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La Orquesta Filarmónica de El Salvador en Ciudad de México

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"Espero que la Filarmónica de El Salvador pueda viajar a otros países y así enriquecerse de la música del mundo y de otras experiencias inéditas que no vivirán en el ombligo de 21 mil kilómetros cuadrados": Gabriel Otero

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Por Gabriel Otero


Hace 27 años viví un momento fundacional en la extinta CONCULTURA, el nacimiento de la Orquesta Sinfónica Juvenil de El Salvador. Recuerdo la magnitud del proyecto, jamás se había hecho algo semejante en el país.

Todo comenzó una tarde de marzo de 1995, el auditorio del CENAR estaba abarrotado de niños y jóvenes, madres y padres de familia. A los días, gracias a la tutela de cinco músicos venezolanos que formaban parte de la orquesta del Mtro. José Antonio Abreu y que asesoraban las diferentes secciones de la incipiente agrupación y a la conducción del Mtro. Elmer Amaya aprendieron a interpretar la Sinfonía No. 9 de Beethoven y así fueron creciendo musicalmente.

Como anécdota colateral, la noche en que la orquesta se presentó durante la cumbre centroamericana en el Teatro Nacional, la naciente Policía Nacional Civil se encontraba custodiando a los presidentes del istmo y mientras sucedía ese despliegue de seguridad los ladrones nos vaciaron el departamento. Los mismos policías nos comentaron que aún no había suficientes agentes y no alcanzaban a cuidar a los ciudadanos, esas cosas solo pasan en repúblicas cafetaleras como las nuestras.

Los recuerdos afloran cuando tengo un gratísimo sabor en la boca en la mañana posterior al concierto de la Filarmónica de El Salvador en el Castillo de Chapultepec, alguna vez escribí que prefería ser músico que vivir esta angustia perenne de la palabra, así fue y así seguirá siendo, tal vez por eso tengo la extraña predilección de programar conciertos o ¿será por mi condición de bajista y tecladista frustrado?

Ayer en el elevador que lleva al Castillo, que según afirman algunos historiadores era el camino y la puerta al Mictlán, me encontré a José Andrade (cello) y a Zareen Jiménez (violín) integrantes de la mencionada filarmónica. Parecían un tanto perdidos y les dije que me siguieran, yo los llevaría al lugar del concierto.

Les pregunté sus edades y si sabían que en ese espacio se habían firmado los Acuerdos de Paz, ambos lo ignoraban, y aunque los puristas de la nueva república se corten las venas o quieran subir de rodillas en peregrinación al Cerro del Chapulín ¿qué relevancia pueden tener los acuerdos para un joven de 23 años que estudia o empieza a ganarse la vida? Para los fundamentalistas es preferible el silencio a la desilusión.

A la hora llegaron Alejandra Funes Bustamante y la orquesta, su manera de gestionar es efectiva y a diferencia de los que se autonombran “gestores”, ella no estira la mano a esperar los apoyos del gobierno y a echar pestes cuando los recibe, ella resuelve y sigue adelante. Además de ser una de las primeras mujeres directoras salvadoreñas, tiene la capacidad de tender puentes, la orquesta es su creación y en tres años se ha ido ganando el respeto por su liderazgo y calidad interpretativa.

Para este concierto no había fechas disponibles durante el fin de semana y el martes es un día desfavorable para organizar actividades. Construido sobre la cúspide de un cerro, el Castillo es un foro complicado, se tienen que subir unos 300 metros lo que es asfixiante en la altura de la Ciudad de México. Y si además se le agregan la desidia y desconfianza salvadoreñas, a la hora de invitar mediante redes no faltaron las teorías de la conspiración que flamígeras señalaban que el gobierno intentaba manipularlos desde lejos y que por lo tanto no asistirían, paranoias que para cualquier ser lúcido y pensante irían más allá de lo ridículo.

El doctor Carlos Funes, ex presidente de la Asociación de Salvadoreños y sus Familias en México, se incorporó como promotor de la gira de conciertos y a su vez avisó a la embajada de El Salvador quienes ayudaron a difundirla.

Apenas pasando las seis de la tarde empezaron los ensayos, la orquesta sonaba fina y vigorosa, tocaron buena parte del programa y llegaron a momentos sublimes, con el Huapango de Moncayo seguro se ganarían al público mexicano y con el Sombrero Azul la ovación y el baile del público salvadoreño, sería una noche de inspiración colectiva, Alejandra pensó que el concierto comenzaría a las 7:30 y seguían ensayando, la audiencia se formaba en las escaleras de abajo del alcázar.

El programa se lo dividieron entre dos directoras, Alejandra se encargaría de la obertura Dorita hasta el Huapango y de la sección coral la directora adjunta Paula Lucía Rivera.

A las 7 y 10 se permitió el ingreso del público, me costaba estar alejado de la producción del concierto y necesitaba a mí equipo para estar tras bambalinas coordinando y organizando todo, pero en esta ocasión únicamente presentaría a la orquesta, aunque gajes y mañas del oficio, no me senté durante todo el evento.

La concertina se tardó cinco o seis minutos en la afinación inicial y es que hay una enorme diferencia al clima de la Ciudad de México con el de San Salvador, las cuerdas se destemplan por mucho que se les afine.

Y comenzó un viaje musical inédito con compositores salvadoreños y me sentí orgulloso de escuchar a jóvenes talentosos y disciplinados que se representan dignamente ellos y al país, porque mientras crean en lo que están haciendo y se perfeccionen no habrá límites y en instantes se echaron al público a la bolsa, las emociones iban in crescendo, Alejandra estuvo impecable en su dirección y Paula brindó el toque popular para beneplácito de decenas de compatriotas.

El concierto duró poco menos de dos horas, y en lo que resta de la semana, Alejandra gestionó sesiones de perfeccionamiento de la sección de vientos con la Banda Sinfónica de la Facultad de Música de la UNAM y de cuerdas con el Conservatorio de Música de Puebla y la Orquesta de Cámara de la Ciudad de México. Ese es el tipo de fogueo necesario para llegar a la maestría.

Quedan tres conciertos de la gira que están programados sábado y domingo, uno en el Museo Soumaya y los dos restantes en la Quinta Colorada y Casa del Lago en Chapultepec.

Espero que la Filarmónica de El Salvador pueda viajar a otros países y así enriquecerse de la música del mundo y de otras experiencias inéditas que no vivirán en el ombligo de 21 mil kilómetros cuadrados.

Larga vida a la música, larga vida a la Filarmónica.

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Gabriel Otero
Gabriel Otero
Escritor, editor y gestor cultural salvadoreño-mexicano, columnista y analista de ContraPunto, con amplia experiencia en administración cultural.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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