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martes, 26 de octubre del 2021

Microbús Científico

"Reducir lo humano a la ciencia consiste en negar “las dos mitades de la vida”, enemigas en su complemento activo. Tal es el reduccionismo cientificista que evade todo debate serio": Rafael Lara.

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Por: Rafael Lara-Martínez


Universidad de Cuzcatlán en Aztlán

[email protected]

https://nmt.academia.edu/RLaraMartinez

Desde Comala siempre…


Una obra de arte (una teoría científica) sólo puede parecerle una obra de la naturaleza al más inculto de los espectadores…”:   Goethe

Es extraño vivir en un mundo moldeado por la técnica.  Hasta el alma y la vida íntima las regula la pericia aritmética.  Ahora los sentimientos son dígitos; el amor, un algoritmo.  Eso me enseñan los rumores.  A menudo escucho conversaciones que me provocan estupor y desdén.  Pero es inevitable al transcurrir a diario tres horas en el encierro de un microbús, entre la casa y el trabajo. 

Casi todo el trayecto sucede en línea recta, constante y aburrida, sin tráfico que lo interrumpa, salvo un animal o figura legendaria ahora inverosímil.  Aquí lo único real es la fórmula matemática.  Aquí lo único real lo ofrecen los problemas de ingeniería y diseño.  Los del deporte, la caza, el clima y demás temas técnicos de interés social.  Por eso de que “llueve en tu casa, no en la mía.  Cae media pulgada más de nieve en la tuya que en la mía”.  Se organiza la discusión seria que quebranta la unidad del grupo.

—Como los cables del condensador los colocaron al revés, pasé el día de ayer en el techo plano de casa.  Tuve que invertirlos para instalar una nueva extensión.  Jajajajajá. 

La risa siempre establece una transición.  “You know”.  Al hacerlo de manera conjunta, las amistades se sueldan en la complicidad de la anécdota.  Ese signo de puntuación marca el consentimiento y aprueba la verdad de los hechos narrados.  Entre más se repita —“you know”— la amistad aumenta como si la espuma desbordara en brindis.  Chinchinean los vasos que deleitan los paladares ansiosos de “ice cold beer”.  En el tabú por “liabilities”. 

—Jajajajajá, estuve horas en el techo, reparando esos cables bajo el sol, a unos cien grados, sudando, idiotas de electricistas, ¿te apuesto a qué tú no?, Jajajajajá. 

—Yo no, me la pasé todo el domingo, frente a la tele.  No sabes lo que te perdiste.  Jajajajajá, un partido de fut sensacional.  Carrera y gol al último minuto.  ¡Lleno de gente!  Casi nunca visto.  Y tú en el techo trabajando.  Jajajajajá. 

Y yo mismo, a la escucha en el silencio, pues de nada sirve hablar ya que la discusión nunca rebasaría asuntos que considero triviales.  Para ellos vitales.  El mundo se debate entre ese doble dilema del cruce de cables a enderezar y la carrera certera con el balón ovalado bajo el brazo hasta alcanzar la meta, la ovación general.  “En el toque pa’bajo”, “you know”.  Pero el progreso de la ingeniería y de la ciencia se empeña en remacharlos hasta el cansancio.  Son metáforas de su logro.  Eso dicen sus practicantes, casi sólo hombres, quienes detentan la verdad.  Tan presente que desdeña el futuro inmediato.  La vida misma en su presencia.  Jajajajajá. 

*****

Así se roban el microbús dos veces seguidas, en el mismo sitio, por el descuido de una fórmula.  El neto desdén de estacionarlo ahí, a sabiendas que  desmantelan otros vehículos.  Por estos lares, los ladrones son más provisores que los científicos.  Ejercen una mayor vigilancia, en el intento de sobrevivir y vender las partes en las hueseras de vehículos.  Su ingenio supera la ingeniería.  Acaso también los logros de la tecnología emigran al mercado negro de la fama. 

Nadie reconoce la responsabilidad de la pérdida, ni la existencia del mundo fuera de la especialidad técnica en línea recta a la utopía.  El polvo de las estrellas le impone el ritmo a la osamenta rancia de los mortales.  Las máquinas, al deseo vivo del cuerpo.  Según lo declara el axioma astronómico en reemplazo de la astrología caduca.  Interesa lo práctico o, en cambio, la evasión metafísica del silencio astral. 

Ahora con el nuevo micro a alquiler actualizado de “alta eficiencia”.  No hay nada más de qué hablar.  Las puertas se abren y golpean entre sí por error del diseño en el ángulo de apertura.  Las llantas son más pequeñas.  Las llaves escasean, ya que son teledirigidas.  Operan a distancia.  El avance técnico encarece su distribución a todos los pasajeros, quienes esperamos ansiosos la llegada del conductor.  Entre el frío y el viento, cabizbajos o fieles al celular, ya que cruzar miradas raya en la afrenta.  

La distancia entre los asientos se reduce y las rodillas tropiezan adelante.  La discusión filosófica más profunda indaga cuál asiento permite alargar las piernas y colocar la compu sin chocar al frente.  Los bordes montados dificultan estirarse e instalar la almohada para dormir mejor.  “Ten cuidado”, suplican.  Si no río junto a ellos —lo sé— imploro mi exclusión.  No participo en la comunidad de intereses.  “Jajajajajá”.  A veces, mejor callar que responder a los gritos y órdenes del mandamás.  “You know”.

Ahora, la risa conjunta compone el círculo de amigos, la camaradería.  Me parece extraño que no inventen otra palabra a partir de esta nueva complicidad de la lengua hablada por los ingenieros.  Como compañero de “pan” y camarada de “(re)cámara”.  Ahora habría que decir “risotada” de la convivencia placentera.  “Mi conrisa”.  La conrisidad, en la colaboración de acciones y anécdotas compartidas.  Jajajajajá. 

*****

De política casi no se habla.  Es uno de los temas tabúes, fáciles de resolver como eso del calentamiento global.  Y los múltiples disturbios sociales a ignorar.  Jamás suceden en el Reino Científico de este Sistema Solar.  Jajajajajá.  Basta un nuevo microbús para que ya nadie reclame otro derecho. 

—Es fácil de resolver, de verdad.  Para eso trabajo a diario en el laboratorio y ojalá pronto obtenga una patente.  Investigo en dos direcciones a ver cuál cuaja primero.  Paneles solares para agua y calefacción, así como vehículos eléctricos y tal vez tele-dirigidos.  Lo solar evita el uso del gas natural; la electricidad la gasolina.  Ayuda a los inválidos a transportarse.  De logarlo, de inmediato me jubilo. 

—Así es, le reclama, el de la derecha, pero son demasiado caros de lo contrario instalaría uno en mi casa.  Jajajajajá.

El ingeniero laureado ni siquiera sabe dónde queda Honduras.  Continente político extinto como La Atlántida.  “You know”.  Gracias a su cultura general, tan sofisticada, me asegura que en ese país, lejano y extraño, hablan portugués.  Mientras se come una banana y bebe café que a saber de dónde provienen.  Tal es la educación STEM más avanzada (STEM es “Science, Technology, Engineering and Mathematics”, cuyo juego científico de palabras evoca el “tallo, tronco” en sostén firme del accesorio social).  Se jacta de resolver los problemas del mundo.  Ofrece soluciones universales.  Pero sus participantes ignoran presencias ajenas a sus intereses inmediatos.  Sin asombro, en imprudencia insinúo.

—De ahí vienen los migrantes detenidos en la frontera por el ejército, a lo cual en neto rechazo me reclama. 

—De eso aquí no se habla.  Además, siempre hay que ver hacia delante.

Como si al caminar se pudiera ver atrás —pienso—avanza tan adelante que sigue dando vueltas, ya que el mundo es redondo.  Sin notarlo, regresa a su punto de partida en el rechazo nacionalista.  Tan adelante, me repito, que su idea de lo universal suprime al migrante.  A quienes no pueden pagar los nuevos avances tecnológicos.  La ingenuidad de los tecnócratas es voraz.  Ni los solares ni los vehículos inteligentes —menos el polvo de las estrellas— se dispersa a diario como la sal en el alimento. 

*****

Esos recelos constantes me enseñan la manera en que el ejercicio de la ciencia redefine las palabras a su arbitrio.  Las despoja de todo sentido ordinario.  Las retuerce y olvida su origen.  Ahora resulta desconocido, ya que el algoritmo establece la única verdad terrena.  La significación exacta de los términos.  Por esta razón universal, el estudio de las ecuaciones diferenciales elimina la diferencia.  El de las derivaciones niega a quienes andan a la deriva, en busca de refugio.  De argüir que las matemáticas le roban los vocablos al habla coloquial, rayo en la locura mafaldesca.  El sentido estricto lo determina la técnica.  Todo lo demás es metáfora a eliminar, según la ley del progreso.  Pronto, a cada sonido le asignará un solo sentido.  Como ya lo poseen el “jajajajajá” y el “you know”.  El estribillo que los científicos repiten miles de veces en su balbuceo constante. 

Este desdén a lo ordinario —a la vida social— me la reclaman otros colegas.  Uno me repite “es demasiado depresivo (it’s too depressing)” exponer a diario los problemas sociales en clase”.  Otra me reclama “por favor no me hables de eso”, aun si en seguida me interroga cómo reaccionan mis estudiantes —jóvenes y aritméticamente incautos— de esos incidentes.  Entre más se agravan, la razón fortalece el escondite lógico del silencio.  Espolvorea estrellas y números imaginarios, ya que la violencia la tildan de ficción por incidir en el tabú técnico.  Vulnera la prohibición de hablar de la política, sinónimo de lo maligno a extirpar. 

—Hay que ser positivo (Be positive), me inculca al evadir toda referencia a los conflictos sociales.  ¿Qué pasa en Ecuador, Chile, Bolivia, Colombia…?  Sin incluir Barcelona, Brexit, Hong-Kong, Irán, Siria, etc.  No sé qué sucede en esos países.  Los latinoamericanos los consideran situados en otro continente, más lejano que el Reino Unido.  Tal es la Ley Científica de la historia—de la memoria— de una lengua que traza fronteras y borra océanos. 

—Los disturbios y la pobreza existen por todas partes.  Me reclama otra colega.  Es lo normal.  Mejor ya cambia de tema y cuéntame qué tal comiste ayer.  Ayer, en ese menú reglamentario que de transgredirlo acarrea un castigo similar a la falta de risotada conjunta.  Jajajajajá.  Y qué más puedo comer en un mundo dominado por el “fast-food” y el recetario en “pop cuisine”. 

María Izquierdo, Sueño y pensamiento, 1947

*****

Sin apertura a lo social —juzgo— la STEM levanta un muro ideológico más sólido que el metálico de Trump.  Inculca que una simple transcripción matemática da cuenta de lo político, del arte y de la religión.  Justifica la exclusión.  Existe un temor al habla, como el auge de la extrema derecha, prescrito de antemano quizás en el ADN.  Un miedo inconfesado mantiene el silencio.  Cimienta la ilusión que la tecnología edifica el bienestar social y la utopía redentora.  Acaso el correcto diseño de una tuerca ­—el de un cilindro— custodia la cordura social.  La compostura del mundo actual sin disturbios. 

Y que puedo yo exponer, sino confesar mi locura.  Mi falta de afición por el deporte.  Mi falta de diseño técnico lo provoca una tuerca trastocada sin acomodo a lo STEM.  Ese albur —juego de palabras oculto— destruye la lógica misma que defiende por el uso de una metáfora denegada.  Pese al rigor, no hay una muralla infranqueable.  La porosidad poética le impone su ritmo a la fórmula matemática, cuya negativa confirma su contrario.  La ambigüedad del Reino Político de este Mundo.  El de las finanzas y de  los impuestos que sustentan la investigación. 

El juego de palabras y la referencia indirecta al Mundo —¿STEM refiere al árbol o a la ciencia?— esconde el verdadero proyecto que anhela calcar a la letra.  A la única letra que hoy reverbera en universal único.  Su copia fiel del Mundo está hecha de palabras, antes que de todo algoritmo esquivo.  Huidizo de lo social que lo sustenta. 

Por esta lógica infalible, el juego de palabras —STEM— resulta intraducible a otros idiomas.  Su debilidad de expresar la exactitud de la ingeniería —me aseguran con insistencia— oscurece la distinciones claves como “weather” y “clima”, “force” and “strength”, etc.  Este argumento habitual —bastante ingenioso, creen, ser sin  estar— justifica excluir los otros idiomas del progreso humano, según la Ley Técnica de la Comunicación Universal.  En su mayoría, quienes lo repiten rechazan fomentar el estudio de otras lenguas.  De qué sirven sino a apoyar la entropía de los mensajes, hoy sin rodeo.  La inconsciencia —me reitero— recicla antiguos mitos que desconocen.  Disfrazados los redescubren en los aparatos digitales más sofisticados. 

—Esta es la hora correcta —me corrige el astrónomo— al anotar la diferencia de dos minutos entre el celular y el reloj de pulsera, inexacto.  En una astronomía sin astros.  La Verdad no está en el Mundo, sino en el veredicto científico que la refleja.  Reflexiona la verdad que percibe en el espejo.  Así, anhela rebatir la maldición de Babel.  Restaurar el imperio borgeano de las cosas hechas palabras.  En una sola lengua que restaura el nombre primordial, halo de las cosas.  Fórmula química, energía cuántica inscrita por Dios desde el Big-Bang, pero hasta hoy descifrada.  Transcrita en la única lengua de esta nación. 

—De verdad, mi profe de matemáticas cree que las ecuaciones se hallan en lo natural y nosotros sólo transcribimos sus enunciados. 

—Claro, le extiendo las manos, aquí están los números decimales.  Copia del cuerpo humano. 

—No hablo de eso, nada más, sino de las fórmulas químicas que producen medicamentos.  Me fascina el Cerio (Ce, 58).  Y en eso trabajaré hasta obtener el doctorado. 

De nuevo reflexiono sobre mi cuerpo, relleno de químicos semejantes.  Millonario luego de tantas quimo-terapias, a precio de no me lo llevo.  Pero gracias a ellas sobrevivo, aunque sólo La Llorona me consuele a diario.  Y La Siguanaba me ofrezca jugarretas que pulen mi estilo.  Cada vez más discordante con la norma a la moda técnica única.  Al uniforme musical en “pop”, según lo exige la presencia.  La presencia absoluta de lo Universal.  A cada cosa su nombre propio; a cada sentimiento su química en impulso.  Así se resuelve toda disputa posible.  Hoy que acaban de descubrir la Tabla Periódica de la Utopía.  El ADN del amor. 

Eso sí, toda ley tiene sus excepciones y quienes aducen que los significados diarios —los originales y coloquiales—son triviales.  “Pure innecessary trivia”.  Basta oírlos hablar, sin método que traduzca su jerigonza.  Quienes perciben una sola lengua al ofrecer el mapa más adecuado de lo Real.  Confiesan su necesidad de turistas.  “Aprendo japonés porque con mi esposo iremos dos semanas de vacaciones”.  “Recibo clases de italiano, porque en mayo pasaré unos días de vacaciones”. “¡Oh sí!”.  O sí, conozco México porque pasé veranos en un “resort” de Cancún y de Puerto Vallarta, genial en la playa de un hotel.  Ahí todo el mundo habla inglés”.  En el encierro del laboratorio, reflexiono callado.  La vida misma y la cultura de una región no ofrecen el saber.  Eso cree el desdén demasiado ocupado en los experimentos para hablar de la experiencia. 

La universalidad dicta que el entorno inmediato no importa.  Resulta secundario para su descubrimiento.  Acaso a nadie le interesa, salvo de incorporarlo a la lengua única.  La del teorema nacional.  El que erige la ciencia en su proyecto nacionalista inconfesado.  En verdad, se imaginan primeros pobladores de estas comarcas, antes vacías y sin nombre justo.  Por fin, el calificativo correcto lo determina la fórmula química, la física cuántica, la estratigrafía geológica.  Hay que divulgar el lenguaje original del Mundo.  El monolingüismo obligatorio de la ciencia.  Su amplio saber descubre la jerga original del Mundo.  El caliche natural. 

Me lo confirman los códigos del habla, a estribillo repetido en reflejo de las canciones a la moda.  “Lácteos y fibras de desayuno.  Nunca me falta un par de potasios.  Proteínas y minerales de almuerzo.  Hierro y calcio.  A lo sumo una copa de uvas fermentadas —alcohol— en la cena.  Mal llamado vino”. 

Sin broma, intentan el lenguaje primordial de las cosas.  Lo transcriben —creen— como si el Universo fuese la Musa.  El Espíritu Divino que les dicta los Mandamientos de la Ley Terrenal.  Si los kabbalistas meditan ante el alfabeto de la creación, este ensueño se desplaza hacia las leyes científicas.  En mi extravío, imagino una devoción permanente por desentrañar el código eterno de lo Real.   Por este cometido trascendente, toda alusión a la política enturbia su realización utópica. 

*****

Y tú que no ríes, jajajajajá, a carcajada abierta, a la mitad de cada oración.  Tú que no aplicas a la letra, “you know”, las reglas estrictas de la gramática formal.  Jajajajajá.  Los verdaderos enunciados lógicos del habla no existen sin las muletillas a coro repetido.  You know.   Sin la cantata a múltiples voces, jajajajajá.  Rayas en la locura.  Eres un desquiciado que no rocías el polvo de las estrellas.  Los astrónomos lo riegan al encarnar la utopía política en las almas de sus conciudadanos.  Como los tecnócratas, los artefactos de la alegría.  Quizás no en la tuya.  Jajajajajá, jugado desde niño por la Sihuanaba.  You know.  Por eso, tal es tu justo silencio y exclusión.  No avalas las fórmulas matemáticas.  Ni las gráficas técnicas del progreso humano.  Irreversible siempre en su línea recta.  Jajajajajá, you know.  In an engineering “starway to heaven”. 

María Izquierdo, Alegoría de la libertad, 1937

*****

You know…

Reducir lo humano a la ciencia consiste en negar “las dos mitades de la vida”, enemigas en su complemento activo.  Las sensaciones, afectos y sentimientos se vuelven conceptos, así como los sueños los dicta la lógica formal.  En esta diversión tiránica, la noche y la luna derivan de la luz y del sol que las engendra, principio único de la autoridad.  El instinto lo explica un algoritmo aritmético.  Tal es el reduccionismo cientificista que evade todo debate serio.  A la hora de la evolución técnica, los mitos y la sinrazón los guían las ciencias naturales en sus fórmulas químicas y matemáticas o en sus diseños gráficos.  Su ilusión redentora imagina en los resultados y disturbios políticos actuales una conclusión directa de su axioma racional.  El presente y el futuro los predice un silogismo aritmético.  En su dogma, la “divina comedia” de la razón define su antónimo; lo contrario, el reinado de la insensatez augura la paradoja y la mentira.  Petulante, la razón anhela dictar el precepto explicativo y conductor de toda acción humana.  Jamás se percata de la envidia, de las exclusiones monstruosas que genera su proyecto: la lengua, un programa logicial; la religión, un Big-Bang expansivo; el arte, un diseño técnico; la política, un esquema administrativo, etc.  Su utopía suprime toda oposición que no se apegue a su edicto.  Nunca razona que su ensueño técnico culmina en la embriaguez y desenfreno destructivo.  En ese estado de “dolor original”, el “sufrimiento primigenio” lo agrava su eficiencia orgullosa. 

Jajajajajá…

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Rafael Lara-Martí­nez
Investigador literario, académico, crítico de arte. Salvadoreño, reside en Francia. Columnista ContraPunto
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