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sábado, 15 de mayo del 2021

La ruta de monseñor Romero

Fue una peregrinación a las dolorosas huellas de la historia, un tortuoso repaso a los orí­genes y causas de los graves males profundamente arraigados por generaciones.

Hoy 15 de agosto conmemoramos el centenario del natalicio de nuestro Obispo Mártir Monseñor Oscar Arnulfo Romero; profeta resucitado en la fe y conciencia colectiva del pueblo, como el salvadoreño más universal de todos los tiempos, de gran trayectoria ética y moral, representativo de los más altos y nobles ideales de justicia, abnegación, valentí­a, solidaridad, fraternidad, amor, fe y esperanza.

Monseñor, de manera ejemplar, supo cumplir a lo largo de toda su vida el compromiso con los más humildes, ratificando su opción preferencial por los pobres, más allá del conocido e inminente riesgo y sufrimiento de martirio que esa decisión significaba para su propia persona. Esta romerí­a que fí­sicamente nos llevó al lugar de su nacimiento, debe ser la oportunidad para recuperar el mensaje de su pensamiento y volver al origen, para desde ahí­ reconstruir la esperanza.

Los tres dí­as de conmemorativa y trascendental peregrinación comenzaron muy temprano, aclarando la mañana del pasado viernes 11 de agosto; inició con la solemne celebración con una multitudinaria y significativa misa en la cripta de la Catedral Metropolitana, convirtiéndose en un punto de reencuentro de conocidos y curtidos rostros de hombres y mujeres de fe, que en cada lí­nea de expresión, además de la alegrí­a del acontecimiento y de la esperanza del nuevo momento, se reflejaban las huellas del profundo sufrimiento de pasadas luchas por la justicia; experiencia que se funde armónicamente con el torrente de energí­a de nuevas generaciones que vigorosamente asumen y buscan respuestas a los retos de su propio tiempo.

Los jóvenes de í­mpetu, con nuevos brí­os, alegres y frescos, subí­an y bajaban las gradas de Catedral, templo donde cada escalinata está impregnada de mucha historia, sangre y sacrificio de miles mártires del pueblo que generosamente ofrendaron su vida para sustentar el proceso de cambios que hoy vivimos y que debe continuar en el paí­s. Esta magna iglesia fue el punto de partida de una alegre romerí­a que enarbolando cantos, exudando energí­a y esperanza, avanzó con el lema: “Caminando hacia la cuna del profeta”.

Fueron recorridos decenas de kilómetros a pie, otros en autobuses y automotores durante los tres dí­as, atravesando un estimado de ciento cincuenta y siete kilómetros, que son los que separan a San Salvador de la natal Ciudad Barrios, cuna de nuestro mártir y beato Romero, municipio ubicado al norte, del oriental departamento de San Miguel.

En muchos casos este recorrido y sus espacios de descanso, también se convirtieron en  momentos de reflexión y crí­tica evaluación de las duras y complejas condiciones en las que está nuestra nación. Fue una peregrinación a las dolorosas huellas de la historia, un tortuoso repaso a los orí­genes y causas de los graves males profundamente arraigados por generaciones en motivos deshumanizados de injusticia y desigualdad, y que aun en nuestros dí­as llenan de luto, tristeza y desesperanza, dificultando el progreso a la sociedad.

Esta ruta conmemorativa a la vez ha sido oportunidad para medir el camino avanzado, la distancia que nos separa de aquel infame pasado. También pudimos -cual horrenda pesadilla-, descender al tenebroso averno de aquel tiempo, al espanto que produce la oscuridad de los retorcidos pensamientos, al fétido hedor nauseabundo de los podridos sentimientos que anidaban  en quienes decidieron apagar la vida de Monseñor Romero aquel mes de marzo de 1980, su sola imagen desde entonces ya alumbraba la esperanza de los más humildes y excluidos.  Hoy, en esta peregrinación cada estación, además de la merecida pausa para recuperar fuerzas, y de la celebración de actos litúrgicos propios de la jornada, fue oportunidad para la fraternidad y solaz algarabí­a, que muestra una iglesia en creciente renovación de pensamiento y acción, alentada por la guí­a espiritual del Papa Francisco y por nuestro Santo Romero.

Esta jornada, reencuentro de fortalecimiento espiritual, no termina con la conmemoración del natalicio de Monseñor Romero, sino con el firme propósito individual de asumir su legado, haciendo del “Romerismo” un baluarte de principios y valores que trascienda en todo el paí­s, sin sectarismos, y desde la perspectiva del respeto a cualquier enfoque doctrinal, contribuyendo a promover y cimentar una cultura de paz, fraterna convivencia, tolerancia, entendimiento y búsqueda permanente de justicia, equidad sustentabilidad y progreso.

La conmemoración nos deja el reto de asumir un compromiso individual como cristianos, desde la perspectiva de la fe, y a esclarecer nuestra opción preferencial por los pobres, buscando el fortalecimiento de una iglesia activa que vuelva a su sensibilidad y raí­ces desde las comunidades, que despierte y se reactive en su identidad y compromiso con Romero como sí­mbolo de fe, justicia y esperanza  para el pueblo. Como ciudadanos, este encuentro debe ser una oportunidad para profundizar la reflexión sobre las condiciones de nuestra familia, de nuestras comunidades y el paí­s en su conjunto, nos exige convertirnos en verdaderos agentes de cambio para la sociedad.

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Eugenio Chicas
Secretario de Comunicaciones de la Presidencia

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