Por Nelson López Rojas
En un artículo de 1967, la filósofa Philippa Foot imaginó un tren sin frenos que amenazaba con arrollar a cinco personas en las vías; el maquinista puede tirar una palanca para desviarlo a otra vía, donde hay una sola persona. El dilema que ella proponía es si es ético matar a uno para salvar a cinco, y suele usarse para discutir responsabilidad, acción vs. omisión y el doble efecto. Para nuestro caso salvadoreño, basta con esa imagen.
Resumiendo: viene el tren. Cinco adultos en las vías. Tenés la palanca. Si no hacés nada, mueren los cinco; si la jalás, matás a uno.
60 años después la discusión continua y, según estudios, la mayoría dice “yo jalo la palanca”. El mal menor, ¿verdad? Yo me pregunto: ¿por qué diablos no se quitan de las vías cuando oyen el silbato? Aquí todos sabemos la respuesta pues esperaban que el karma o el gobierno lo arreglara; alguien les dijo “si todos lo hacen, no pasa nada”; o creyeron que la responsabilidad individual es cosa de ricos. Y cuando el tren llega, todos culpan al maquinista.
En 2020 escribí en este mismo diario que al coronavirus no se le vencía con decretos ni con anuncios. Decía que “No se derrota con cuarentenas que nadie cumple, sino con vos, lector, poniendo de tu parte para no contagiar ni joder la vida ajena”. El virus biológico se fue; el moral no. Hoy se llama apendejamiento colectivo y ha convertido la estupidez cotidiana y la irresponsabilidad personal en el pan de cada día. Ya no hay contagios respiratorios, sino contagios mentales, la fe ciega en que alguien más, ya sea que Nayí, el pastor, la remesa, el patrón, el influencer o el mismo Dios vendrá a salvarte.
Si la excusa es “miraba TikTok”, el dilema del tren deja de ser experimento filosófico y se vuelve prueba de que hemos construido una civilización que subsidia la imbecilidad. El apendejamiento colectivo sostiene que tu derecho a ser idiota pesa más que mi derecho a no convertirme en tu víctima. Cada subsidio a la irresponsabilidad sacrifica al que sí cumplió, a ese estudiante que hizo la tarea, al conductor que respeta las normas, al ciudadano que no espera que le limpien su calle.
Seguramente vos y yo no estamos en condición moral de juzgar a nadie, pero seguramente vos y yo hemos visto los mismos ejemplos y les hemos tomado fotos como muestra de la “astucia del salvadoreño”. El vivián que se cruza los tres carriles para llegar a la punta de la salida de la carretera porque sabe que habrá un bobo que le dé paso; el de la moto en chancletas con tres pasajeros, sin casco y con el niño al frente; el peatón que cruza con audífonos creyendo que los carros respetan su derecho a distraerse; los jóvenes que evitan métodos anticonceptivos y culpan al destino diciendo que “Dios sabe por qué hace las cosas”; el cobrador que no da el vuelto porque eran “solo cinco centavos”; el empleado municipal que cierra temprano; el busero que textea a 120 km/h; los que bloquean rampas “solo un momentito”. Todos exigen “más orden” mientras rompen la fila para entrar primero. Es la misma certeza de que alguien más pagará nuestras estupideces.
Un familiar me dijo que los que están en EE. UU. están obligados moralmente a mantener a los pobretones comecuanduay de acá. Le contesté que ayudar no significa crear dependencia. Una amiga, que cuando mandaba remesas, era la buena; cuando dejó de hacerlo porque vio parasitismo a lo Molotov, pasó a ser la mala. A veces la única opción racional es dejar que el tren siga recto, para que los que están en las vías aprendan a levantarse solos —disculpe usted. O como dicen sin querer disculparse: “ahí disculpe”.
Antes jugaba yo al Mesías, o al buen samaritano, pues. Queriendo ayudar hasta los que no necesitaban ayuda, pero cuando el viejito barbudo del Paseo se molestó porque le di $0.25, algo en mí despertó y, cuando lo vi en un restaurante con los pies arriba de la silla, supe que era momento de dejar que el tren siguiera su rumbo.
La pregunta real no es “¿jalás o no jalás?”, sino ¿por qué estoy yo con la palanca mientras cinco adultos funcionales no se salvan a sí mismos? Porque alguien los puso ahí, quizás, pero ese alguien no soy yo. Ese alguien es el sistema que les enseñó que nunca tienen que pagar las consecuencias de su distracción.



