Dayana Peña | El Salvador
Cuando tenía cinco
cortaba el cabello de mis muñecas.
Era fácil.
Lo que crece, vuelve a crecer.
Nadie me enseñó
qué hacer
cuando lo que crece
es la tristeza.
Los días eran cálidos.
La vida sabía a galletas con leche
en diciembre.
En cada regalo
esperaba otra muñeca.
El tiempo pasó.
—Hay cosas —susurró el destino—
que ni el tiempo cambia.
Recuerdo la brisa
entrando por mi ventana.
La casa en silencio.
La noche demasiado quieta.
No había ladridos.
No había voces.
Solo ella.
La más brillante.
Mis manos temblaban.
Mis piernas olvidaban sostenerme.
La tomé.
El mismo gesto.
La misma costumbre.
Pero ya no era cabello.
Era una parte de mí
que ya no sabía
cómo hablar.
Seguí viva.
Más despierta
que cuando tenía cinco.
Hoy las muñecas
ya no pierden su pelo.
La infancia, sí.


