Por Juana M. Ramos (*)

En “¿De qué hablamos cuando hablamos de memorias?”, Elizabeth Jelin afirma que “[a]bordar la memoria involucra referirse a recuerdos y olvidos, narrativas y actos, silencios y gestos. Hay juegos y saberes, pero también hay emociones. Y también huecos y fracturas”. Asimismo, identifica dos ejes conceptuales al hablar de la memoria, uno de ellos es el que “se refiere al sujeto que rememora y olvida. ¿Quién es? ¿Es siempre un individuo o es posible hablar de memorias colectivas?”; el otro apunta “a los contenidos, o sea, la cuestión de qué se recuerda y qué se olvida. Vivencias personales directas, con todas las mediaciones y mecanismos de los lazos sociales, de lo manifiesto y lo latente o invisible, de lo consciente y lo inconsciente” (17-18). Y son precisamente estas palabras de Jelin las que afloran y a las que recurro tras una lectura concienzuda de La Noventa, nueva entrega poética del escritor dominicano Edgar Smith, cuya propuesta encuentra asidero en la memoria, tal y como se preludia en la dedicatoria que abre el texto: “Para Abu, mami y los caballitos voladores”. Dicho anticipo descansa en la familiaridad con la que introduce a esos actores que, a lo largo de este cuaderno poético, se le antojan al lector como simiente y cimiento del viaje al origen propiciado por el acto de recordar, por el rescate de las memorias, de “los recuerdos” que “se recuerdan entre sí”, como indica el yo poético.

Quiero aquí detenerme brevemente en el poema que le abre las puertas al lector a esa casa, que es el texto, y en el que la voz poética establece, exégeta de su propia propuesta poética, el poder de la palabra: “Chichigua o Cometa, a veces Capuchin”. Edgar Smith entiende a la perfección el poder evocador de la palabra, su plurivalencia, su calidad polisémica, su vastedad misma: “Y como cada cosa no es solo una / en sí misma, sino muchas en su / relación con todas las otras…” (vv. 13-15). Dicha plurisignificación genera correspondencias transculturales, vasos comunicantes, todo aquello que se constituye en un andamiaje sémico que nos recuerda que en el acto de nombrar nos poseemos, nos reiteramos, volvemos al origen, nos entendemos en la pluralidad y en la sucesión de las identidades que se forjan en la experiencia misma del sujeto y su relación con el lenguaje. Por ello, no es gratuito que el libro inicie con ese poema, dado que funciona como umbral de la memoria (en tanto facultad de recordar) y de las memorias (en tanto aquello que se recuerda).

En este sentido, la palabra, transmutada en discurso poético, narra esos actos, silencios, gestos, saberes, emociones, huecos y fracturas a los que hace referencia Jelin. La experiencia mnemónica en La Noventa pone de manifiesto a ese “sujeto que rememora” y que rebasa su individualidad. En “Emí”, el hablante poético reclama su individualidad, se afianza en su identidad en el primer verso, “Soy la tarde”, verso que se desborda y se completa en el segundo, mediante un encabalgamiento sirremático: “dormida sobre la acera”. Esta figura retórica propicia una alteración en el ritmo sintáctico que de alguna forma mimetiza (y anticipa) la irrupción de una conciencia de “ser” en tanto otros “fueron” antes que el yo poético. Edgar Smith construye así una gramática del recuerdo. En otras palabras, el recuerdo de sí mismo en un tiempo anterior al que ahora habla le permite construir una suerte de genealogía, asidero de sus “gestos”, “saberes” y “emociones”: “Mi padre y mi madre me miran con / extraño orgullo. / Soy fruto del amor hecho añicos. / Mi padre tan ausencia. / Mi madre tan culpa, tan sacrificio” (vv. 11-15). En la palabra que rememora la infancia se anida también una memoria colectiva que lo contiene todo y a todos: “Yo soy aún el espacio alegre / de mi abuelo y la mañana / de domingo que José José / eligió para mi madre y para mí” (vv. 75-78). Además, habrá de multiplicarse en pos del tiempo transcurrido, otra forma de lenguaje: “Los muchos hombres que me / habitan residen en el anhelo / de ser niño” (vv. 26-28). En “Plato Azul” ocurre algo similar. En la memoria individual que recuerda actos propios del yo lírico se contiene Abu, por lo tanto, al narrarse en su pasado narra a su vez el pasado de Abu: “Abu caminaba el Conde como / quien deambula por su propio / cuerpo. / Y yo a su lado me bebía ese / mundo de piedra y gente y tiendas…” (vv. 15-19).

Por otro lado, es importante destacar aquello que se recuerda (o que se olvida), en palabras de Jelin. La memoria distendida nos muestra esos espacios en los que el yo poético traza su propia cartografía de lugares habitados y, gracias al recuerdo, aún habitables. Así, en “La Baltasara”, la mirada del niño que la dimensionaba “ancha” la percibe, desde el presente en el que está apostado, una calle en la que “…apenas dos autos y un niño / cabían al ras…” (vv. 8-9). Hay aquí una fractura entre percepción y realidad posibilitada por el correr del tiempo. En el proceso de modernización sucumben no solo sus habitantes, sino también la fidelidad de la memoria. Ahora bien, más allá del trazo fidedigno de La Baltasara, lo que mantiene vivo el recuerdo son los juegos infantiles y, en particular y de forma “extraordinaria”, “la eterna bondad de mi abuelo / en su mecedora / y el encuentro con las libélulas” (vv. 51-53). Es decir, lo intangible, aquello que toca las fibras de la sensibilidad. Así mismo sucede en “El balcón”, la palabra evoca memorias enquistadas en espacios que la voz poética lleva incorporados y en los que se repite lo inasible, lo que descansa en la emoción: un fuego, el descubrimiento de la vida, del miedo, de la poesía; el timbre de una voz, un aguacero, tal como lo indica la voz poética. Los objetos funcionan también como detonantes del recuerdo. El yo lírico los apostrofa, establece un diálogo, se da, por momentos, una suerte de personificación, porque en ellos habita la esencia y la historia del ser amado, como puede leerse en “La mecedora”: “En tu leve vaivén / abarcaste sus épocas, / sus victorias calladas, / sus congojas” (vv. 10-13). En ese diálogo se narran los silencios. Otras veces la congoja y el dolor de la ruptura se hacen presentes, como puede verse en “El mueble”, poema en el que se pone de manifiesto una especie de orfandad propiciada por el vacío, tanto físico como emocional. Porque hay objetos en los que se contienen historias íntimas, personales.

En La Noventa, poemario exquisitamente escrito y acentuadamente humano, Edgar Smith nos toma de la mano y nos conduce por los laberintos de la memoria, de sus recuerdos, de todo aquello a lo que sigue asido el niño que fue y en cuya voz poética brota. Asimismo, nos da una muestra de su oficio de poeta y de una sensibilidad capaz de tocar las fibras más profundas de sus lectores, esto es, de hacer poesía.

Obras citadas:

  • Jelin, Elizabeth. “¿De qué hablamos cuando hablamos de memoria?”. Los trabajos de la memoria por Jelin. Siglo Veintiuno Editores, 2002, pp. 17-37.
  • Smith, Edgar. La Noventa. Books&Smith Indie, 2021.

Biografía de Edgar Smith:

Edgar Smith—Santo Domingo, República Dominicana. Escritor, editor y traductor, director de la editorial Books&Smith Indie y fundador del evento poético Versos Estivales, NY.

Ha publicado quince obras en los géneros de novela, cuento y poesía, tanto en español como en inglés. Entre estas, se destacan la novela arrimao (2017), el libro de cuentos 

Through this strange window (2021) (#1 amazon bestseller), y los poemarios Versenal (2016) y Voz Propia / Voice of our own (2019).  

Trabajos suyos han sido incluidos en varias revistas literarias, tales como Azahar, Trazos: huellas literarias, Hybrido, The Latino Book Review Magazine, 

The Nueva York Poetry Review, entre otras. Además, ha sido invitado a varias antologías, entre ellas: Retrato íntimo de poetas dominicanos (2019), Voces del café (2018),

Muñecas (2017), Voces poéticas de nuevo siglo (2018), The Multilingual Anthology of The Americas Poetry Festival (2015 & 2017), y Residencia en Nueva York: 

cuentistas hispanos (2021).

Ha traducido trabajos de renombrados escritores, tales como Elssie Cano, Elsa Batista, César Sánchez Beras, y Luisa Navarro, entre otros.

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