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miércoles, 3 junio 2026
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Felices coincidencias: Danza de El Salvador en Chapultepec

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"Me alegra que el arte en El Salvador ahora se tome con la seriedad y el profesionalismo requerido": Gabriel Otero.

Por Gabriel Otero.

Nuestros orígenes siempre nos alcanzan, son una sombra que se funde con nosotros cuando la luz del sol es cenital y se transmuta en umbra, traigo a colación esta analogía porque en mi cotidiana labor de gestor cultural hay actividades que vienen sin buscarlas, solo llegan, listas para promoverse, todas relacionadas con aquel remoto y amado país en el que uno abandonó el ombligo.

Así fue con la función de la Compañía Nacional de Danza de El Salvador programada el pasado domingo 17 de agosto en la Isleta del Lago Menor, justo en la parte central de Chapultepec, en el marco de la décima edición del Festival Internacional de Danza Contemporánea de la CDMX, dirigido por el coreógrafo mexicano Rodrigo González, quien cuenta con una carrera de largo aliento y que es actualmente director de La Infinita Compañía que lleva montando varias temporadas del irruptor espectáculo “El cisne negro” en el Castillo de Chapultepec.

Rodrigo, es también, el coreógrafo de “Las cuatro estaciones” con la música de Antonio Vivaldi, obra con la que compañía salvadoreña se presentó ante el variopinto público dominical de Chapultepec. 

La agrupación es relativamente joven, fue fundada en 2008 y es dirigida por la maestra Yasmín Hernández, cuya formación profesional y parte de su desarrollo lo realizó en la república mexicana, ella encabeza una alineación de once talentosos bailarines que transmiten con sus cuerpos las expresiones primigenias del lenguaje.

Mi primer encuentro con ellos fue el viernes 15 de agosto cuando reconocieron el escenario y marcaron el espacio, yo los percibí jóvenes y disciplinados, me alegra que el arte en El Salvador ahora se tome con la seriedad y el profesionalismo requerido, no como en otras generaciones en las que la improvisación se interpretaba como genialidad.

Observé su ensayo durante un par de horas, hasta que uno de los payasos de la Terraza comenzó a invitar en sus altavoces, a presenciar su espectáculo, a los visitantes de verano, idiosincrasias de la Primera Sección chapultepequense, acá todos podemos convivir acatando ciertas normas, y ciertamente la compañía había rebasado el tiempo previsto, Rodrigo lo entendió perfectamente y a los minutos concluyeron.

La Isleta del Lago Menor, es el foro más complicado de todos los que manejo en Chapultepec, no hay energía eléctrica y hay que llevar planta de luz, a eso se debe agregar el montaje de sillas, carpas, camerinos y sonido adecuado para el sitio, se necesita el apoyo de un equipo numeroso de gente que monte en el menor tiempo posible.  

En este foro al aire libre, se han presentado únicamente tres agrupaciones dancísticas: la Compañía Nacional de Danza de México con 35 temporadas del Lago de los Cisnes de Piotr Ilich Chaikosvki; el Ballet Folklórico de México de Amalia Hernández; y ahora, la Compañía Nacional de Danza de El Salvador.

La danza tiene un poder hipnótico como espectáculo masivo, atrae familias que se quedan absortas contemplando los movimientos expresivos del cuerpo, no importa si es clásica, folklórica o moderna. 

Y llegó el día de la función, montamos desde muy temprano, Rodrigo había solicitado cuatro ramas de tres metros y hojas como parte de la utilería, la compañía vino varias horas antes para calentar y ensayar. 

El público llegó a colmar las sillas que se habían colocado en la Terraza, y después de varios días de lluvias intensas el sol surcó el cielo con todas sus fuerzas, aunque por momentos se ocultaba entre los copos de nube.

El espectáculo comenzó a la una en punto cuando se escuchó el ensamble de violines con un alma viajera del tiempo, era el primer movimiento de La Primavera, y salieron los bailarines posesionándose del escenario bajo una coreografía precisa que comunicaba con movimientos lo que las palabras no dicen. La coreografía me llevó de la mano a recordar los versos de Hugo Lindo en “Resonancia de Vivaldi”, un poemario bellísimo ilustrado por el artista Carlos Cañas.

Música, danza y poesía son una mezcla infalible para hurgar el sentimiento, y estos jóvenes tenían esa capacidad de proyectarlo con sus cuerpos, y en el devenir de los 12 movimientos de la más conocida de las obras de Vivaldi, aparecieron personajes bucólicos, cazadores, hadas y animales perseguidos en algún bosque mitológico.

Y disfruté la función, como el público, y aplaudí con energía, y pensé en escribir una crónica sobre el enorme trabajo que implica traer un espectáculo de este calibre y abracé a Rodrigo y en los camerinos felicité a la compañía por su espléndido trabajo.

Porque sin duda, a la Compañía Nacional de Danza de El Salvador, le esperan grandes satisfacciones.    

Gabriel Otero
Gabriel Otero
Escritor, editor y gestor cultural salvadoreño-mexicano, columnista y analista de ContraPunto, con amplia experiencia en administración cultural.

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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