René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)
Elemental, mi querido Guasón. Había que tener vocación de mártir inocuo, la fe de un profeta desterrado de su propio cuerpo, o el alma de un utopista empedernido, para sobrevivir en un país, paradójico y cruento, que fue constitucionalizado por sátrapas leguleyos de mente mínima y lengua máxima. Sin saber por qué, o desde cuándo, o por culpa de quién, este país dejó de disfrutar graduaciones escolares para sufrir funerales sin cuerpo presente. Sin saber por qué, o desde cuándo, o por culpa de quiénes, sus ciudades fueron besadas en la mejilla antes de que rompieran el ayuno. Y fue entonces que la desmemoria tomó la palabra, y la impunidad se tomó por asalto los juzgados con disfunción del miembro civil.
Cada fin de año -recreando, con frialdad cuaresmal, el drama del juicio final, ese evento de extinción masiva que, por unos minutos, nos hacía ser sinceros, porque ya no había nada que perder- nos dábamos cuenta de que lo único que crecía, con raíces profundas, era el amor por la familia… y el miedo, claro está; nos dábamos cuenta, también, de que ese amor, ciempiés precario, caminaba sin pensar cuál pie mover primero, pues tenía prisa por llegar al corazón.
Pero en este país que parió, sin placenta ni ombligo, a políticos obtusos que creían que todos los diezmos conducen a su cuenta de ahorros en Roma; en este país que amábamos tanto, sin saber por qué, o desde cuándo, o para qué, se daban pasos para atrás, a un ritmo constitucionalmente pulcro, y eso era lamentable, porque había demasiadas lápidas ocultas en el panteón de los ilustres anónimos de los artículos pétreos. Nos quisieron convencer, con sofismas rústicos y falacias pedestres, de que la democracia avanza con votos sanguíneos y arrastrando los pies en el lodo de la corrupción, y eso también fue lamentable.
En medio de tantas dudas y de tantos muertos precoces, sólo nos quedó refugiar y refugiarnos en la familia, ese diminuto enjambre de personas dulcitas que le daban solidez líquida a lo cotidiano que, por interpositum talea, se convirtió en nuestro universo constituyente. En pocos años (digo pocos, pero sé que el tiempo miente), el país se convirtió en un territorio distinto, como si cada uno de nosotros fuera alguien distinto y malo, como si convertirse en victimario hubiese sido la única opción de la víctima, y eso fue mucho más lamentable. Y extendimos los brazos para poder caminar hacia adelante, como jugando a la gallinita ciega. Sin saber cómo, ni para qué, ni por qué, aprendimos a caminar venciendo el miedo al ruido con el que tropezábamos, como si de repente nos hubiéramos quedado ciegos, ciegos primerizos, para terminar de joder. Pero no estábamos ciegos, podíamos distinguir entre lo malo y lo bueno, sobre todo cuando abrazábamos a un ser querido como si de eso dependiera nuestra vida… y la de él.
Fue la luz fulminante de un relámpago de hastíos, la que nos mostró el camino en medio de la tormenta de sangre; fue la lluvia de crueldad la que hizo germinar ilusiones en las campiñas de lo drástico; fueron los rostros insepultos de quienes amábamos, hasta lo indecible, los que nos dieron una brújula de bolsillo y una rosa domesticada; fue la ceniza de una carta de amor, sin remitente, la que nos dio las preguntas antes de las respuestas; fue la envilecida risa de los perfectos imbéciles que sodomizaron la Constitución, la que nos hizo recordar al muerto más hermoso de marzo; fue la sonrisa de los hijos, inventando razones para jugar sin tenerle miedo a las fronteras barriales, la que nos recordó que la utopía no está hecha de palabras… y de inmediato le pedimos perdón; fue el asco a los sofismas de los cuervos grávidos el que nos llevó a encumbrar la verdad pragmática sin gramática, ni graznidos ásperos y chirriantes; fue la presunción de vergüenza social, dictaminada por el espejo matutino, la que nos hizo reivindicar a las víctimas sin victimarios; y fue la jaula oxidada, llena de pájaros azules y buitres negros, perfectamente constitucionales, la que nos llevó a negarnos a cantar en cautiverio.
Elemental, mi patético bufón. Estábamos caminando en sentido contrario a las agujas del reloj civilizatorio, y estábamos empeñados en buscar amores de jade pirateado que sólo servían como premio de consuelo. Tuvimos que incendiar la nostalgia para arrasar con los olvidos de la memoria, eso fue inevitable. Elemental, mi insípido Protágoras, el amor por la familia nos obligó a tirar, por la borda de la dignidad, el lastre de las leyes de los victimarios, teniendo como fiel escudero a los amigos de carne y hueso con machetes desenvainados. Elemental, mi sórdido charlatán erudito, ese inmenso amor, sin que nos lo solicitaran, era refrendado en los días festivos, en tanto adelanto criteriado de la sociedad nueva que, sin saber cómo ni por qué, latía en la genealogía de los utopistas y de los locos sin nombre.
Elemental, mi patético Dr. Jekyll y Mr. Hyde de las falacias sin gracia, la familia es más refugio, y es más farolito, cuando nos pertenece la vida. Elemental, mi querido Edipo, si se camina a ciegas, se queda uno sin cómplices de la reinvención y, a ciegas, entramos en el laberinto de la soledad elemental sin saber dónde está el centro. Elemental, mi querido Curly, no hay nada más elemental que la seguridad para que, sin plagas ni sequías, florezca el pan recién horneado y el amor por la familia, y en eso no hay excepciones, porque la excepción inválida la regla, así como el sofisma invalida la verdad.



