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miércoles, 3 junio 2026

La masacre del Campanario: el niño que quedó bajo la sangre

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Por Carlos Santos

Entre el 21 y el 23 de marzo de 2012, en la ciudad de Tecoluca, departamento de San Vicente, se desarrolló el Tribunal de Justicia Restaurativa promovido por el Instituto de Derechos Humanos de la Universidad Centroamericana (IDHUCA). No se trataba de un juicio penal ni de una audiencia ordinaria, sino de un espacio creado para escuchar a las víctimas de graves violaciones a los derechos humanos cometidas durante el conflicto armado salvadoreño, muchas de ellas silenciadas durante décadas.

En ese tribunal habló Lorenzo de Jesús Medina Merino.

Tenía seis años cuando sobrevivió a la masacre perpetrada el 24 de enero de 1982 en el cantón El Campanario, jurisdicción del municipio de Tecoluca. Treinta años después, llegó a dar su testimonio con una vida marcada por la pobreza, el trauma y la ausencia total de reparación.

El 24 de enero de 1982, alrededor de las once con cuarenta y cinco de la mañana, María Julia Medina se disponía a preparar el almuerzo. En la vivienda se encontraban su esposo, Santos Merino, y sus cinco hijos. El sonido de los disparos comenzó en los alrededores del cantón y fue acercándose de manera progresiva.

Al comprender que el tiroteo avanzaba, los padres decidieron sacar a sus hijos de la casa y buscar refugio en una iglesia evangélica de las Asambleas de Dios, ubicada cerca del lugar. En el templo ya se encontraban aproximadamente setenta y cinco personas, en su mayoría población civil que huía de la violencia.

Minutos después, alrededor de veinticinco miembros de la Fuerza Armada, provenientes del cuartel de Zacatecoluca, llegaron al lugar. Armados, solicitaron las cédulas de identidad a las personas refugiadas, las destruyeron en el acto y los acusaron de ser guerrilleros. Ninguna de las personas estaba armada ni tenía participación en acciones militares.

Aun así, los soldados sacaron a todos de la iglesia, los colocaron en fila frente a un árbol y abrieron fuego de manera indiscriminada.

UN MAR DE CUERPOS

Entre las víctimas se encontraban María Julia Medina y Santos Merino, padres de Lorenzo, así como tres de sus hermanos: Bernardino de Jesús Medina Merino, Luis Antonio Medina Merino y Maura Lilian Medina Merino, de dos años de edad. Según el testimonio, la niña no murió por las balas: fue asesinada con un corvo por un soldado, mientras su madre la sostenía en brazos intentando protegerla.

Algunos heridos permanecían con vida cuando los soldados revisaron los cuerpos. A quienes encontraron respirando, los remataron con armas blancas. Luego se retiraron del lugar, dejando los cadáveres abandonados frente a la iglesia.

Lorenzo y su hermano mayor, José Ángel Medina Merino, de nueve años, sobrevivieron porque quedaron cubiertos de sangre bajo los cuerpos y no fueron percibidos por los soldados. Fingieron estar muertos.

Soldados durante la guerra

DESPUES DE LA MASACRE

Tras la retirada de los militares, el lugar quedó lleno de cadáveres y personas agonizantes. Algunos pedían agua. Los dos niños sobrevivientes sacaron agua de un pozo cercano para dársela. Minutos después llegó un pariente de otras víctimas, quien los ayudó a salir del lugar, los llevó a lavarse la sangre y posteriormente los condujo a la casa de su tía Juana Medina, hermana de su madre.

A partir de ese momento, la vida de Lorenzo quedó marcada por la orfandad y la precariedad. La única familia que le quedó fue una prima, una niña de diez años cuando ocurrió la masacre. Ambos quedaron en una situación de extrema vulnerabilidad, sin padres ni adultos cercanos que pudieran hacerse cargo de ellos.

LA VIDA DESPUÉS DE LA GUERRA

Lorenzo creció entre casas prestadas, familiares lejanos y centros para huérfanos. Nunca recibió atención psicológica ni acompañamiento institucional. No hubo programas de reparación ni reconocimiento oficial durante su infancia y juventud.

En su vida adulta, la pobreza fue una constante. Sobrevivía vendiendo frutas en un carretón, en las afueras de oficinas públicas en San Salvador. En ocasiones dormía en la calle; otras veces, en cuartos prestados. El ingreso apenas alcanzaba para subsistir. El alcohol se convirtió en una forma de mitigar el dolor y de silenciar una memoria marcada por la violencia vivida desde los seis años.

Su hermano José Ángel, quien también sobrevivió a la masacre, se incorporó posteriormente a la guerrilla con la intención de vengar la muerte de su familia. Murió años después durante un operativo en San Marcos Lempa, cuando colocaba una carga explosiva.

EL TESTIMONIO DE LORENZO Y LA INDIFERENCIA

En el Tribunal de Justicia Restaurativa de Tecoluca, Lorenzo no pidió venganza ni compensaciones económicas. Nombró a sus muertos. Dijo fechas, lugares y circunstancias. Dejó constancia pública de una vida atravesada por la violencia, la pobreza y el abandono.

Cuando terminó su testimonio, el silencio ocupó la sala. No como gesto simbólico, sino como reconocimiento del peso de una historia que había permanecido fuera de los registros oficiales.

Desde los seis años hasta la adultez, nadie —ni el Estado ni las instituciones— respondió por los daños. Su testimonio quedó inscrito en Secretos Prohibidos del Pulgarcito, como evidencia de que la guerra no terminó con los acuerdos de paz, sino que continuó, silenciosa, en la vida de quienes sobrevivieron.

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Carlos Santos
Carlos Santos
Investigador y académico en temas de Derechos Humanos. Colaborador y columnista de ContraPunto

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