Por Nelson López Rojas
Un buen amigo me dijo una vez “you can either be right or be happy, but not both”. Que uno puede tener la razón o ser feliz, pero no ambas cosas al mismo tiempo. La frase hasta suena ingeniosa, casi como un consejo práctico, pero se queda corta. A veces no se trata de elegir entre la razón y la felicidad, sino entre tener la razón y no salir perjudicado.
Entonces, ¿quién gana? Ante la dicotomía entre la razón y el poder, suele imponerse este último. Pero para eso existe la diplomacia, ese arte de lograr que los demás se salgan con la mía mientras creen que tienen la razón.
Nos gusta creer que la sociedad funciona bajo ciertas normas básicas de convivencia, que hay un equilibrio que premia al que actúa correctamente. La experiencia insiste en desmentirlo. Podés hacer todo bien, tener argumentos sólidos y aun así perder.
Pensemos en algo tan cotidiano como el tráfico. ¿Quién tiene la razón en una calle? En teoría, las normas están claras, pero en la práctica, la razón no detiene un impacto. Vos hacés la fila correctamente y el desquiciado del Kia Soul se come veinte carros y se atraviesa ante la mirada tibia del que le dio permiso. El mundo sigue, indiferente a nuestras razones. Lo que se impone es la lógica del más “vivo”, del más fuerte, del más grande, del que avanza sin dudar. Un vehículo más pesado no necesita justificar su trayectoria; le basta con existir para obligar al otro a ceder. Y en ese momento, la pregunta deja de ser quién tiene la razón y pasa a ser quién puede permitirse no ceder.
Cuando ando en bicicleta, eso se vuelve más evidente. Manejo como si el tránsito entero estuviera en mi contra. No es una creencia racional, lo sé, pero sí una sensación útil. Entonces me pregunto, ¿me aferro a que tengo la razón y sigo, arriesgándome a un accidente? ¿O cedo y permito que la vida siga su rumbo? En esos segundos se decide cuánto vale, en realidad, tener la razón.
Hace poco me pasó algo que lo muestra desde otro ángulo. Una amiga se molestó conmigo porque me vio hablando con alguien. Para mí era una conversación cualquiera, de esas que tengo con casi todo el mundo; suelo llevarme bien con la gente y, hasta donde sé, no tengo enemigos, pero para ella no era “cualquiera”. Era alguien con la que tuvo conflictos en su juventud, encuentros desagradables que —según me explicó después— la marcaron profundamente.
Se enojó no solo por la conversación, sino porque, en su lógica, yo debía tomar partido. Como si el mundo estuviera dividido en bandos permanentes y uno tuviera la obligación de elegir. El problema es que yo no sabía nada de esa historia. Mientras yo hablaba con alguien sin mayor carga, ella estaba reaccionando a un conflicto que lleva años viviendo en su cabeza.
No soy moralista. No necesito que nadie piense como yo, ni que sepa lo que yo sé, ni que haya vivido lo que yo he vivido, pero me incomoda cuando la gente da por sentado algo que nunca verificó en el mundo real. Se imaginan que la puerta está cerrada y en lugar de acercarse y girar la manecilla, se quedan afuera, convencidos.
Muchas de nuestras tragedias no ocurren en la realidad, sino en otro plano, en ese teatro interno donde todo parece lógico, coherente, pero es falso. La imaginación no es el problema. El problema es cuando la usamos como sustituto de la verdad. El imaginar alivia la incertidumbre, pero también la prolonga. Y mientras tanto, la puerta sigue ahí, esperando que alguien tenga el valor de comprobar si realmente está cerrada.
De ahí surge la idea de que hay que saber escoger las batallas. Pero no siempre es sabiduría; muchas veces es desgaste. No todas las peleas se pierden al final; algunas ya están perdidas desde antes de empezar. Entrar en ellas no es valentía, sino una forma lenta de agotarse sabiendo que vos ya sabés que vas a invertir energía en un conflicto que no tiene retorno.
Hay personas que pasan años sosteniendo discusiones en su cabeza, repasando agravios, afinando argumentos para confrontaciones que nunca ocurren. Mientras tanto, la otra parte probablemente ya olvidó el conflicto o nunca le dio la importancia que uno le atribuye. En esos casos, la pelea ni siquiera existe fuera de quien la sostiene.
Al final, no se trata de tener la razón ni de ganar, sino hacer que te valga, que te resbale, se trata de reconocer cuándo una pelea no vale el costo de sostenerla. Aprender a despojarse de lo irrelevante permite enfocarse en lo que realmente genera felicidad, priorizando el bienestar propio por encima del deseo de satisfacer las expectativas ajenas.
Tener la razón no te protege de nada. No evita el golpe, no cambia al otro, ni corrige el mundo. A veces, lo único que hace es dejarte solo y convencido.



