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martes, 18 de mayo del 2021

La guerra y paz en El Salvador

Si se hubiera cumplido la inmensa parte de lo pactado para la paz, a decir verdad, otro gallo cantara en El Salvador

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Antes de 1980 generaciones  completas de la sociedad salvadoreña ya sabían que el país se movía vertiginosamente hacia un grave conflicto político social. Sabían que se venía una insurrección o guerra civil. En la vecina Nicaragua la Revolución Sandinista había triunfado por medio de constantes y cada vez más nutridas insurrecciones populares, que tuvieron amplio apoyo nacional e internacional.

En El Salvador la izquierda armada soñaba con lo mismo; mientras la derecha, también armada, su gobierno y su ejército, ya hacían planes de exterminar hasta 100.000 "subversivos" -sotanas rojas incluidas- para detener la "caída de El Salvador en los brazos del comunismo".

Las masacres de las protestas populares se daban día tras día, regueros de asesinados y un sinnúmero de desaparecidos a la orden del día; vino el Golpe de Estado, la guerrilla no paraba de secuestrar a los poderosos… La guerra era un acto no declarado, hasta que vino el asesinato de Mons. Oscar Arnulfo Romero. Quienes ordenaron su magnicidio sabían que era la última gota que derramaría el vaso de sangre que pedía a gritos una inmensa balacera que no tendría fin. Unos lo propiciaron y los otros reaccionaron en la lógica de la vorágine interminable y cíclica. 

Y así, la sociedad se dividió en dos o tres facciones: la dictadura, la antidictadura y los ajenos a ambos bandos. Los ajenos pusieron millares de víctimas; los otros también, además de los que injustamente provocaron. Parecía la de nunca acabar.  Alguien no se imaginó que de esa guerra iba a sobrevivir. Hasta los que se iban al exilio siguieron resguardándose en la clandestinidad.

La paz, algunos dicen que fue porque la guerra no daba más… Es parte de la verdad. Pero también es cierto que presionó la geopolítica, así como los debilitamientos de apoyos a la guerra desde ambas partes. Vino la última ofensiva que no logró la bendita insurrección de las masas; pero también vino el horrendo crimen de la UCA. La guerra comenzó y terminó con sangre de santos.

Los acuerdos de paz fueron, aunque incompletos, una bendición. 

Si se hubiera cumplido la inmensa parte de lo pactado, a decir verdad, otro gallo cantara en El Salvador.

El incumplimiento -incluidos los retrocesos- ha sido la peor de las canalladas hechas a todos aquellos que se sacrificaron en la guerra, con sus muertes, desapariciones, torturas y exilios. 

Debemos debatir bien qué fue la guerra y que la provocó. Y también, qué fue la paz y qué provocó. Los responsables de los fracasos, que los asuman. 

Sin embargo, el actual liderazgo político no puede negar la Historia tal como ha sido. Y debe asumir los compromisos de construir un Estado cada vez más democrático, humano, solidario y pacífico. Es el sueño de todo aquel que ha nacido y amado a El Salvador.  

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