spot_imgspot_img
spot_imgspot_img
jueves, 29 de julio del 2021

La razón, la sinrazón y la zurrazón en los tiempos del Covid-19

En los tiempos de grave peligro, como en las guerras y en las epidemias, el pánico es el peor aliado de Eros y el mejor consejero de Thanatos.

Sin duda alguna que estamos frente a una pandemia y, por lo tanto, frente a una enfermedad que se propaga rápidamente y de manera exponencial. No es la primera que azota a la población mundial, ni tampoco será la última. Aunque más de algún zelote religioso ande armando el despelote en las redes sociales anunciando el   Armagedón, la realidad es que todavía no estamos de espaldas al paredón. 

Ahora bien, esto no quiere decir que hay que restarle importancia al asunto, pues está claro que no se trata de una bagatela. Por el contrario, hay que tomarlo muy en serio, ya que las tasas de mortalidad según la OMS (Organización Mundial de la Salud) parecen ser de tres a veinte veces más altas que la de la gripe común y de la pandemia de gripe A (H1N1) de 2009-2010. 

Por otra parte, más allá del aumento potencial de la información falsa en relación con el Covid-19, la ciudadanía se ve confrontada también con teorías conspirativas que recuerdan mucho a lo ocurrido en la década de los ochenta del siglo pasado, cuando se conoció la existencia del virus HIV (Virus de la inmunodeficiencia humana). El gobierno de Ronald Reagan guardó un mudo silencio frente al asunto, yo diría que más bien fue por ignorancia que por negligencia.

Mientras tanto, las iglesias y los sectores más conservadoras de la sociedad norteamericana no perdieron el tiempo en buscar explicaciones biológicas y calificaron ipso facto la “extraña enfermedad” de venganza divina contra la “peste” homosexual. Fue precisamente en esos turbulentos años, en que el gobierno de Ronald Reagan se enfrentó al dilema político-económico de facilitar recursos económicos para la investigación de la etiología del SIDA y su curación   o, sí dar más apoyo logístico y financiero a la contrarrevolución sandinista.  

Por su parte, el gobierno del Vaticano, presidido por Juan Pablo II, también mostró poco interés por la patología del HIV, pero sí mucha perseverancia en su lucha contra la teología de la liberación. Simbólico el gesto inquisidor del Papa cuando amonestó a Ernesto Cardenal en el aeropuerto internacional de Managua Augusto Cesar Sandino. Asimismo, los “enemigos” del imperialismo norteamericano no perdieron la oportunidad de achacar al gobierno de los Estados Unidos la creación de un arma biológica. 

Fue así como, Jakob Segal, biólogo y profesor de la Universidad Humboldt de Berlín (RDA), planteó la teoría conspirativa que el virus HIV, no procedía de África, como suponían algunos científicos norteamericanos y europeos occidentales, sino que de un laboratorio militar situado en Fort Detrick in Maryland. Es decir, el HIV era obra satánica de ingenieros genéticos norteamericanos. Hoy en día se sabe y además está comprobado a través de análisis moleculares y epidemiológicos que el virus provino de primates africanos. El virus más común, el HIV-1-M, es un embrión de un virus de chimpancé que a principios de del siglo XX contagió a una persona. El virus llegó a Haití a mediados de la década de los sesenta del siglo pasado y un par de años más tarde entró por vía aérea a los Estados Unidos de Norteamérica en el cuerpo infectado de un tripulante de aviación.

En algunos videos que circulan en las redes sociales con información conspirativa se señala a China, Francia y Canadá de ser los “creadores” o “inventores” del SARS-CoV-2 en un laboratorio biológico secreto situado en Wuhan, la capital de la provincia de Hubei. Se trataría de un arma, no precisamente con fines militares como en el caso del HIV, si no que más bien de una con fines políticos, financieros y demográficos. Es decir, en esta teoría conspirativa se especula y se acusa a multinacionales, sin presentar prueba alguna, de crear un arma biológica para desatar artificialmente una crisis política-económica y financiera con fines de lucro. No obstante, por muy descabelladas que sean estas teorías conspirativas, siempre habrá una cantidad no despreciable de personas que seguirán creyendo en ellas, a pesar de que con el tiempo se demuestre lo contrario.

Lo que sí se sabe a ciencia cierta en la actualidad, es que existen 7 coronavirus patógenos zoonóticos, es decir, trasmisores de enfermedades que comienzan en animales infectados y que luego por contacto o ingestión infectan a las personas. Pero solamente los tres nombrados a continuación pueden provocar infecciones graves y mortales de las vías respiratorias como la pulmonía: 1) La enfermedad, cuyo nombre internacional es Covid-19 trasmitida por el virus SARS-CoV-2 en 2019/2020, 2) El síndrome respiratorio agudo grave (SARS) transmitido por el virus SARS-CoV-1 en 2002 y 3) El síndrome respiratorio de Oriente Medio (MERS) trasmitido por el virus el MERS-CoV en 2012.  

Hay que reconocer que en la época moderna resulta muy difícil mantener la continencia, la ponderación y la ecuanimidad, ya que todos estamos expuestos al bombardeo mediático, tanto por las vías análogas informativas como por las digitales. Tan excesiva es la información contaminada de “medias verdades” o mentiras camufladas, que al final de cuentas la población civil termina empachada y con una sensación de inseguridad y desconfianza, que son el ambiente propicio para que se desarrolle miedo y pánico.  

No se necesita ser sabio, culto o competente para entender racionalmente la gravedad del problema y comprender la razón de muchas medidas profilácticas. Pienso que todas las medidas que a nivel mundial se están tomando están basadas en la razón y entendimiento científico actual, en la experiencia real y concreta con otras enfermedades parecidas.

Pienso, que sí se actúa con razón y sentido común, no hay razón alguna para caer en la sinrazón ni en el pánico social que puede provocar, bajo ciertas circunstancias, una zurrazón viral y literalmente anal. 

spot_img

Últimas entradas