Zarko Pinkas |
Qué diferente habría sido para mi madre vivir en estos tiempos.
Entre los años 2000 y 2012, con mucho sacrificio, consiguió una pequeña casa en Ciudad Real, en la zona occidental del país. La había comprado pensando en su jubilación. Poco a poco comenzó a amueblarla, a colocarle rejas y a convertirla en el lugar donde pensaba pasar sus últimos años con tranquilidad.
Pero aquella tranquilidad duró poco. En una de sus visitas comenzó a notar que algo había cambiado. La gente había dejado de salir a las calles, hombres tatuados permanecían apostados en determinados puntos y el movimiento de niños y adultos vinculados a las pandillas se hizo cada vez más evidente. Mi madre regresó preocupada y advirtió lo que estaba ocurriendo.
Tiempo después llegó a la casa y descubrió que habían cambiado la cerradura. Habían tomado la vivienda. Entró por la parte trasera con ayuda de un vecino y encontró parte de sus pertenencias destruidas o robadas. El inodoro había desaparecido, los vidrios estaban rotos y otros elementos de la casa habían sido saqueados.
Mientras mi madre y mi padre intentaban salir de aquel lugar, hombres que permanecían allí los observaban y se burlaban, mostrando sus tatuajes. Había mujeres y niños vinculados al grupo, personas que se movían por la zona como si aquel territorio les perteneciera. Niños de unos diez años iban y venían, observando lo que ocurría. Una mujer permanecía cerca, pendiente de los movimientos de quienes intentaban entrar o salir de la casa.
Mi madre perdió aquella casa. Hasta hoy lamenta haber perdido el lugar que había conseguido con años de trabajo y sacrificio. Y yo recuerdo esta historia porque también viví, de otra manera, lo que significaba entrar a determinadas zonas del país: pagar para pasar, evitar ciertos lugares y hasta dejar de visitar a una persona porque uno de los pandilleros había decidido que no quería verla allí.
Por eso, cuando leo un libro que habla de la transformación de El Salvador y de la recuperación de territorios que durante años estuvieron bajo control de las pandillas, no puedo acercarme al tema únicamente desde las cifras. Hay experiencias personales que inevitablemente vuelven a la memoria.
Una de ellas es la de mi madre y desde ese recuerdo es que me acerco a Cero crimen.
Hay países que modifican lentamente el rumbo de su historia y otros que, en pocos años, consiguen provocar una transformación tan profunda que terminan convirtiéndose en objeto de estudio para el resto del mundo. El Salvador es presentado en Cero crimen como uno de esos casos.
Sobre esa transformación gira Cero crimen, el libro de Yossi Abadi y Sharon Gal-Or que coloca al presidente Nayib Bukele en el centro de una de las experiencias políticas y sociales más observadas de la América Latina contemporánea.
Desde su título, la obra plantea una pregunta que durante años habría parecido difícil de imaginar para El Salvador: ¿cómo logró el país considerado durante mucho tiempo uno de los más peligrosos del mundo convertirse en uno de los más seguros del continente?
Los autores parten de una realidad que difícilmente puede ignorarse. La violencia marcó durante décadas la vida salvadoreña. Las pandillas se convirtieron en una estructura de poder territorial, el miedo pasó a formar parte de la rutina y amplios sectores de la población aprendieron a convivir con una inseguridad que parecía imposible de derrotar.
La llegada de Nayib Bukele al gobierno representó un cambio de rumbo.
Cero crimen plantea que una de las claves de esa transformación fue precisamente romper con la idea de que la violencia constituía un destino inevitable para El Salvador. La seguridad dejó de ser presentada como un problema sin solución y pasó a convertirse en una prioridad central del Estado.
Los números que recoge la obra ayudan a comprender la magnitud del cambio. Entre 2019 y 2025, señala el libro, la tasa de homicidios del país se redujo en un 97 por ciento. Detrás de ese porcentaje existe una transformación que va mucho más allá de las estadísticas: calles recuperadas, espacios públicos que vuelven a ser utilizados y comunidades que han podido experimentar una realidad diferente a la que conocieron durante años.
Ese es uno de los mayores atractivos de la obra: intentar comprender qué hay detrás de las cifras.
Los autores no se limitan a presentar datos. De acuerdo con la propuesta del libro, incorporan testimonios de funcionarios y de ciudadanos, buscando observar la transformación desde quienes tomaron decisiones y desde quienes experimentaron sus efectos en la vida cotidiana.
Pero el interés de Cero crimen no termina en la política de seguridad.
Uno de los planteamientos más llamativos del libro es la idea de que Nayib Bukele introdujo una nueva mentalidad en la administración del país: gobernar El Salvador con una lógica semejante a la de una startup. Es decir, establecer objetivos, actuar con rapidez, utilizar herramientas tecnológicas, buscar resultados concretos y romper con estructuras que durante años habían sido consideradas intocables.
La comparación puede parecer sorprendente, pero ayuda a comprender la tesis fundamental de los autores. Para ellos, la transformación salvadoreña no puede explicarse solamente por la lucha contra las pandillas. Existe también una manera diferente de concebir la gestión pública, la innovación y la capacidad del Estado para ejecutar cambios.
En ese sentido, el libro amplía la mirada hacia un El Salvador que no solamente aparece en las páginas internacionales por sus políticas de seguridad, sino también por su transformación de imagen, su apuesta por la tecnología, su estrategia de promoción internacional y la manera en que el gobierno ha intentado proyectar al país hacia el exterior.
El fenómeno Bukele, precisamente, ha dejado de ser exclusivamente salvadoreño.
Su modelo es observado con atención en distintos lugares del mundo. Para algunos, representa una ruptura con las fórmulas tradicionales y demuestra que un gobierno puede producir resultados cuando establece prioridades claras y concentra sus esfuerzos en objetivos concretos. Para otros, constituye una experiencia que debe estudiarse con atención por las profundas implicaciones políticas e institucionales que acompaña.
Cero crimen se sitúa claramente del lado de quienes consideran que la experiencia salvadoreña merece ser estudiada como un caso de éxito.
Y esa posición no resulta accidental.
Yossi Abadi, uno de los autores, conoce de cerca la realidad salvadoreña. Es empresario, inversor y cónsul honorario de El Salvador en Israel. Sharon Gal-Or, por su parte, aporta una perspectiva vinculada con la innovación, la tecnología y los nuevos modelos de desarrollo. Desde esa combinación de experiencias, ambos autores intentan explicar qué hizo posible una transformación que, en su planteamiento, ha cambiado la manera en que el mundo observa al país.
La propuesta resulta particularmente interesante porque no presenta a El Salvador como una excepción condenada a permanecer aislada. Por el contrario, la obra plantea que la experiencia salvadoreña podría convertirse en una referencia para otras naciones que enfrentan problemas de criminalidad, inseguridad y falta de confianza en las instituciones.
La idea es ambiciosa: si un país que durante años fue identificado internacionalmente con la violencia pudo cambiar su realidad, entonces otros países también podrían encontrar caminos para transformar la suya.
Ahí radica buena parte de la fuerza de Cero crimen.
Más que contar una historia política, intenta construir una interpretación de un proceso de transformación nacional. Y lo hace colocando a Nayib Bukele como la figura central de esa historia: el presidente que, según la mirada de los autores, decidió romper con el rumbo tradicional y apostar por una estrategia distinta.
El resultado es un libro que seguramente provocará conversación.
Porque hablar de El Salvador contemporáneo significa hablar de uno de los cambios más visibles de la región. Significa hablar de seguridad, pero también de liderazgo, innovación, tecnología, comunicación política y de la capacidad de un gobierno para modificar, en pocos años, la percepción que el mundo tiene de una nación.
Cero crimen llega precisamente cuando esa transformación continúa siendo observada con enorme interés internacional.
Su mayor aporte está en intentar ordenar y explicar un fenómeno que todavía está en desarrollo. El Salvador no es ya el mismo país que aparecía en los titulares internacionales por sus niveles de violencia. Hoy ocupa otro lugar en esa conversación, y una parte importante de esa nueva imagen está vinculada directamente con la gestión de Nayib Bukele.
Al final, la pregunta que queda después de acercarse a la propuesta de Abadi y Gal-Or es tan sencilla como poderosa: ¿qué ocurre cuando un país decide que su pasado no tiene por qué determinar su futuro?
Los autores creen que El Salvador ofrece una respuesta y Cero crimen intenta contar cómo se construyó esa respuesta.



