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martes, 1 septiembre 2026

El Principito: el libro que llegó demasiado pronto y se quedó para siempre

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Zarko Pinkas |

El primer libro que me regaló mi madre cuando apenas comenzaba a leer fue El Principito. Lo leí con el entusiasmo de un niño que descubre el mundo a través de otro niño, sin imaginar que aquellas páginas, sus personajes y sus pequeñas ilustraciones iban a dejar una huella que permanecería conmigo durante décadas. Volví a leerlo muchos años después, ya adulto, y descubrí que detrás de aquella historia aparentemente sencilla habitaba un libro mucho más triste, profundo y cercano a las preguntas esenciales de la existencia. Porque hay libros que simplemente se leen y otros que, de alguna manera misteriosa, terminan leyéndonos a nosotros.


El primer libro que me fue regalado por mi madre cuando recién comenzaba a leer fue El Principito. Lo recibí con el entusiasmo de un niño que descubre que un libro puede abrir una puerta hacia otro mundo. Lo leí precisamente así: con el entusiasmo de un niño leyendo la historia de otro niño. En aquel momento no podía comprender todo lo que había detrás de aquellas páginas, pero algunas imágenes, algunos personajes y ciertas emociones quedaron dentro de mí con una permanencia que entonces no podía sospechar.

Muchos años después comprendí que los libros importantes de nuestra vida no siempre son aquellos que entendemos completamente cuando los leemos por primera vez. A veces son los que dejan una sensación que permanece sin nombre. El Principito fue para mí uno de ellos.

Recuerdo especialmente las experiencias del pequeño príncipe cuando llega a la Tierra, su encuentro con la serpiente, su relación con el zorro y, sobre todo, esa obsesión amorosa con una rosa que parecía tan distinta a todas las demás. Recuerdo también las ilustraciones, aquellas acuarelas sencillas y extrañas que acompañaban la historia y que pertenecían al propio Saint-Exupéry. El dibujo y la palabra parecían formar parte de una misma respiración. No era solamente un libro para leer: era también un libro para mirar.

De niño, probablemente me quedé con la aventura. De adulto, cuando volví a leerlo muchos años después, me encontré con un libro completamente distinto.

Ya no era solamente una historia infantil. Era un libro profundamente triste y quizá esa tristeza siempre estuvo allí.

Una de las cosas que más me conmueve de El Principito es que habla de cuestiones enormes utilizando palabras aparentemente sencillas: la amistad, la soledad, el amor, la pérdida, la responsabilidad, la necesidad de cuidar aquello que amamos y, finalmente, la muerte. Saint-Exupéry consigue algo difícil: hablar de asuntos que normalmente pertenecen a la filosofía sin convertir el relato en un tratado filosófico. El niño comprende una cosa; el adulto, otra. Y ambos tienen razón.

Por eso no sé si El Principito es exactamente un libro existencialista, pero sí posee una sensibilidad profundamente existencial. Está atravesado por preguntas sobre el sentido de la vida, la soledad, los vínculos humanos y la muerte. No existe en Saint-Exupéry esa oscuridad filosófica radical que podemos encontrar, por ejemplo, en Jean-Paul Sartre, pero sí existe una melancolía permanente, como si detrás de cada encuentro hubiera una despedida esperando.

El viaje del Principito por distintos planetas es también un viaje por las debilidades humanas. Se encuentra con adultos encerrados en sus propias obsesiones: el poder, la vanidad, la acumulación, la necesidad de ser admirados. Son personajes aparentemente absurdos, pero quizá lo terrible es que no lo son tanto. Saint-Exupéry los convierte en caricaturas porque, vistos desde los ojos de un niño, muchos comportamientos adultos resultan incomprensibles.

Y allí aparece una de las grandes ironías del libro: el adulto cree saber más que el niño, pero muchas veces ha perdido precisamente aquello que debería haber conservado.

Quizá por eso el encuentro con el zorro sea uno de los momentos más hermosos de la obra. El zorro le enseña al Principito que relacionarse con alguien significa crear un vínculo y que crear un vínculo implica responsabilidad. La amistad deja entonces de ser una palabra bonita para convertirse en una experiencia que transforma. Cuando alguien entra verdaderamente en nuestra vida, deja de ser uno más entre millones. Se vuelve único.

Eso también explica la relación con la rosa.

Hoy podemos leer esa historia desde una sensibilidad diferente. La rosa es hermosa, pero también caprichosa, exigente y contradictoria. El Principito la ama y, al mismo tiempo, sufre por ella. Desde nuestra mirada contemporánea podríamos encontrar allí ciertos rasgos de las relaciones afectivas difíciles, aquellas en las que el amor convive con la dependencia, el dolor y la idealización. Pero quizá Saint-Exupéry estaba interesado en algo más profundo: en mostrarnos que amar nunca significa relacionarse con alguien perfecto. Significa aceptar que aquello que amamos también puede herirnos, desconcertarnos y exigirnos.

Y finalmente aparece la muerte.

Ese es, para mí, el momento en que El Principito deja de ser un simple cuento infantil y se convierte en otra cosa. El pequeño príncipe desaparece después del encuentro con la serpiente y el relato queda suspendido entre la muerte, el regreso y la esperanza. No hay un cadáver que cierre definitivamente la historia. Hay una ausencia. Y quizá la ausencia sea más dolorosa que una muerte explícita.

Cuando lo leí de niño, probablemente no entendí esa dimensión. Cuando volví a leerlo de adulto, sí pude sentirla.

El Principito se va y uno siente que ha perdido a alguien. Tal vez eso sea lo más extraordinario de los grandes libros: consiguen hacernos extrañar a alguien que nunca existió.

Hoy pienso que quizá fue un acierto que mi madre me regalara El Principito cuando apenas comenzaba a leer, aunque yo no estuviera preparado para comprenderlo. Los libros funcionan muchas veces de esa manera. Llegan antes que nuestra capacidad para descifrarlos. Se quedan dormidos en alguna parte de nosotros y esperan. Luego, treinta o cuarenta años después, regresamos a sus páginas y descubrimos que el libro cambió porque nosotros cambiamos.

Pero en realidad el libro no cambió. El que cambió fui yo. Por eso creo que los libros dejan huellas. No solamente por lo que dicen, sino por lo que despiertan en quienes los leen. Algunas historias pasan por nuestra memoria como pasan muchas otras cosas de la infancia. Otras permanecen. El Principito pertenece a esas.

Quizá porque alguna vez fui aquel niño que lo leyó con entusiasmo.

Y quizá porque, muchos años después, al volver a encontrarlo, descubrí que dentro de aquel niño todavía estaba el hombre que algún día tendría que leerlo de nuevo para comprender por qué nunca lo había olvidado.


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Zarko Pinkas-Ramírez
Zarko Pinkas-Ramírez
Periodista y publicista chileno. Egresado de Magíster en Ciencias Políticas de la Universidad de Chile y licenciatura en Periodismo y Comunicaciones de la Universidad Centroamericana, José Simeón Cañas.

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