Mario Benedetti: los mayos de Roque Dalton

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Cuando un poeta da su vida en las luchas polí­ticas, la posteridad suele dramatizar el holocausto y sus rasgos más trágicos. En el caso de Roque Dalton, uno de esos rasgos es el humor.

18 de mayo de 1994

El poeta salvadoreño Roque Dalton nació un 14 de mayo (de 1935) y murió un 10 de mayo (de 1975), sólo cuatro dí­as antes de cumplir 40 años. Educado en un colegio jesuita, estudió luego jurisprudencia, ciencias sociales y antropologí­a. Militante de izquierda y fervoroso antiimperialista, fue varias veces galardonado como poeta y otras tantas encarcelado como activista. Incluso fue condenado a muerte en 1960, pero la sentencia no se cumplió gracias a que el dictador José Marí­a Lemus cayó pocos dí­as antes de la fecha fijada para la ejecución. Más de una vez logró escapar de otras prisiones, en alguna ocasión con la complicidad de un terremoto. En distintas épocas, vivió como exiliado polí­tico en Guatemala, México, Checoslovaquia y Cuba. Paradójicamente, quien tantas veces habí­a estado a punto de morir a manos de la derecha ultraconservadora fue sin embargo asesinado en su paí­s, el 10 de mayo de 1975, por una fracción ultraizquierdista de la organización a la que pertenecí­a. (El principal responsable del grupo que decidió su eliminación, Joaquí­n Villalobos, actual dirigente del FMLN, reconoció tardí­amente que la misma habí­a sido un trágico error).Cuando un poeta llega a dar su vida en las luchas polí­ticas, la inmediata posteridad suele dramatizar el holocausto, poniendo el acento en la zona más riesgosa de su compromiso. Sin embargo, ese justo rescate de una actitud coherente y valerosa, puede a veces opacar otros rasgos primordiales. En el caso de Roque Dalton, uno de esos rasgos es el humor.

Desde su primer libro La ventana en el rostro, habla de "los pobres locos que hasta la risa confundimos / y a quienes la alegrí­a se nos llena de lágrimas". Este poeta, que en el trato personal era un fabuloso narrador de chistes (los coleccionaba, casi como un filatélico), nunca llevó a su poesí­a la broma en bruto, sino la metáfora humorí­stica. Por cierto, ésta no siempre era sencilla o fácilmente asimilable, ya que por lo común estaba rodeada de resonancias culturales. Cuando Roque menciona, por ejemplo, que "las hojas se secaron entre las obras de Kipling", o cuando, en el breví­simo Después de la bomba atómica, llega a preguntarse: "Polvo serán, mas ¿polvo enamorado?", el humor se da en un ámbito de cultura, sin el cual perderí­a su efecto.

En más de una ocasión (incluso en un largo reportaje que le hice en 1969) Roque reconoció sus lazos con el fútbol, el tango, el lunfardo y el humor rioplatenses. El sesgo irónico de Taberna y otros lugares, y los libros subsiguientes, no es por cierto demasiado centroamericano y más bien entronca con Macedonio Fernández y hasta con Bustos Domecq; también, a través de ellos, con el sutil humor inglés, una de las pocas cosas buenas que nos dejó en la región el colonialismo británico.

Cuando lo incorpora a una referencia polí­tica, el poeta salvadoreño usa el humor de un modo oblicuo, indirecto, y sí­ le otorga un valor fundamental, ya que le sirve de fijador ideológico: "Mi verdadero conflicto / hondureño-salvadoreño / fue con una muchacha". En Guatemala feliz se refiere, sin decirlo, a su ex admirado Miguel Ángel Asturias: "Cada paí­s tiene el Premio Nobel que se merece En El general Martí­nez, otro poema breví­simo, sabe retomar un emblema de la propaganda del dictador, para desenmascarar un rasgo aparentemente positivo: "Dicen que fue un buen presidente / porque repartió casas baratas / a los sobrevivientes".

A veces el humor de Roque no apela a la ironí­a, sino a la mera alegrí­a de vivir: "La rosa ciega a los campeones de tiro". O se conduele: "Los poetas comen mucho ángel en mal estado". O simplemente comenta: "Es que los escrúpulos son ahora aburridí­simos". Ahí­ la gracia no reside en el recién descubierto tedio, como en la sorpresa que aportan las entrelí­neas: que el poeta sienta nostalgia de los divertidos  escrúpulos de antaño. Quizá por eso pueda escribir: "Pienso seguir siendo un muchacho por 30 años más". Y si bien el crimen cercenó esa cifra, lo cierto es que murió siendo un muchacho, probablemente fiel a uno de sus versos más antiguos: Bajo las sábanas me rí­o.

Ahora bien, si sólo nos detenemos en el humor poético de Roque, corremos el riesgo de dar una imagen superficial de su actitud ante la vida. El humor es en su obra un estupendo fijador de ideas, ya no jocosas, sino rigurosas e inquebrantables, profundas y arraigadas en su conciencia. Cintio Vitier vio, con nitidez, que la risa era en Roque "su tercer lenguaje, en el que mejor decí­a su ira y su tristeza". El humor es simplemente un instrumento literario que realza y afiligrana sus temas cardinales, que son, por orden de prioridades: la compleja relación con su paí­s, su laberí­ntica educación sentimental, y por último, su ejercicio del riesgo y la osadí­a.

Ante su paí­s pequeñí­simo, que Gabriela Mistral bautizó para siempre como el Pulgarcito de América, Roque tiene una actitud de amor / odio que impregna su poesí­a de una inagotable movilidad dialéctica. La idea básica de Roque es que en El Salvador existe una injusticia consolidada, y en sus versos va dejando incuestionables signos del estado de ánimo a que lo lleva esa comprobación: "Patria dispersa: caes / como una pastillita de veneno en mis horas. / ¿Quién eres tú, poblada de amos, / como la perra que se rasca junto a los mismos árboles / que mea? ¿Quién soportó tus sí­mbolos,  / tus gestos de doncella con olor a caoba, / sabiéndote arrasada por la  baba del crápula? / ¿A quién no tienes harto con tu diminutez?".

En  el fondo de ese sarcasmo hay, sin embargo, un imborrable trazo de amor.  El poeta ridiculiza al falso paí­s en que se ha convertido su paí­s verdadero, pero a éste lo sigue amando y añorando: "Paí­s mí­o vení­ / papaí­to paí­s a solas con tu sol / todo el frí­o del mundo me ha tocado a mí­ / y tú sudando amor amor amor". En este aspecto, como en tantos otros, es obvio que Roque se encuentra más cómodo en la cercaní­a de Vallejo que en la de Neruda. En aquel reportaje de 1960, me habí­a confesado con franqueza: "Mira, yo quisiera ser uno de los nietos de Vallejo. Con la familia Neruda no tengo nada que ver. Hemos roto nuestras relaciones hace tiempo".

Pero está el otro amor, el más corriente y humano, henchido de erotismo, soplos de ternura y perentorias melancolí­as, que también suele estar vinculado a sus intermitentes visiones de El Salvador y la revolución latinoamericana. Por ejemplo, Poema jubiloso comienza con cierta unción patriótico-amorosa: "En mi patria hecha para probar catapultas y trampas  / vive esa suerte de mujer que amo"; continúa con una moderada tasación  polí­tica ("Ah cómo sirve mi mujer guerrera y acechada poblada de húmedas culebras que alivian a las grandes bestias polvorientas") y termina con un alegre desparpajo sexual, que de alguna manera barre con la retórica anterior: "Su cuerpo es todas las cosas. / Mi mujer se llama  Ximena o conejito celeste o simplemente muchacha / y la conocí­ hace cinco minutos".

No obstante, cuando Roque logra sus mejores poemas  eróticos es cuando los desvincula de la polí­tica, la revolución o la lucha de clases, y se concentra en la mujer, casi dirí­a en el cuerpo de la mujer, y mejor aún, en su incanjeable desnudez. Es cuando escribe: "Amo tu desnudez / porque desnuda me bebes con los poros, / como hace el  agua cuando entre sus paredes me sumerjo. / Cuando te me desnudas con los ojos cerrados / cabes en una copa vecina de mi lengua, / cabes entre  mis manos como el pan necesario, / cabes bajo mi cuerpo más cabal que tu sombra. ( … ) El dí­a en que te mueras te enterraré desnuda, / como cuando naciste de nuevo entre mis piernas".

La desnudez es en cierto modo su demanda de lo femenino; su comunicación con la mujer necesita como el pan el cuerpo a cuerpo, pero el poeta no se queda en una relación meramente camal. Sólo a través del cuerpo al natural, puede  tocar la desnudez del alma, también al natural. En los poemas amorosos de Roque tienen su parte la seducción sexual, el embeleso del tacto, pero también hay gracia, goce espiritual, sensibilidad correspondida.

Por  último la muerte. Así­ como el amor tiende un cabo a las nociones de patria y revolución, también la muerte, en poemas muy puntuales, se vincula a su paí­s y, al amor. Un hombre como Roque, que habí­a hecho de la alegrí­a una de sus fructí­feras reservas de vida, no podí­a aterrorizarse ante la inevitabilidad de la muerte. Pero tampoco podí­a obviarla, fingir que no existí­a. Por el contrario la asume: "Los muertos  están cada dí­a más indóciles. ( … ) Hoy se ponen irónicos, / preguntan. / Me parece que caen en la cuenta / de ser cada vez más la mayorí­a". O deja instrucciones a alguien, seguramente a un ser amado, para cuando la inexorable finalmente le dé alcance. Es un poema austero,  sin retórica, uno de los puntos más altos de su obra: "Cuando sepas que  he muerto no pronuncies mi nombre / porque se detendrí­an la muerte y el  reposo. / Tu voz, que es la campana de los cinco sentidos, / serí­a el tenue faro buscado por mi niebla. / Cuando sepas que he muerto di sí­labas extrañas. / Pronuncia flor, abeja, lágrima, pan, tormenta. / No dejes que tus labios hallen mis once letras. / Tengo sueño, he amado, he  ganado el silencio. / No pronuncies mi nombre cuando sepas que he muerto: / desde la oscura tierra vendrí­a por tu voz. / No pronuncies mi nombre, no pronuncies mi nombre. / Cuando sepas que he muerto, no pronuncies mí­ nombre".

En este mayo, Roque cumplirí­a 59 años, pero  hace 19 que en otro mayo acabaron con él y su lumbre de muchacho. Hace 19 que sabemos que ha muerto y sin embargo pronunciamos su nombre. Y no es que sólo lo haga el receptor o la destinataria del poema. Contrariando sus expresas, ingenuas, diáfanas instrucciones, todos pronunciamos su nombre, no sólo porque su obra es de las más originales,  removedoras y comunicativas que ha producido en América Latina la poesí­a conversacional, sino también porque Roque fue un ser humano tan espléndido, tan dedicado a consolidar la alegrí­a del prójimo, que pronunciar su nombre es una forma más de perpetuar ese temple vital que él mismo dio en llamar su júbilo matutino y palpable".

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* Este artí­culo apareció en la edición impresa de El Paí­s (España) del miércoles, 18 de mayo de 1994.

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