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jueves, 05 de agosto del 2021

Entre el pasado y el futuro: adiós al Frente

Algo ha sucedido, digo yo, cuando ahora, ante las próximas elecciones, estas dos fuerzas ya no compiten tanto por el triunfo como por evitar una gran derrota

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Qué previsibles y aburridos me parecen esos artículos donde alguien se pregunta si el pensamiento o la política de Nuevas Ideas son nuevos. Me parece un interrogante atrapado en la agenda ideológica del gobierno. Con ganas de refutar ese gancho propagandístico que les ponen delante, dichos sesudos editorialistas sienten confirmada su inteligencia cuando aseguran que, hoy por hoy, no hay nada nuevo bajo el sol salvadoreño. Es la misma política de siempre nos dicen, después de examinar a Bukele, como si nos hicieran una gran revelación. Vaya, por dios.

Lamentablemente, ninguno de esos licenciados y doctores que juzgan mal al parlanchín bachiller que nos gobierna se hace la pregunta del millón: ¿Estamos en una circunstancia política nueva? Por supuesto que estamos en una situación política nueva y admitirlo debería ser una premisa vital en nuestras reflexiones a partir de ahora.

Durante más de treinta años, las principales fuerzas políticas de nuestro país fueron Arena y el FMLN. Las alternativas del triunfo o la derrota electoral se las repartían entre estos dos partidos. Algo ha sucedido, digo yo, cuando ahora, ante las próximas elecciones, estas dos fuerzas ya no compiten tanto por el triunfo como por evitar una gran derrota.

El caso del FMLN, por ejemplo, es grave. No se engaña: su triunfo electoral ya no consiste en el dominio de la asamblea legislativa, su gran logro sería no volverse insignificante e irrelevante dentro de ella ¿Quién habría predicho esta situación hace diez años? Y no peligra ante Arena sino que ante un nuevo adversario. Afinemos más, el caso es que los antaño enemigos tienen que sumar ahora sus fuerzas para no desplomarse otra vez ante su nuevo adversario ¿Quién habría previsto esta situación hace diez años? Quién podía haberse imaginado, en los años noventa del siglo pasado, que un día Arena y el Frente se necesitarían para sobrevivir.

Pero vayamos más allá de la superficie del teatro electoral y preguntemos cómo fue posible que más de medio millón de votos se alejaran del FMLN. Esta deserción masiva de simpatizantes y votantes no la explica tan solo la muy socorrida hipótesis de la aparición de un joven y embaucador flautista de Hamelin. Traída a nuestra situación, esta alegoría contiene un gran desprecio porque trata como animales dóciles, infectos y pasmados a quienes se convirtieron en seguidores del flautista palestino. Se nos da mejor despreciar que explicar. El seductor flautista hizo lo que hizo gracias a su carisma, por supuesto, pero sobre todo gracias a que ya existía un larvado divorcio entre un sector del pueblo y los líderes de la que antaño fue la organización popular más representativa.

Este profundo rechazo, este profundo divorcio, consumado en las últimas elecciones presidenciales, no solo implica una nueva interpretación del presente (mala o buena, da igual), también supone un juicio negativo extensible a los dos partidos que firmaron la paz en 1992. No se rechaza la paz, entiéndase bien, sino a quienes fueron sus pésimos constructores y gestores durante más de treinta años.

Las palabras de Bukele en el Mozote, el pasado diciembre, solo fueron una glosa superficial del profundo corrimiento de tierras que hubo en las últimas elecciones presidenciales. Ahí hubo una especie de adiós al FMLN, pero lo más sorprendente es que ese adiós era también para Arena. No digo que lo que venga después será mejor, a veces se sale de un error cometiendo otro distinto. Solo digo que hemos traspasado una frontera y ahora, desde la otra orilla, podemos empezar a ver con otros ojos qué ha sido de nuestra vida ciudadana en los últimos treinta años.

Marzo del 2019 tenía que haber sido el inicio de un profundo debate interior en los partidos derrotados y en el mismo seno de la sociedad civil salvadoreña. Ya desde ese punto del tiempo era factible pensar que en el 2021 Bukele podía lograr el control de la asamblea legislativa. Los interesados en que eso no pasase tenían que hacer un diagnóstico lúcido de su derrota y también del triunfo de su adversario. Dos años después, podemos inferir que sus diagnósticos fueron desacertados o que, si fueron buenos, no sacaron las conclusiones prácticas que hacían falta.

De sus más de treinta años de dominio de la escena política salvadoreña, Arena y el Frente salieron profundamente desprestigiados, dañados en su credibilidad como partidos que, de una u otra forma, defraudaron a la ciudadanía y a sus votantes. Es tan profundo el daño de su imagen que solo un gesto radical de cambio en sus conceptos y en su liderazgo les habría permitido reparar algo de su prestigio agujereado. Y no lo hicieron.

Esta incapacidad de dar un giro radical en su imagen y trayectoria permite que caigan fácilmente en los lugares comunes que sobre ellos tiende el poderoso relato de Bukele, ese relato que los presenta como farsantes que apelan a un pasado histórico para justificar su aprehensión del poder gubernamental como si fuera un botín tanto para las viejas como las nuevas elites. Si ese relato es poderoso y tiene vigencia es porque hasta cierto punto se sustenta en la realidad. El vergonzoso nepotismo de la cúpula del Frente la retrata; el enriquecimiento de algunos de sus miembros la retrata; la obcecada y ya gerontocrática permanencia en los puestos de influencia del partido la retrata y la hace encajar perfectamente en el poderoso relato de Bukele que a estas alturas es el relato o interpretación que ha hecho suyo un gran sector de la ciudadanía.

En vez de hacer un doble movimiento (desgastar a Bukele, al mismo tiempo que se reformaban radicalmente por dentro para presentarse como partidos que habían tirado verdaderamente el lastre de su pasado), Arena y el Frente solo apostaron por erosionar al gobierno, sin abjurar de manera creíble de lo más lamentable de su trayectoria en la posguerra. Para el desgaste de Bukele han dispuesto de la Asamblea Legislativa, han movido sus peones en el Poder Judicial y han contado con el poderoso apoyo mediático de la prensa conservadora y la prensa liberal. A eso sumémosle el respaldo de la ANEP y de la UCA.

Habría que preguntarse por qué contando durante dos años con todas estas poderosas herramientas institucionales y mediáticas, Arena y el Frente no han sido capaces de reducir la ola de apoyo que llevó a Bukele a la presidencia. No es porque la gente sea tonta, es porque estos partidos y sus estrategas han vuelto a equivocarse en su manera de enfrentarse a su nuevo adversario político. El marketing no hace milagros, una credibilidad profundamente mellada no se repara solo con publicidad.

Ahora leo a gente que le dedica versos cursis a la memoria histórica, como si esta fuese un espacio virginal y ajeno a los usos políticos y a salvo de las taras ideológicas. No, la memoria histórica –aun cuando reivindica hechos– es un campo en disputa. El Frente, por ejemplo, al mismo tiempo que ensalza su ya viejo pasado guerrillero, se ha desentendido de la suerte judicial de las víctimas del conflicto y de las condiciones en que ahora viven los veteranos de guerra. El Frente hace un uso ideológico de la memoria histórica. El pasado ya solo es una capa de lenguaje que le sirve para tres cosas: darse una falsa identidad política, cohesionar a militantes y simpatizantes, y encubrir el verdadero contenido de sus políticas actuales. En la práctica, el FMLN se ha convertido en una burocracia que utiliza un lenguaje y unos símbolos radicales que ya no se corresponden con su naturaleza de partido burgués integrado en el mundo de las elites que gobiernan en nuestro país. Y su problema es que ahora un gran sector de la ciudadanía lo ve así: como un fraude.

Lo que sucedió en febrero del 2019 debería conducirnos a nuevas interpretaciones del conflicto, los acuerdos de paz y la gestión de la posguerra. Ya se agotó el ciclo de las visiones y promesas de Arena y el Frente, lo que no significa que debamos aceptar las de Bukele. En un tiempo donde es necesario reinterpretar el pasado y el presente e inventar de nuevo la esperanza del cambio, los partidos incapaces de tirar el lastre de su podredumbre y las visiones desfasadas será difícil que reencuentren la confianza de la ciudadanía y el aliento para encarar otro futuro.

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Álvaro Rivera Larios
Escritor, crítico literario y académico salvadoreño residente en Madrid. Columnista y analista de ContraPunto
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