medias, cansadas de pagar servicios privados porque los del Estado son de mala calidad, lo que mina su frágil presupuesto y les impide enfrentar cualquier gasto imprevisto o emergencia. O para escapar de arbitrariedades en su empleo, pues la balanza de la ley está distorsionada. O porque son inteligentes e informados, y saben que enfrentan una situación injusta.

El dinero que todos ellos enví­an a sus familiares es mostrado por los polí­ticos locales como si fuese su logro: “No se preocupen, la economí­a está bajo control. Con las remesas compensaremos cualquier desbalance económico del paí­s…”

Pero es fruto de aquellos que no fueron mutilados por “la Bestia”, por los que aceptan empleos que nadie quiere, por los que confunden con delincuentes por el color de su piel.

Quienes ya no quieren dejarlos entrar al norte olvidan que a estos paí­ses les impusieron desbalances comerciales y Tratados que contribuyen  a generar esa pobreza; también que en estos paí­ses sostuvieron en el poder a camarillas militares y a elites que jamás hubieran podido existir en el norte, pero que acá establecieron economí­as frankestenianas que no pueden llamarse capitalistas, amparándose en instituciones débiles y en aparatos jurí­dicos moldeables  a sus intereses egoí­stas.

¿Estamos exentos de responsabilidad? ¡No!

Si las elites continúan sin comprender que la pobreza de la mayorí­a no conviene ni a ellas mismas  -pues les limita el número de consumidores-, habrá que hacer uso de la ley para electoralmente desplazarlas del poder. Pero también debe asumirse que la mayor parte de fuerzas de oposición que han llegado al gobierno en Latinoamérica no han mostrado diferencias significativas ni en ética ni en efectividad administrativa con sus predecesoras. A pesar del cambio, pueblo y capas medias continúan enfrentando dificultades socioeconómicas que continúan dejándoles la emigración como única salida de progreso.

Estos paí­ses deben sobreponerse con inteligencia al aparato con lo que legal pero ilegí­timamente se administra la economí­a, las relaciones sociales, la polí­tica y las elecciones. Debe establecerse una banca que realmente –y no mercadológicamente- dé oportunidades reales a los emprendedores para impulsar su propio desarrollo, y con ello el nacional.

Pero sobre todo: el cambio debe venir con verdadera ética, para marcar una diferencia real.

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