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miércoles, 3 junio 2026
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Escrito en una servilleta: Una charla intrascendente (1)

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Escrito en una servilleta: Una charla intrascendente (1).

Por René Martínez Pineda.
@ReneMartinezPi1.

Viéndose en el espejo, tararea una canción de vendedor de autos usados, y, de repente, piensa que es buen tiempo para perder el tiempo, sin remordimientos, sin catecismos punitivos, amparado, únicamente, en el placer de la contemplación del rocío ajeno, ese adictivo incienso teologal que, cuando desnuda su doctrina tangible y se mete por los ojos, se objetiva en charlas intrascendentes y reflexiones trascendentales… o para estar aquí, justo aquí, sentado al aire libre, cabizbajo, solo, sin máscaras, lanzándole maicillo a las palomas, tísicas de tanto tragar humo, que lloran la risa de los niños que no tuvieron una segunda oportunidad. Estar justo aquí, estar unánimemente solo, en el limbo presente del pasado, lanzándoles pedazos de pan duro y las sobras de un almuerzo minimalista, y así vivir la sensación de que a alguien alimentamos, mientras, para restarle segundos a los minutos, leemos carteles que, alternadamente, hablan del ayer y del hoy, y, sin saberlo, entramos en el caracol del tiempo en el que se confunde el tiempo de conjugación de los verbos, dice, viendo hacia todos lados, y a ninguno.  

¡Pero las putas afps siempre le ganan el partido a la selección de los pensionados pobres, y a la de los pobres pensionados! grita, haciendo gestos airados, y entonces respira profundo, como preparándose para sumergirse en el insondable mar de la memoria. A esta hora -son las tres de la noche, dice, en su Casio G-Shock, que compró en 1983- las bancas están abarrotadas con los indigentes de buen vestir que, como cadáveres huraños en un campo de batalla, fue dejando a su paso la industrialización sin industrias, en un país que, durante dos siglos, estuvo sumido en la impunidad colonial y la violencia bestial, porque ambas eran la garantía de gobernabilidad. 

Él, como todo anfitrión forjado en visitas protocolarias, incluso las inesperadas, llegó puntual a la cita. Luce una vieja e impecable camisa negra -estampada con la portada del último álbum de los Beatles, “Let it be”-, que disimula, según él, el dolor físico del que alardea el pantalón, unos jeans marca Lee, de botones clandestinos, punta de yuca, lavado en piedra, y comprado a la viuda de turno. Con paciencia de santo, se sienta a esperar y, con habilidad inusual, teclea en las rodillas: “Demons”. Esta vez, no les da de comer a las palomas -para no distraerse, y porque las mazorcas tuvieron caries notoria este año- hasta que, literalmente, aparece su invitado, un hombre con la misma apariencia cultural que él, lo cual es comprensible porque fueron compañeros de bachillerato, y su amistad se hizo innegociable un día de octubre que -regresando de jugar fútbol, en la finca San Nicolás- desde la calle vieja a Huizucar, vieron la inocencia de las diminutas luces del golpe de Estado que dejó las cosas en el mismo estado en el que las encontró. 

Te invité aquí, le dice, después del ritual saludo de mano, porque este es el lugar más neutral, confidente y propicio que conozco, y conozco muchos, para decirte lo que tengo que decirte, así como siempre lo he hecho: ¡verga a verga! ¿Te das cuenta de cómo la maldición fálica penetra la gramática cuando estamos a punto de decir una verdad brutal? Estas bancas, roídas por las desesperanzadas nalgas de los que no tienen ilusiones, ni homilías imperativas; cagadas, a destajo, por pájaros sombríos que ya no existen en los alambres del tendido eléctrico; llenas de hombres en busca de la placenta amarga que le dio vida al país, para tratar de cambiar, según ellos, su destino de venéreas devociones… estas bancas, son las mejores confidentes de los achaques otoñales y políticos, le dice, con voz pausada, aunque con la severidad de un sermón memorable y corajudo. 

Vos siempre supiste que yo no quería quedarme a vivir en el país, si seguía como estaba: desollado, enfermo, hediondo, invadido, lacerado y acechado por los escuadrones de matarifes oficiales y no oficiales, hasta el colmo de que, como súbditos de la vieja corona española ceñida en las inmortales sienes criollas, nos mataban y explotaban a diario, sólo porque sí. Aquí entre nos, a veces me pregunto ¿qué sería del país si la guerrilla hubiera ganado militarmente la guerra? Hace una pausa para esperar respuesta. 

Tenés razón, seguro correríamos la misma suerte que corrimos como leprosos en pleno jubileo, debido a que quedó demostrado que, para los líderes de ambos bandos, éramos las víctimas adscritas de este país, le dice, sin que el otro hubiera abierto la boca, Siempre supiste, añade, mientras se plancha el pantalón con las manos, y amolda las nalgas en los baches de la banca, que yo me la pasaba soñando con viajar lejos en el tiempo, tanto como la quimera de Verne me dejara, para tener la opción de cambiar la historia –zzaaas- en una sola pisada, le dice, segando el aire con el filo de su mano y aclarándole que se refiere a la huella de los pies. Y no porque fuera un malagradecido con la cultura de maíz, o porque, de joven, le temiera a los choques eléctricos, sino porque estaba falto de aventura… y, sobre todo, porque mi abuela me dijo, bajo un cielo petateado, que más allá del mar estaba oculto el tesoro de la utopía social a la que, lamentablemente, no pude llegar, porque tuve que mezclar el trabajo con la denuncia pública y la lectura feroz de los cuadernos de Gramsci.  

René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

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