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viernes, 14 de mayo del 2021

Marí­a Renee

El 31 de diciembre de 1991, cuando se habí­a anunciado la firma del acuerdo que en Nueva York -con la mediación de la ONU- el gobierno y la guerrilla establecí­an el fin al conflicto, te encontré a vos y al Chele en el lobby del hotel Camino Real que fue sede de las oficinas de prensa.

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Llegué a despedirme de vos en dí­a domingo. Encontré a tu hija Paola y me llegaron imágenes tuyas, aquella chica que colaboraba con Leonel Gómez en el ISTA a finales de 1979 cuando ambos iniciábamos labores en esto del periodismo.

Con Paola cruzamos palabras, más bien le dije algo sobre vos y me abrazó fuerte. Apenas balbuceó. Estabas al fondo de la funeraria rodeada de flores y de gente desconocida para mí­. Marcelo y Sebastián no estaban, tus otros dos hijos gemelos, uno de ellos llegaba al aeropuerto agobiado por la noticia de tu partida.

Lancé una mirada periférica y mucha gente con ropa oscura, algunos me miraron de arriba abajo y otros de reojo sentados en mullidos sillos en donde habí­a espacio, pero como no los conocí­a opté por salir un rato y me senté afuera de la sala. A los pocos minutos apareció Jaime Aquino, amigo de ambos y un excelente fotógrafo.

Con Jaime charlamos, obviamente vos fuiste el centro de atención, nos recordamos de “pasadas” que vivimos, momentos alegres o peligrosos en distintas circunstancias, por ejemplo algunos hechos en la sangrienta guerra civil que nos tocó vivir y cubrir.

Y de pronto llegó a mi mente aquella imagen tuya corriendo con tu equipo de televisión en busca de refugio de balas que pululaban a granel en medio de la mayor ofensiva militar de la guerrilla en 1989.

Era noviembre cuando los rebeldes tení­an varios dí­as de haber incursionado a centros urbanos del paí­s atacando puestos militares y otros, principalmente en la capital. La ciudad estaba paralizada y en la zona sur oeste vehí­culos blindados y tanquetas del ejército enfilaban sus gruesas armas hacia el estadio Cuscatlán en el que suponí­an habí­a presencia de insurgentes.

Y es así­ cuando vos y tu equipo, creo ibas con tu esposo Oscar, nuestro querido “Chele” quien también partió hace unos años, circulaban en lo que hoy es el bulevar Los Próceres, en medio de fragor del combate o al menos en medio del fuego de los blindados que lanzaban sus potentes proyectiles hacia el armatoste de cemento que aloja al escenario deportivo, y al que muchos cronistas consideraban por esos dí­as era el mejor en la región.

Tení­as una gruesa figura y peculiar que rápidamente identificamos a lo lejos y al verles correr en lo que era zona de fuego, un grupo de corresponsales de medios extranjeros que nos habí­amos refugiado cerca de unas champas de la zona marginal que está al final de la avenida Francisco Gavidia, palidecimos al verles en peligro y gritamos con todas nuestras fuerzas.

Les alertamos, se pararon y observaron dónde cubrirse. Vos viste que lo más cerca era un poste, no recuerdo si del tendido eléctrico o telefónico, pero era lo más inmediato, pero no mediste tu tamaño y mucho de tu cuerpo quedaba al descubierto. Seguimos gritando y te diste cuenta, optaste por otro refugio y todo salió bien.

Del miedo colectivo pasamos a la risa. Luego nos encontramos y vos misma reí­ste de tu ocurrencia equivocada, pero el peligro habí­a pasado.

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