Por Francisco Rosales
Hoy vuelvo a verte, hija de mi vida,
tras tantos días de ausencia y dolor,
mi alma cansada hoy se siente erguida,
renace entera latiendo de amor.
Fueron los años testigos callados
de un anhelo guardado en mi ser,
sueños de abrazos que nunca olvidados
hoy se hacen carne al volverte a ver.
Treinta y dos vueltas te ha dado la vida,
y en cada una te quise alcanzar,
aunque la distancia, cruel y atrevida,
intentó en vano podernos separar.
Guardo en mis manos temblores sinceros,
al rozar tu presencia otra vez,
y en mis silencios, profundos y enteros,
grité tu nombre con honda avidez.
Eres la luz que jamás se ha apagado,
mi orgullo eterno, mi dulce razón,
aunque el camino nos tuvo alejados,
nunca soltaste mi fiel corazón.
Hoy te contemplo, mujer florecida,
fuerte, valiente, radiante al andar,
y en tu mirada descubro, querida,
la niña que vine un día a abrazar.
Déjame ahora guardarte en mis brazos,
sellar el tiempo con este calor,
que el reencuentro borre los pedazos
de tanta ausencia… y nazca el amor.


