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martes, 27 de julio del 2021

El rí­o nunca llamó a traición

Hay momentos en que no queda de otra: inexorablemente, debemos tomar decisiones decisivas que marcarán nuestro devenir por siempre. Y casi siempre, allá en el fondo, se escucha una “banda sonora” acompañando firmemente lo determinante de estas. A mí­ me tocó enfrentar un dilema de enorme envergadura personal hace 45 años, cuando debí­ decidir entre seguir en la Universidad de El Salvador (UES) o renunciar definitivamente a ese ví­nculo, tanto académica como polí­ticamente. Opté por lo segundo; a estas alturas del partido, no me arrepiento. Habí­a ingresado en octubre de 1973 cuando estaba ocupada militarmente desde el 19 de julio de 1972 y la regenteaba un “consejo de administración provisional”: el tristemente célebre CAPUES.

Así­, rápido, comencé a desentenderme de las ciencias jurí­dicas que desde mi infancia ‒al observar a mi padre ejercer la profesión‒ veí­a como el camino para hacer valer la justicia; “inocente pobre amigo”, me debió susurrar suavemente la fealdad del “sistema de injusticia” imperante. Decidí­, pues, afincar mi futuro fuera de la UES cruzando una calle: aquella que la separaba de “La Fosa”, el precario asentamiento humano insignia y protagónico en la lucha reivindicativa desplegada por la Unión de Pobladores de Tugurios (UPT), que estaba por nacer como parte del Bloque Popular Revolucionario (BPR) también en ciernes.

Este fue “presentado en sociedad” comenzando agosto de 1975, con la primera “toma” de la catedral metropolitana; casi simultáneamente, el Socorro Jurí­dico Cristiano (SJC) abrió sus puertas en el Externado de San José siendo su rector el ‒a casi tres décadas de su ejecución‒ añorado Segundo Montes. Las calles aledañas a ese encumbrado colegio jesuita y al Instituto Salvadoreño del Seguro Social fueron ensangrentadas, el 30 de julio de ese año, por fuerzas gubernamentales que asesinaron y desaparecieron estudiantes universitarios y pueblo que acompañaba su protesta. Antes, el 22 de junio, integrantes de la Guardia Nacional (GN) masacraron a varios campesinos en el cantón Tres Calles, San Agustí­n, Usulután. Así­, en pocos dí­as coincidieron represión oficial con  organización social y defensa de los derechos humanos. Vení­an tiempos “color de hormiga”.

Esa etapa cardinal de mi existencia estuvo deleitada, cual fondo musical, por el  entrañable Quinteto Tiempo interpretando la inspiradora “rola” del querido Julio Lacarra: “El rio está llamando”. Con exquisitos acordes, yo pedí­a a mi amor de entonces me diera su ternura ante una calma que olí­a “a tempestades”; se la pedí­a, consciente de lo largo de la lucha. El rí­o llamaba, pero no a traición. Con tanta juventud de la época inmersa en el más terco pero noble idealismo, entonábamos el verso de Héctor Negro que cerraba ese casi “himno”: “Adelante, compañera. Salgamos a la calle, no nos entreguemos y hagamos que esto… ¡ande!”.

Lo anterior y el haber seguido los pasos de mi hermano Roberto desde 1970, me marcó. El primogénito de la familia Cuéllar Martí­nez, a su vez, seguí­a los del jesuita José Marí­a Cabello quien ‒además de ser nuestro profesor de quí­mica‒  acompañó coherentemente el surgimiento en nuestra capital de quizás la primera “zona marginal” ‒así­ las mentaban‒ hace casi medio siglo: “La Tutunichapa”. Por ello, “Cabellito” fue secuestrado y golpeado salvajemente también por agentes de “la benemérita” GN.

Pese a que me “coqueteaban” insistentemente para que ingresara al UR-19 ‒ ala estudiantil del BPR, cuyo nombre completo era Universitarios Revolucionarios “19 de julio”‒ nunca escuché esos llamados y fue la mejor decisión que tomé. Estuve y estoy seguro de eso. Me decanté por trabajar con la UPT en los mencionados tugurios y en otros muchos, de donde surgieron liderazgos y militancias heroicas. Hubo generosidad y entrega; también, hay que decirlo, varias historias sórdidas. Pero nunca se traicionó mí­seramente a quienes entregaron su vida tratando de construir una sociedad distinta, donde el respeto de los derechos humanos fuese  irrestricto. No fueron pocos dirigentes del UR-19 quienes sí­ lo hicieron para terminar disfrutando ‒corrupta e indecentemente‒ “el buen vivir” en legislaturas, gobiernos centrales y locales, sedes diplomáticas e incluso organizaciones delictivas. 

Tení­a razón Roque. “Como la cosa estaba agarrando color de hormiga ‒escribió‒  los ricos desempolvaron la mejor de las armas contra el ultraizquierdismo o sea las elecciones; las elecciones para coexistir en las urnas donde todos los salvadoreños fueran iguales o sea donde todos fueran igualmente engañados con música de fondo de democracia y paz”. También al subrayar que “hubo ultraizquierdistas que comprendieron a tiempo las ventajas de coexistir mediante contundentes argumentos escriturados en cheques, embajadas, ministerios, premios de la loterí­a, becas, casas en la colonia Centroamérica, mujeres, guaro…”

PD: El 20 de junio de 1980 hubo otra intervención militar en la UES, que incluyó también a “La Fosa”. El saldo fatal fue de más de 30 personas asesinadas, alrededor de 25 heridas y dos centenas de capturas.

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