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lunes, 02 de agosto del 2021

La conspiración

No voy hablar de quién dio la orden, quién facilitó su ejecución o quiénes la financiaron. No. Mucha tinta ha corrido al respecto. Además, la Fiscalía General de la República es responsable de investigar la verdad, para judicializar el caso y lograr sancionar a quienes participaron ‒de cualquier forma‒ en la confabulación para consumar el asesinato de quien hace 40 años encabezaba la Arquidiócesis de San Salvador: el entonces monseñor Óscar Arnulfo Romero y Galdámez. La conspiración a la que me referiré es a la que estaba a la base de ese magnicidio: la del proyecto de muerte contra el proyecto de vida.

El primero se gestó históricamente en el país cuando los poderes formales, medio escondidos o del todo ocultos fundaron esta sociedad en la apropiación indebida de bienes ajenos, la exclusión económica de las mayorías populares, la normativa favorable a sus intereses, la falta de participación democrática de hecho, la violencia política y la criminalidad. Todo ello, asentado en la impunidad.

Antes dije “el entonces monseñor”, pero en adelante diré san Romero de América. Sé que esto aún le eriza la piel a algunas mentes cerradas que lo consideran cualquier cosa, menos mártir y santo. Entiéndanse con el Vaticano.  Pero, además, entérense que las Naciones Unidas lo homenajeó declarando el 24 de marzo como el Día internacional del derecho a la verdad en relación con violaciones graves de los derechos humanos y de la dignidad de las víctimas. Este salvadoreño, el más universal, siendo cuarto arzobispo metropolitano lideró pues ‒con más fuerza y autoridad‒ el proyecto de vida en favor de las mayorías populares de nuestro país.

Ese conflicto entre ambos proyectos, lo sintetizó así nuestro venerado santo en su homilía del 24 de julio de 1977: “La Iglesia no puede callar ante esas injusticias del orden económico, del orden político, del orden social. Si callara, la Iglesia sería cómplice con el que se margina y duerme un conformismo enfermizo, pecaminoso, o con el que se aprovecha de ese adormecimiento del pueblo para abusar y acaparar económicamente, políticamente, y marginar una inmensa mayoría del pueblo. Esta es la voz de la Iglesia, hermanos. Y mientras no se le deje libertad de clamar estas verdades de su Evangelio, hay persecución. Y se trata de cosas sustanciales, no de cosas de poca importancia. Es cuestión de vida o muerte para el reino de Dios en esta tierra”.

Había que apartarlo del camino, obvio, para continuar expandiendo lo que ahora nos está pasando e incrementando una gran factura: cuatro décadas después, El Salvador sigue siendo terreno fértil para sembrar cruces por sus numerosas víctimas de la muerte lenta y la muerte violenta. Y al día de hoy, en tiempos del coronavirus, la palabra profética se vuelve denuncia y advertencia.

“La maldad del sistema es lograr el enfrentamiento de pobre contra pobre […] víctimas del dios Moloc, insaciable de poder, de dinero que ‒con tal de poder mantener sus situaciones‒ no le importa la vida ni del campesino ni del policía ni del guardia, sino que lucha por la defensa de un sistema lleno de pecado”. Eso dijo el 30 de abril de 1978 y eso puede volver a ocurrir en estos tiempos, si es que no empezó a repetirse ya.

Ese mismo día, también exhortó a que la educación encarnara a la persona humana en su realidad que no es ‒como para mucha gente en estos tiempos‒ la “virtual”. Había que saberla analizar, afirmó, para ser críticos ante la misma. El fin último de la educación debía ser entonces informar y formar a las personas para su participación política, democrática y consciente en función del bien común. “Esto ‒aseveró‒ ¡cuánto bien haría!”. ¿Por qué? Porque sería herramienta útil para transformar lo nocivo de esa realidad. Pero no. Contrario al proyecto de vida, el proyecto de muerte le apostó al mal común que además le negaba la salud y el agua a inmensos sectores de la población, como aún ocurre en estos tiempos de pandemia.

Precisamente en la víspera de este 24 de marzo, un periodista de un medio mexicano me preguntó qué estaría diciendo el santo frente lo que ocurre  actualmente en El Salvador. “Exactamente, no lo sé”. Eso respondí pues sin su estatura intelectual, moral y ‒mucho menos profética‒ hubiera sido un desatino del tamaño del mundo atreverme siquiera a imaginar cuáles serían sus palabras en estas horas de tribulación. Pero sí me aventuré a pensar que cuatro décadas después ‒tras una guerra y una posguerra “gobernada” por tres distintos partidos‒ se estaría pronunciando por la vida; sobre todo, por la de las mayorías populares. No solo por la que estas intentan salvar huyendo de los males que las siguen abatiendo en su terruño, sino por una vida digna dentro del mismo.

El 24 de febrero de 1980, Romero informó que le habían avisado sobre una lista de quienes serían “eliminados” la siguiente semana. Su nombre estaba en la misma. “Pero que quede constancia ‒aseveró entonces‒ de que la voz de la justicia nadie la puede matar ya”. Transcurrido un mes exacto se cumplió la amenaza y Casaldáliga aseguró que, de inmediato, su pueblo lo hizo santo; el Vaticano solo lo ratificó. Y exactamente cuatro décadas después esperamos que nos haga el milagro de lograr que ese pueblo que lo canonizó deje de creer en falsos profetas y despierte, se organice y luche hasta lograr una justicia llena de vida e integral.

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