Por Alonso Rosales (*)
En un pantano inhóspito, bajo el sol implacable de Florida, se alza el horror disfrazado de política: “Alligator Alcatraz”. Cocodrilos devoran el silencio, mientras miles de migrantes —muchos mexicanos, centroamericanos, venezolanos y otros hispanos— llegan a un campo de detención que evoca imágenes de un campo de concentración. Rodeados de mosquitos, pitones y caimanes, sobreviven en carpas, remolques y baños portátiles. Comen sólo una vez al día. No se cepillan los dientes. Algunos mueren. El hacinamiento es brutal—en Florida ya han fallecido cinco personas sólo en ICE este año.
Trump, DeSantis y la secretaria de Seguridad Nacional Kristi Noem, se reúnen allí, parados entre alambradas y escoltados por ICE con escudos y chalecos antibala, como si enfrentaran a matones armados. Pero los encerrados no van con pistolas; llevan sólo su hambre, su miedo, su sueño de un “futuro mejor”… El sueño universal.
Trump bromea: “Les enseñaremos a huir de un caimán”, con los dedos haciendo zigzag, minimizando su sufrimiento. Noem, sonriente, anuncia que es “eficiente” y “barato” usar caimanes como guardias naturales.
En Texas, mientras, esos mismos migrantes —de México, Honduras, Guatemala— buscan cadáveres de las víctimas de las inundaciones, en camiones abandonados, como el horror de San Antonio, y son ignorados por una prensa indiferente. En vez de combatir carteles violentos, ICE se ensañó con ellos: chalecos, escudos… ellos sin armas, con la dignidad rota. La migra patrulla comunidades hispanas, detiene madres guatemaltecas y apila a los niños en casas, obligados a ocultarse de la redada que puede llegar en cualquier momento.
El “Alcatraz de los caimanes” nació en dos semanas, sobre un aeropuerto abandonado en medio de unos cuantos miles de pantanos—un lugar donde si alguien escapa, lo devoran los caimanes y pitones. Cuesta 245 dólares al día por cama, con fondos de FEMA, y puede alojar hasta 5 mil personas. DeSantis declaró: “No hay dónde esconderse, no hay donde ir”. Ante esto, defensores, ambientalistas y pueblos originarios de los Everglades interpusieron demandas alegando que se violan leyes ambientales y culturales
Los que acompañan a Trump posan para la foto: ICE con sus chalecos, Noem diciendo que “amplían instalaciones rentables” para deportaciones, agentes que se ostentan de bravura ante gente inerme. Una antigua pista hecha cárcel reabierta en nombre de la seguridad, exportando cuerpos en bolsas negras como si fuesen trofeos de guerra. Trump, en su farsa, populariza un nuevo Alcatraz: uno donde los cuerpos de ciudadanos desesperados se convierten en entretenimiento político.
Y en ese lodazal épico, donde los caimanes aplauden la crueldad, los hispanos siguen curando cuerpos sin vida, encontrando niños muertos, arrastrando la compasión del mundo. Porque mientras Trump y su corte se dedican a reír sobre la humillación, allí, en Texas los hispanos buscan desaparecidos por la inundaciones, los que verdaderamente sufren no tienen voz. Ese es el retrato: un presidente espectáculo grotesco, una esencia enferma puesta en escena con chalecos antibala y escudos, dispuesta en una plataforma natural, bajo la indiferencia global.
(*) Observador internacional de ContraPunto.
Fuentes:
Cadena ser
Univisión
El País



