spot_img
martes, 16 junio 2026
spot_img
spot_img

Escrito en una servilleta: El unicornio morado de San Esteban.

¡Sigue nuestras redes sociales!

Por: René Martínez Pineda (@ReneMartinezPi1)

Cuando los ojos son sacados por el cuervo de alas grotescas y cabeza diminuta, la imaginación toma el lápiz y dibuja, con palabras, lo que no ha visto. Ese es un inaudito ensayo sobre la ceguera, algo así como creer que uno está comiendo cuando ve, del otro lado del vidrio, lo que otros comen. Ese es un trueque podrido y fraudulento que, por conciencia espejo, fue perfeccionado por el bohemio del hambre sin boca; por el indigente de la palabra sin pelos en la lengua; y por el migrante indocumentado al que el país se le caía de las manos al nomás cruzar la frontera.

Un labial, de los mágicos, para dibujarse un beso indeleble que disimule la zozobra; un frasquito de pachuli, para espantar los malos espíritus y la mala suerte; una blusa de segundo cuerpo, limpia y planchada, por si no llega a dormir a casa; un rubor espeso -Cyzone o Maybelline- para mitigar la palidez de los huesos y hacer irresistible la desnudez; las partidas de nacimiento de sus hijos, por si tiene que heredar con dispensas de santos óleos; un cepillo de dientes, con cerdas de cadejo, por si le toca decir la verdad, sólo la verdad y nada más que la verdad, aunque mienta cuando la diga; el diagnóstico médico de un parto difícil que la hizo más bella y valiente; el álbum de fotos de su familia, desde la primera generación; una copia, autenticada y marginada, de las escrituras de la champa empírica que compró con dificultades de pago y facilidades de embargo. Había espacio para meter una serpiente rumiando a un elefante, y, acomodando bien las cosas, hasta cabía lo no sucedido como presagio de la nostalgia.

Tenía años de no revisarle la cartera a la utopía, esa metáfora sin carne ni huesos que fue mi cómplice criteriada en el insomnio de la incertidumbre que le rezaba a San Esteban. Ella sabía que era mi cómplice, pero nunca tuvo valor de sacarme del platonismo de creer que estaba hecha de palabras, y siempre tuvo el pudor de no decirme que yo tenía permitido romperle el himen en el fragor de las revueltas populares. Esa fue su táctica para mantenerme antagónicamente cerca, o consensuadamente lejos, todo dependía del ir y venir de la paradoja del momento. Cuerpo y sombra; caricia y golpe; agua y sed; surco y azadón; beso y mejilla; verdad y sofisma; Caín y Caín.

Y luego vinieron: unos acuerdos de paz para mantener los desacuerdos de la guerra; un fin de las hostilidades, en un país que era hostil por sentencia constitucional; una tregua entre líderes, para mandar a la guerra a sus seguidores, idénticos en sus boletas de empeño y funerales sin café, ni cemita, ni lloronas de alquiler. Extendí la mano para tocar el silencio de las puertas, para abrir el magma del miedo adquirido sin conocimiento de causa, para deshacer los dibujos hechos en el vaho de la última ventanilla, del último vagón, del último tren a Macondo. En esos días el país era infinito e inédito, un laberinto de calles sin sobreseimiento definitivo, un enjambre de rostros anónimos, un calendario que no pasaba del 2 de noviembre, una tumba sin cuerpo presente, una foto fogosa sin imagen visible.

En el limbo de la ciudad, más allá de los centros comerciales, la paz era una ballena blanca en peligro de extinción; la sangre de las víctimas era el único artículo pétreo de la Constitución de los canallas, similares y convexos; las noticias amarillistas de los traidores eran la única verdad alzada como faro del fin del mundo. En las aceras, sólo había restos de humedad seca, latas de cerveza como antídoto de la agonía, basura amontonada en los pies de los mercados, camisas rotas en el rincón del sudor, camas ajetreadas con olor a coito prepagado y a pelos quemados en la vigilia del vacío.

En esos días, la utopía deambulaba por la calle jactándose de su cartera insaciable; la vida era una hiena falaz que pastaba en el morboso placer de la levedad de las víctimas que, por costumbre, navegaban a la deriva en un barco sin proa ni capitán. Qué tiempos esos en los que, gozosos, inventamos nuestro propio oscurantismo, y casi nos convencen de que, si recuperábamos la paz, dejaríamos de ser libres y caeríamos en el caos vaticinado por los testaferros del victimario. Cínicos de oficio, manipuladores con fines de lucro que se masturban cuando leen, frente al espejo, “Las aventuras del Barón Münchhausen”, y después salen a regalar tarjetitas de presentación, como quien reparte pases para entrar a la función estelar del circo de “Chaquetazo”, el payaso que se consumió en sus propios chistes.

Viendo el pasado desde el presente -una injusticia teórica, si me lo preguntan- creo que fue necesario que descendiéramos hasta el décimo círculo del infierno -el de la maldad espontánea, que no previó Dante- para que tomáramos conciencia de que no debíamos seguir siendo lo que éramos. En ese fondo estaban las razones de la sinrazón; desde ese fondo, inició la escalada de retorno. Y es que la utopía obra de maneras misteriosas que lindan con la añoranza de lo que sólo se ha vivido en el imaginario. Tuve que convertir en metáforas los números malditos, para que las personas no fueran reducidas a un número; tuve que recoger, uno por uno, los glóbulos rojos derramados impunemente, para escribir la declaración de los derechos humanos de las víctimas; tuve que abrir las cartas sin destinatario que fueron archivadas en el correo de la justicia en cuarentena, para buscar las palabras precisas con las cuales dibujar una utopía domesticando al unicornio morado de San Esteban; tuve que explicarle a la política que el orden de los factores sí altera el resultado de la felicidad.

Morir por la utopía es fácil, es un acto único e irreversible, lo difícil es vivir por ella y convivir con ella para reconstruirla, todos los días, mientras jugamos “esconde el anillo, escóndelo bien”, en un país que se robó los ejidos, y los escondió, bien, en los artículos pétreos que están en el bolsillo de los oligarcas.

René Martínez Pineda
René Martínez Pineda
Sociólogo y escritor salvadoreño. Máster en Educación Universitaria

El contenido de este artículo no refleja necesariamente la postura de ContraPunto. Es la opinión exclusiva de su autor.

También te puede interesar

Últimas noticias