Nelson López Rojas
Dicen por ahí que en El Salvador todo va bien. Lo dicen con una convicción tan admirable que a veces hasta yo me lo creo. Todo va tan bien que ya no hay maras, pero sí hay estafadores digitales; tan bien que ya no se ve a esos vendedores sucios y malolientes en la calle, pero sí vemos a los que se están apropiando del país con traje y con logos corporativos; tan bien que el desastre dejó de escandalizar y pasó a ser costumbre.
Bienvenidos a la era dorada del apendejamiento colectivo.
La chusma ya no es solo vulgaridad o desorden. La chusma es actitud, es método, es el Guanaco OS. Es esa doble moral elegante y obscena que los franceses llaman « deux poids, deux mesures » — o en cristiano: dos pesos, dos medidas. Sí, así, con énfasis en la doble moral que nos embadurna el cerebro. Una para el discurso, otra para la práctica.
Empecemos por la puntualidad, ese mito nacional. Aquí llegar a tiempo es un acto de fe, casi de ingenuidad. Si un evento dice que empieza a las 8, no comienza sino hasta las 9:30. No es error, no. Es una declaración de que tu tiempo no me importa. Cinco o diez minutos tarde es humano y se perdona. Esperar hora y media por un concierto, un discurso o una presentación de libros es irrespeto.
Ahora, si hay un lugar donde el país se explica solo, es el tráfico. Hace poco, en el redondel Masferrer —ese laboratorio sociológico del absurdo—, un idiota en una RAM enorme, con llantas gigantes y cerebro proporcionalmente ausente, me rozó el carro. Hora pico. Tráfico detenido. Ambos en nuestros carriles que mergen en uno. Nos vimos. Él me vio. Le bajo la ventana. Él baja la suya y me responde que va en su carril, pero lo civilizado es no acelerar para no dañar al otro, para buscar el bien común y no el mal común. No se baja. No se disculpa. No muestra dignidad.
La frase perfecta del apendejamiento colectivo es tener la razón técnica mientras sos el problema humano. Carro grande, ego grande, responsabilidad inexistente. No hice show ni llamé a la aseguradora. Era un fender-bender, pintura rozada y seguí mi camino, porque quedarse es perder el tiempo y, en este país, discutir con un idiota en hora pico es exponerse a que otro idiota te choque por detrás.
Ese choque no fue una excepción, es el patrón de tantos accidentes prevenibles que hasta rozan en lo ridículo. Estos manejan como si los celulares fueran manejando, con vías decorativas y con conductores convencidos de que las leyes son sugerencias poéticas. ¿Dónde están las consecuencias? Si no hay multas y una reeducación vial colectiva, seguiremos igual.
La misma lógica que gobierna el volante gobierna la estafa moderna. Ya no hay maras, dicen. Correcto. Ahora hay estafadores con inteligencia artificial, discursos motivacionales y promesas que jamás cumplen. Te venden ingenierías y doctorados en línea, criptos, milagros tecnológicos y futuros brillantes diseñados en Canva. Ya no te asaltan con pistola, pero te asaltan con entusiasmo. Y si caés, la culpa es tuya por creer. Aquí el estafador es emprendedor y la víctima es ingenua.
Mientras tanto, el alcoholismo crece como hiedra. Sobre todo entre universitarios con borracheras épicas, decisiones imbéciles y luego el clásico lamento de “se me salió de las manos”. Como si el tequila tuviera voluntad propia y no fuera tu responsabilidad la que salió corriendo primero. No soy un moralista proponiendo un control etílico, pero si ves a tu amigo con tragos de más, sé empático y llevalo a casa.
Hasta aquí todo encaja con lo del país a medias.
Precisamente el otro día estaba en el Turicentro de Costa del Sol, donde hasta mi amigo antiNayí se fue con su familia. Muy lindo todo. De ahí que veo gente lavándose el pelo donde hay agua potable. ¿Por qué ahí? No sé, tal vez la espuma del champú es más refrescante que el sentido común. Y no falta la gente que hace pipí donde no debe, la que deja el chorro abierto, la que exige orden mientras bloquea rampas, la que pide respeto mientras irrespeta. Total.
Y aquí entra también el micro–poder, ese veneno cotidiano que nadie cuestiona. No hablo solo del gran poder que sale en cadena nacional, hablo del vigilante del centro comercial exclusivo. Subís las gradas eléctricas corriendo —porque tenés prisa, porque tenés vida, porque no sos un maniquí— y el tipo se te queda viendo con cara de perro, como si hubieras cometido un delito grave. No te dice nada porque vas bien vestido, no te orienta, pero sí te juzga. Y si te ve joven y en moto o con ropa de Shein te detiene porque seguramente sos repartidor. Mirar con superioridad cuando no entiende lo que ve es el poder favorito del idiota.
Es el mismo espíritu del “yo voy en mi carril”, del evento que empieza cuando le da la gana, del “solo seguía órdenes”. Gente pequeña administrando un poder mínimo como si fuera un imperio. El país no colapsa por falta de leyes, colapsa porque la autoridad cayó en manos de quienes confunden control con inteligencia.
La Chusma Power no es solo la gente vulgar o desordenada. Es la actitud y nuestro comportamiento cotidiano. Lo más perverso no es que exista ese comportamiento, sino que se acepte, se aplauda y se defienda la normalización del irrespeto, la celebración del abuso y la comodidad de no pensar.
El país a medias es el apendejamiento colectivo operando sin frenos, sin espejos y sin disculpas. Y mientras el país se felicita por lo bien que va, sigue avanzando como el idiota de la RAM, seguro de sí mismo, invadiendo carriles y convencido de que el problema siempre es el otro. El Salvador no está en crisis, es un país que está cómodo en su estupidez. Cómodo llegando tarde. Cómodo chocando. Cómodo estafando. Cómodo bebiendo hasta perder el control y luego fingir sorpresa.
Somos un país a medias porque su gente se rehúsa a dejar de ser mediocre, ignorante, rudimentaria, ruda e incapaz. Aquí nadie aprende porque nadie cree estar equivocado y donde todos creen tener la razón. Y si señalás el error, la gente se ofende porque en este país el verdadero pecado es incomodar con la verdad.
Dicen que todo va bien. Sí. Va bien para algunos. Para la mapachada va como un carro sin frenos, conducido por alguien que sonríe, acelera y jura que el carril siempre fue suyo. No me malentendás, pues no pienso que este país esté mal dirigido, pero nos falta educación, lógica y sentido común.



