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jueves, 05 de agosto del 2021

Estado y democracia plurinacional

De naciones culturales y radicalismo democrático.

El concepto polí­tico de pueblo remite a una organización humana en la que predomina cualquier forma de Estado. Pueblo, además, significa lugar, cantidad de habitantes y el conjunto de estratos pobres de una sociedad. ¿Quién decide que un grupo étnico es un pueblo y, aún más, que es una nación? Hay naciones polí­ticas y naciones culturales. La nación polí­tica se remite, como el pueblo polí­tico, al Estado. La nación cultural lo es porque se encuentra cohesionada por costumbres, idiomas y tradiciones. La nación cultural no necesita de un Estado para existir, y es el criterio que se utiliza para proponer Estados plurinacionales por parte de grupos organizados, agrarios o no, que se movilizan por reivindicaciones populares en el ámbito intercultural de América Latina.

Debido a la endeblez del culturalismo como polí­tica, el Estado plurinacional se propone como Estado único, descentralizado y representativo de las naciones culturales que lo integran, las cuales se someten a la autoridad estatal por medio de los mecanismos de la democracia moderna. Ésta, como se sabe, tiene sus raí­cen en el liberalismo clásico, de cuya impronta burguesa se ha intentado liberar muchas veces a fin de incluir a las mayorí­as en la ciudadaní­a plena. Ernesto Laclau propuso hace algunos años su concepto de democracia radical como camino de superación del carácter burgués de la democracia moderna, recetándoles a los liberales un poco de su propia medicina al proponer llevar el ideario liberal (igualdad de oportunidades, libre competencia y control del monopolios) a sus últimas consecuencias económicas, lo cual —sugirió— podí­a incluso conducir a algunas formas básicas de socialismo.

De acuerdo a las especificidades de cada paí­s, la democracia radical se ha intentado poner en práctica (sin seguir ciegamente a Laclau) en todos los experimentos del socialismo del siglo XXI (hoy bajo ataque mediante la táctica neoliberal de la “lucha contra la corrupción”) y en España, con Podemos. No es mi propósito analizar estos casos ahora, sino ligar la propuesta del Estado plurinacional con la de la democracia radical, a fin de ofrecer criterios para la fundación (que no refundación) de un nuevo Estado democrático, fuerte, probo y eficiente, que a la vez sea plurinacional, interclasista e interétnico, el cual impulse un interés nacional-popular del mismo tipo, con el fin de fundar una nación con iguales caracterí­sticas. Esto necesita de un gran pacto interclasista e interétnico, para lo cual, antes, debe ocurrir una amplia convergencia polí­tica de las organizaciones populares no financiadas por la cooperación internacional, que apunte hacia los objetivos descritos arriba.

¿Quiénes se negarí­an a fundar una democracia radical y un Estado plurinacional? Sólo aquellos a los que no convenga que un paí­s goce de igualdad de oportunidades económicas y culturales, libre competencia y control estatal de monopolios. Estos son los valores por los que se dicen regir los (neo) liberales. Pero serán ellos, en su calidad de vanguardia intelectual de la oligarquí­a, los que se opondrán a esto, aunque la convergencia nacional-popular los involucre —en igualdad de condiciones— en el proyecto. Este será un problema a superar.

¿Hacer la revolución sin tomar el poder ignorando al Estado? He aquí­ el nuevo confite contrainsurgente que el neoliberalismo le da a chupar al izquierdismo pueril financiado por la cooperación internacional.

www.mariorobertomorales.info

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