Por: Álvaro Rivera Larios/AI
Desprestigiar al oponente es un arte necesario y, por lo visto, muy antiguo. Hace dos mil años, Quinto Tulio Cicerón, en su Breviario de campaña electoral, recomendaba a su hermano, el célebre Marco Tulio, decir lo peor de sus competidores políticos. Presentar al candidato enemigo como vicioso, incapaz, inculto, improvisado o intelectualmente inferior ya formaba entonces parte del repertorio, no siempre edificante, de la lucha política. Al fin y al cabo, la propaganda no tiene como propósito hacer justicia al adversario, sino persuadir al electorado para que no lo vote y lo bote.
Suele presentarse la falacia ad hominem —el ataque a la persona y no a su argumento— como ejemplo de un razonar defectuoso, y lo es desde cierto punto de vista lógico y ético. Lo que rara vez se nos dice es que dicha falacia siempre retorna, aunque se la denuncie. Y vuelve, a pesar de su mala fama, porque es uno de los ejes de la propaganda política.
El problema comienza cuando una caricatura falaz, cuyo propósito es deformar el juicio del público, termina sustituyendo dentro de la propia organización que la difunde al conocimiento preciso del oponente. Entonces se pierde la capacidad de distinguir entre el enemigo que se necesita combatir y la caricatura que se ha construido para combatirlo. La propaganda deja así de ser un instrumento de combate y termina convirtiéndose en una forma de ceguera. La tesis paradójica puede formularse así: un opositor puede quedar atrapado en la propaganda que él mismo ha diseñado contra su enemigo.
Algo de esto parece haberle ocurrido a la oposición con Nayib Bukele y sus cegatos seguidores popularmente conocidos como “las focas”. Esa doble denigración, la del demeritado bachiller y sus leales ciegos, es comprensible desde la lógica de la propaganda, pero no se justifica cuando sus caricaturas contribuyen a ocultar la complejidad de Bukele y sus fanáticos como fenómeno político digno de un análisis serio.
A las focas, por cierto, un sesudo articulista las llamó ratas de laboratorio sometidas al influjo de un nuevo flautista de Hamelin. Unos, además de focas, serían ratas; el otro, además de bachiller, flautista de pacotilla. Casi nadie se pregunta cómo, de repente, esas dichosas ratas se multiplicaron hasta dar un vuelco a nuestro sistema político. Tampoco es común preguntarse cómo, en qué circunstancias y en qué momento propicio surgió ese carismático flautista sin licenciatura.
Los adjetivos —dictador, autoritario— pueden apuntar a determinados rasgos del personaje, pero no lo explican como fenómeno político. Y esos ojos como ranuras que se atribuyen a sus votantes tampoco ayudan a esclarecer la lógica de sus actitudes y comportamientos en las circunstancias actuales. El bachiller y sus focas quedan así convertidos en abstracciones sin historia ni estructura. Hasta que no comprendamos cómo Bukele es él y sus circunstancias, será difícil construir una política opositora basada en un diagnóstico lúcido de su figura y sus fuentes sociales de apoyo.
La subestimación del presunto dictador viene acompañada de otro error: las fuerzas democráticas exhiben una desproporcionada autoestima. Si el adversario es un vanidoso estupidillo, el opositor medio puede seguir considerándose culto y brillante a pesar de sus derrotas. ¿Qué nos ha dicho la experiencia? Que quizá el bachiller no es tan bobo ni sus adversarios tan inteligentes, al menos en el terreno donde la política se decide: el de la capacidad para persuadir. Las derrotas electorales no demuestran que las críticas de la oposición sean falsas. Demuestran algo más incómodo: que tener razón no equivale a tener eficacia política.
Esa desproporcionada autoestima opositora funciona además como un falseamiento ideológico: oculta un hecho que no debería ignorarse, que la oposición al actual gobierno atraviesa una crisis histórica. Hace más de siete años, en las elecciones presidenciales que perdieron ante Bukele, ARENA y el FMLN se derrumbaron. Desde entonces no han conseguido reconstruir su mensaje, recuperar la credibilidad ni rehacer su liderazgo.
Pero habría que ir más allá. Quizá el derrumbe histórico de nuestras fuerzas políticas tradicionales no revela solamente la crisis de la oposición, sino una crisis más profunda: la de nuestro sistema de partidos. ARENA y el FMLN no fueron simplemente dos organizaciones que perdieron unas elecciones; durante tres décadas monopolizaron buena parte de la representación política surgida de los Acuerdos de Paz y organizaron la competencia electoral alrededor de una lógica de alternancia que terminó convirtiéndose en un sistema cerrado sobre sí mismo. Con el tiempo, aquellas fuerzas dejaron de representar solamente proyectos políticos y comenzaron a representar también sus propias historias, dirigencias, intereses y aparatos. La política terminó hablando demasiado de sí misma y demasiado poco de una sociedad que estaba cambiando.
El problema, por tanto, no fue únicamente que ARENA y el FMLN se equivocaran, perdieran credibilidad o fueran incapaces de producir nuevos liderazgos. El propio sistema de partidos había perdido capacidad para interpretar al país que pretendía representar. Sus lenguajes, sus símbolos y buena parte de sus dirigentes pertenecían a una configuración histórica que ya no coincidía con las experiencias, expectativas y frustraciones de amplios sectores de la ciudadanía. Bukele no creó de la nada ese vacío: llegó a ocuparlo.
Su agotamiento plantea, por tanto, un interrogante que no puede resolverse cambiando de eslogan o buscando un dirigente más carismático: ¿qué ocurrió con el sistema político que representaban esas dos fuerzas y qué condiciones hicieron posible su sustitución?
Responder a ese interrogante no es un ejercicio de arqueología política, sino una condición para cualquiera que se proponga recuperar la confianza popular y sustituir a Bukele en el poder. No se puede construir una alternativa política viable sin comprender las razones que hicieron posible el derrumbe del sistema de partidos que la precedió. Quien pretenda hacerlo sin ese diagnóstico corre el riesgo de reconstruir, con otros nombres y otros rostros, aquello mismo que los ciudadanos ya dejaron atrás.



